martes, 31 de marzo de 2015

HE VIVIDO EN EL INTERIOR-Frontera de carne

 

                                He vivido en el interior,
                                ahora voy al mar
                                como animal que
                                regresa.



de Frontera de carne, pag. 71
Foto Paula Arranz

domingo, 29 de marzo de 2015

NO PUEDO SUSTRAERME-Frontera de carne

No puedo sustraerme al poder
magnético de tu risa
que todo lo desvela
y lo comienza.

Siempre hay en ti un segundo
intento, no eres la vida
insensible, implacable
y sin perdón.

Qué lejos la niñez de tus labios
de aquella infancia cruel
que supura voces, órdenes,
reglas e impedimentos.
Aquella herida que fluye en calma.


de Frontera de carne, pag. 43

viernes, 27 de marzo de 2015

EN MI EXTRAÑO ESTOY-Frontera de carne













En mi extraño estoy
y me ilumino con
su obscuro. Voy
a tientas de tus labios
pronunciando huecos
gritos e imprecaciones
palabras que se llaman
a voces,
y nos pertenecen,
palabras inevitables
que deben cubrir
el expediente de la razón,
como el crujido
de la reina madre
que llama
al laberinto.


de Frontera de carne, pag. 25

jueves, 26 de marzo de 2015

PRESENTACIÓN FRONTERA DE CARNE-Espacio Luke

Fragmentos del texto leído en la librería Zuloa de Vitoria-Gasteiz el 5 de marzo de 2015         

 
El mar. Hace ahora seis años, mi compañera Paula Arranz y yo nos trasladamos a la costa. Habíamos vivido trece años en una casona del interior, queríamos regresar al mar, necesitábamos un poco de tranquilidad. Veníamos de una mala experiencia, era por tanto urgente demolerlo todo, despedazarlo y arrojárselo a los cangrejos. Mi manera de hacerlo fue escribir Palabras dactilares, mi libro anterior de poesía, donde comenzaba esa demolición utilizando las palabras hacia las que siento mayor afinidad, a la vez que trazaba un plan para buscar el conocimiento como único consuelo. Por su parte, Paula sacaba fotos en Somo y sus alrededores. En ellas había insinuaciones de vida en la arena, viajes indefinidos en el embarcadero y sobre todo personas caminando por la playa reflejadas en los charcos de la marea baja. Cuerpos distorsionados, amorfos, como si la única presencia válida de lo humano fuera su reflejo. También había pájaros extraños arañados por las olas en la arena fangosa del Puntal de Somo. La Bahía nos facilitaba a los dos la búsqueda de lo primordial, regresar al principio, mirar cualquier pasado como un espectro. Las fotos y los poemas se sucedían a un ritmo terapéutico. Pero la vida sigue, y después del instinto llega la calma. Paula terminó su serie de fotos titulada “Marea baja” y siguió con su búsqueda de lo humano en distorsión. Por mi parte, una vez publicado Palabras dactilares, que era un libro de impulsos y de tormenta, debía dar el siguiente paso para adentrarme en el conocimiento y surgió un poema que me indicaba el camino:  
 
Aquí vivo yo
en el interior de nosotros.
 
En la frontera de carne
que separa la tierra firme
de la razón del pantano
de conocimiento.
 
Donde Charlie no hace surf.
 
            Del mismo modo que las fotos de Paula despojaban de su concreción a las personas, dejando fuera al referente, los poemas de Frontera de carne se fueron agrupando por su despojamiento de la realidad, su cualidad de eco de la vida, recuerdo fragmentado, escombro todavía latente de la memoria. Era por tanto lógico reunir poemas y fotos en un mismo espacio, porque ya era un espacio compartido, y colocarlas en pequeñas ventanas, para vislumbrar sin imponerse, como los poemas, que dejan un gran espacio en blanco para el silencio.
 
El vértigo. Una de las primeras palabras que quise conquistar en mi vida fue Vértigo. Yo era un niño salvaje, con problemas, a los seis años me castigaron por pasearme con las manos en los bolsillos por el alero del segundo piso de mi escuela y me justifiqué diciendo que sólo quería saber lo que era el vértigo. Casi me echan de la escuela, y tuvo la suficiente importancia para que la palabra Vértigo fuera una de mis primeras palabras dactilares. Aprendí que la mirada mareada, con el añadido de un encogimiento de estómago, provocaba la orden de agarrarse a algo y alejarse del borde. A veces, cerraba los ojos e intentaba sentir vértigo con los ojos cerrados, pero no conseguía resultados concluyentes. Veinte años después, comencé a volar en parapente. Recuerdo las primeras clases con los músculos muy tensos: los humanos no vuelan, volar es peligroso, te vas a matar. Y recuerdo también a la instructora, Julia, señalando con dedo hacia el borde del acantilado de la playa Salvaje, en Sopelana, y diciendo: “Las personas normales llegan hasta ese límite y retroceden. Vosotros, tenéis que ordenarle a vuestro cerebro que anule ese mecanismo de defensa y, justo en el momento en que deberíais retroceder, hay que saltar. Saltar y confiar. Confiar en que sobre vuestras cabezas hay un parapente desplegado, un ingenio humano fabuloso.” Es un buen argumento, lo suficiente para que saltes y alces el vuelo. Tus ojos se vuelven niños por emergencia, casi con desesperación, tienen que aprender la distancia. Tus ojos de pájaro. Estás conquistando una dimensión prohibida, lo arriesgas todo, pero confías en el constructor del parapente y en la nobleza del viento. Es demasiado maravilloso volar como para pensar en el miedo. Así las palabras, así el verso.
            Hablas y confías en los cientos, miles de años que llevan funcionando esas palabra, palabras de otros, palabras de tus antepasados, de tus coetáneos, palabras muertas y vivas, expuestas al tiempo como tu parapente al viento. Palabras tuyas, como tu vuelo, único, personal. Tú no piensas en el parapente, vuelas, igual que sientes la sustentación de las palabras, ese sustento, y haces versos. Es el vértigo de ojos cerrados que buscaba desde niño. Pero quizá, quién sabe, fue necesario volar físicamente, sentir ese vértigo real, para saber reconocer en las palabras, en las combinaciones insólitas del verso, ese mareo, ese hueco en el estómago que indica que el borde está muy cerca. O al menos siento esa ilusión, como un iluso, tal vez, pero el borde también es ilusorio, ¿no?
           
El salto y la espera.   Tuvimos un perro llamado Bosco, grande, fuerte, listo, el mejor perro del mundo. Era un pastor vasco del Gorbea y vivió con nosotros 15 años. Lo que más le gustaba era correr, y lo que más me gustaba a mí era verle correr. Me traía piedras para que se las tirara y yo lo hacía, pero a veces en falso, y me guardaba la piedra. Era fascinante ver todo su cuerpo en tensión disparándose en dirección a una piedra invisible y frenar en seco y regresar y tensar de nuevo cada músculo, todo en menos de un metro cuadrado y en un par de segundos.  Pura energía, motor inmóvil, como una cuerda primordial vibrando, la posibilidad latiendo. Cuando me ponía a escribir, él se tumbaba a mi lado y esperaba; o esperaba antes y entonces yo me ponía a escribir. El Bosco murió dos días después de la presentación de Palabras dactilares, de manera que su ausencia impregnó los poemas de Frontera de carne, los iluminó. Allí donde las palabras se tensan y vibran y están dispuestas, donde el conjunto se sitúa en el Instante Antes del Salto, donde la Espera es una cualidad elevada, sonora, allí está el Bosco, pidiendo que le tire una piedra invisible, unos versos, para ladrar diciendo: Eso no es nada.  Nada de nada. Tira otra vez. Así la poesía.
            También tuvimos un anillo singular, lo trajo Paula de Estambul. Se compone de cuatro piezas. Montado, es un anillo normal, de oro, con una filigrana bastante bonita en la parte superior. Desmontado, son cuatro anillos diferentes, encadenados. No se puede ejercer presión sobre ellos, ya que si juntos forman un anillo fino separados son apenas un hilo. Es un rompecabezas delicado. Venía montado, lo desmontamos, y tardé una semana en volver a montarlo. Cada día jugaba un rato con él, lo acariciaba, especulaba, intentaba resolver el enigma. El día que se montó, lo hizo él solo.  Yo lo estaba manipulando, las piezas se juntaron con suavidad y ya estaba resuelto. Por supuesto, lo desmonté de inmediato, como si no lo mereciera. Tardé varias horas en volver a lograr que se montara, él solo. Yo intentaba seguir la secuencia, y lo lograba hasta llegar casi al final, pero había un punto en que me perdía, en que la dificultad para sostener en la punta de las yemas de mis dedos cuatro anillos engarzados creaba tal batiburrillo de oro, uñas, dedos, que antes de unirse yo tapaba el conjunto y, cuando estaba oculto, ejerciendo la presión adecuada, lograba el objetivo. También observé que en ese momento, dejaba de respirar, contenía el aliento. Así también la poesía.
 
El tiempo detenido. Decía Víctor Hugo que un poeta es un mundo encerrado en un hombre. Por eso en Frontera de carne no hay un exterior, la vida real, y un interior, YO. Eso quedó sepultado en Palabras dactilares. Aquí todo sucede en el interior. En un lugar donde es posible ser idea de hueso, carne de formulación, palabra congelada como un junco de cristal al viento. Un lugar donde la palabra es lo único, y es tanto, que tiene incluso lugares oscuros donde encontrar antiguas resonancias poéticas, cachos de palabras, por si estás desesperado y necesitas balbucir algo. Donde un sueño es un suceso y un hecho es un montaje. Repleto de palabras remendadas, débiles, frágiles, añicos de memoria esforzada conviviendo con ideas puras que no tienen dedos y nunca han tocado la vida real.
            Cuando llegas a la Frontera de carne, la memoria comienza a desprenderse. Das un paso, y tus recuerdos se deforman. Das otro paso y se comprimen. Das el tercero y saltan a tus pies convertidos en formulaciones verbales. Hay algo en ellas que contiene el olor, el sabor, el tacto… la nostalgia de la materia que fueron. Eso las convierte en versos. Y un verso es un ser desesperado buscando compañía. Si la consigue, y es la adecuada,  se crea un poema. Y un poema es un acontecimiento. En la oscuridad de la mente surge como una chispa que durante un instante permite vislumbrar algo. El poeta aporta un recuerdo, el lenguaje el mecanismo de compresión y lo vislumbrado es NOSOTROS. La palabra común. El origen de lo que somos. De lo que Somos capaces de decir que Somos. La fuente de nuestra incertidumbre. El poema establece una conexión entre el Yo y el Nosotros y la comunica. Aunque lo único comunicable es la Búsqueda. El intento. La constatación, con hechos poéticos, de que ahí hay alguien implicado. Poemas son razones.
            A mi entender, todo poema que intente trascender y elevarse a la categoría de hecho de la mente, hecho destacable, debe ser como una meditación. Debe progresar desde su fe inicial, su deseo de existir, la potencia de empuje, la reflexión serena de su progreso, el ensimismamiento, hasta llegar a la suspensión momentánea del tiempo. Hay que asistir a le génesis del poema en el poema mismo, y dejar de respirar para escuchar lo que tiene que decirnos. No porque sea verdad, sino porque es cierto. Está sucediendo en ese momento. Y alimenta. Puede tener más o menos nutrientes, pero sirve para comer. Hay que contemplarlo con la misma reverencia que a una brizna de hierba, ese panel solar flexible de diseño tan prodigioso. Lograr un poema que tenga la contundencia de una brizna de hierba es un objetivo que merece la pena.
            Pero es sabido que los pájaros no son buenos ornitólogos, y la poética de un poeta, sus explicaciones, con frecuencia no tienen nada que ver con los resultados, no son reales, pertenecen al mundo de la fantasía, la filología, y otras ciencias ocultas. Sin embargo el poeta las necesita para equivocarse más a fondo y así poder continuar. Porque hay un drama. La conciencia de uno mismo es un drama. La conciencia de la muerte es un drama. La conciencia del límite es dramática. Y además el pensamiento no da tregua, insiste, se resiste, no se rinde, no lo deja, es tan obstinado que hay que echarle poemas a ver si se calla. Menos mal que la Palabra está de mi parte. Confío en ello.
 
 


martes, 24 de marzo de 2015

EL HOMBRE DE LAS PASTILLAS


            Mi padre y mi madre hablaban de la ropa. Él decía que daba lo mismo, y Ella que sí, pero siempre que fuera oscura. Él razonaba: Soy un hombre alegre, no tengo ropa oscura, y Ella le rebatía: Mejor el vaquero marrón que el amarillo. No pensaba ir de amarillo. Mira que te conozco. Pues debería ir de amarillo y rojo. Hay una herencia, no lo olvides. No lo olvido. Mientras le convencía, me vistió a mí con todo lo oscuro que encontró en mi armario y luego me mostró como ejemplo:

            —Así de triste.

            —Parece un amis, pero en pobre…

            —Parece un niño normal, limpio y planchado. ¿Verdad, cariño?

            Me estampó un besazo en la mejilla, me miró con orgullo y me llamó guapo, guapo y guapo. La guapa era ella, claro, qué te voy a contar. Me peinó con los dedos, me cogió de la mano, salimos fuera de casa, me sujetó en la silla de la furgoneta, se sentó al volante, encendió el motor y mi padre llegó corriendo justo a tiempo, vestido de negro pero con botas de monte.

            —De la extrema derecha rural, espero que cojan la indirecta.

            Salimos, y me dormí en la silla. Me despertó un cosquilleo en la nariz, la sonrisa de mi madre. Me soltó, me bajó al suelo, me cogió de la mano y caminamos por un suelo de gravilla blanca muy fina. Mis pies hacían chisporroteo. Llegamos a una puerta, nos abrieron, hubo abrazos. Algunas manos se pasearon por mi cabeza: unas me despeinaban y otras me peinaban. Fuimos por un pasillo largo. Había mucha gente amontonada y al llegar nosotros un hombre de uniforme abrió una puerta grande que daba a un lugar luminoso.

            La sala era como fluorescente. La luz indirecta. Las ventanas estaban tapiadas e iluminadas por los cuatro costados, como si estuviéramos en la antesala del cielo. Mi tío Ramón entró delante de los demás, dio un paso largo y estiró la cabeza. Llevaba la cara tan afeitada que le brillaba, y tenía varios puntos de sangre todavía pujando.

            —Esta muy bien —dijo, y los puños blancos de su camisa salieron de las mangas del traje y nos abrieron el paso.

Yo entré dando saltitos, agarrado a la falda de mi madre. Estaba rodeado de culos que se movían. Miré hacia arriba, mi madre me cogió en brazos, buscó un asiento, se sentó y me sentó en su regazo, sus manos rodeando mi tripa. Resoplé. Papá se sentó a nuestro lado. Miré una tras otra las caras pálidas y desveladas de mi familia. Pero no comprendí el féretro. Me quedaba muy alto y desde aquella posición me parecía una bombilla de madera untada de miel. Todo el mundo lo miraba. Había tantos ojos abiertos que parecíamos pescados.

Los que no tenían asiento observaban desde la puerta, y al entrar se echaban hacia los lados, deslumbrados por el féretro. Nadie se atrevía a acercarse a la barrera dorada de cordones trenzados que lo protegía, hasta que mi primo Esteban, el arquitecto, se acercó y miró.

—Lo han dejado muy guapo —dijo, e informó— La caja tiene aire acondicionado, a los lados de la cara, y un mecanismo que suelta perfume.

Al oírlo, la gente comenzó a levantarse de sus asientos, los de fuera entraron al velatorio, y comenzaron las presentaciones. Ésta es mi hija, la de Nicolás, ¿no te acuerdas? María, coño, qué bien estás. ¿Y Fernando, no ha vendido Fernando? Fernando es el muerto, abuela. ¡Hay que desgracia!

Mi madre me llevó hasta el féretro, me levantó y miré dentro. Había un hombre viejo, tumbado, quieto. Abuelo, dije, y ella asintió, y se le escapó una lágrima. Una niña muy pequeña, de pelo tan lacio que parecía mojado, se atizó un porrazo contra la barra dorada de los cordones y un montón de manos como mariposas fueron a consolarla. Mi madre me bajó al suelo y regresamos a nuestro asiento. Se le escapó otra lágrima. Un hombre de la funeraria se acercó a ella y, como si abriera un estuche de pinturas, le puso delante un muestrario de pastillas de colores. Mamá dijo que no. Venga, mujer, dijeron algunas voces a nuestra espalda, pero ella volvió a negarse. Entonces muchas manos se abalanzaron hacia las pastillas y todo el mundo se llevó alguna a la boca. Papá no. Yo quise coger una y mamá me sujetó la mano. Ni se te ocurra.

Las caras de la familia cambiaron de color y el hombre de las pastillas agotó sus pastillas y se fue a por más. Hasta la abuela estaba ahora sonriente:

—Era tan guapo como Steve McQueen… pero nadie se acuerda ya de lo guapo que era Steve McQueen.

Como hacia calorcillo y murmullo de voces, me quedé dormido otra vez. Desperté en brazos de papá, con mi tía Alejandra intentando destornillarme la tripa. ¿Ya va al cole? Todavía no. ¿Ni a la guardería? No. Estáis asilvestrados. Mi madre hablaba con sus dos hermanos mayores y movía los brazos como cuando está a punto de hipnotizarte. Ellos decían que sí a todo. Un rato más tarde, nos marchamos. Mamá estaba enfadada:

—En vez de un velatorio, eso parecía un bar.

—Ya nadie quiere sufrir por estas cosas.

—¿Y qué van a hacer con los sentimientos perdidos, tirarlos al contenedor?

Mi padre se puso ahora al volante, porque ella estaba alterada. Se estaba haciendo de noche. Nos alejamos y mi madre dijo:

—Era un cabrón, pero no tanto. Hay herencia.

                                  
publicado en Revista Cantárida

domingo, 22 de marzo de 2015

COMO UN EMBAJADOR DE LA LLUVIA.Frontera de carne


Como un embajador de la lluvia
permanezco en pie, tieso,
bajo la lámpara negra.

Llevo en casa el impermeable
como muestra de resistencia.

El suelo cederá al fin.

Ríos de madera.


de Frontera de carne, pag. 31

miércoles, 18 de marzo de 2015

TAMBIÉN HAY VIDA EN LOS INTERMEDIOS-Frontera de carne

También hay vida en los intermedios
mientras suceden los hechos en mi ausencia
como respiran los pulmones
o late el corazón sin mi permiso.

Busco entre los rayos del sol
la niebla que me consuela.
A un nada minucioso de mi cara
resbala la pérdida, que no deja
ni molde ni escultura.

El aliento alambicado
destilando vida trasparente,
como agua pretenciosa
que quiere ser el vaso que la contiene.

Un espacio,
uno solo para asustarse.


de Frontera de carne, pag. 21