miércoles, 18 de mayo de 2016

ENTREVISTA EN TV con Roberto Lastre y Joseba Cabezas 10-5-16


En 2.5 Gasteiz, la primera vez que salgo en la tele, un poco agobiado al principio pero muy a gusto después, sobre todo porque mi editor Roberto Lastre me pone por las nubes y Joseba Cabezas es tan próximo, hace que te sientas tan cómodo, que te expresas como eres y la cosa queda de lo más natural. Gracias a los dos, y al grupo de gente impecable que estaba alrededor controlándolo todo. Hablo de mi obra, que me aspen.





jueves, 5 de mayo de 2016

PHOTOWRITING en LITERAKTUM Donostia 2016

Photowriting en Okendo



En el pasillo de entrada a la biblioteca, lugar ideal para la lectura.




Con Paula Arbide




Con Paula Arranz



El relato escogido La piel del rinoceronte, con su foto.




domingo, 1 de mayo de 2016

¿CON QUÉ OJOS...? en Espacio Luke




Perdimos el metro a la carrera porque a mí se me enganchó la blusa en la esquina de un cartel de una inmobiliaria. Soy más torpe que un payaso, parece que lo hago a posta. Cuando logré soltarme, Marta ya había frenado y desistido, y tenía de nuevo una disculpa para plantarse en jarras y presumir de haberme puesto un mote cuando éramos niñas:
—Houston, ¿tenemos otro problema?
—Casi me deja en bolas.
—¡Quién!
—El cartel ése, que tiene el marco roto. Si no se me sueltan los botones, me destroza la blusa.
—¿Pero estás bien?
—Estoy cabreada, vamos a llegar tarde.
—Catorce minutos, Houston, para ser exactas.
Llegamos en doce minutos. Podían haber sido menos, pero Marta insistió en no irrumpir en clase sofocadas, y el último tramo lo hicimos a paso ligero, sin correr. Me sorprendió que se refrenara, nosotras íbamos sudadas por la vida, se nos conocía como Marta y Houston, el cohete y su operador, siempre a punto del despegue. Diecinueve años, qué quieres que te diga, había tanto por hacer que nos faltaba tiempo.
Una vez más, el sonido de nuestros pasos culpables retumbó en el pasillo vacío de la facultad. Las cámaras nos tenían ya tan fichadas que miraban hacia otra parte. Nos metimos en el aula como avezadas comadrejas, sin hacer ruido ni al abrir ni al cerrar la puerta, caminando de puntillas pero con dignidad hasta los asientos de la última fila. Esta vez, el profe de Intertextualidad no hizo su característico gesto de reproche, levantando con perplejidad los hombros, porque varios alumnos estaban enzarzados en una discusión peregrina. La capacidad de interpretación de aquella clase rayaba en la ciencia ficción. El tema del día era la conexión entre el relato de Salinger Levantad carpinteros la vida del tejado y el poema 111C de Safo, titulado El novio:

Bien a lo alto el techo,
oh himeneo,
levantad, carpinteros;
oh himeneo.
Entra el novio igual a Ares,
oh himeneo,
enorme más que un gigante,
oh himeneo.


Era un tema fácil. Sin complicaciones. El profe nos había encargado diseccionar el poema, relacionarlo con el relato de Salinger y aplicar las deducciones a un nuevo poema, que fuera a la vez el mismo. O sea, hacer  una reinterpretación o una reescritura que esclareciera su significado, aproximándolo a la realidad actual. La versión que cada cual oía en su mente, con la mente de estos tiempos. Eso es algo que no se debe hacer, es una invasión de la intimidad del lector y puede chafar cualquier poema, pero si estás en clase como en un diván y tu profesor te obliga a que te impliques, entonces el tipo se permite ese tipo de licencias. Algunos habíamos protestado: analizar sí, trasladar no; somos estudiantes de filología no cursillistas de escritura creativa, pero el profe se había negado a cambiar de idea. Se había acogido a su derecho a hacer entretenida su asignatura, un derecho contractual, era un rebelde con sueldo, así que logró desmontar nuestras reticencias morales diciendo que si Trapiello era capaz de traducir el Quijote, había barra libre para todos. Poca vergüenza.
No sé cómo habían sido los poemas hasta nuestra llegada, un cuarto de hora da para mucho disparate, pero cuando logramos prestar atención escuchamos al místico Valcárcel, un compañero cuyo entendimiento rozaba las fluorescentes del aula, todo lo remitía al espíritu indeleble y elevado, véase levitación por el conocimiento, recitando desde su delgadez algo que nosotras no hubiéramos alcanzado ni con medio bote de pastillas. Un subproducto de mentes analíticas institucionalizadas. Derrapas un poco más y te dan una beca. Según él, omito por cutres sus pareados, la conexión entre el poema y el relato era la espiritualidad pura de la propuesta. Soy el profe y le lanzo el borrador.
—Safo, la poeta, antes poetisa —así de insoportable era Valcárcel— expresa en el poema su deseo de que los novios levanten una casa alta y grande, llena de prosperidad. Lo mismo que le desea Boo Boo a su hermano en el relato de Salinger. Casa y tejado que son aquí un símbolo, como en el budismo.
Ya sé, y lo siento, que no es inteligente despreciar los argumentos de los demás, pero Valcárcel no se había leído el relato, o no demostraba haberlo hecho, dada su interpretación repulsivamente puritana. Diré más, que Buda hablara de sí mismo como renunciante al placer mundano en términos arquitectónicos: Mi casa ya no tiene vigas que sostengan el tejado, y que Salinger, por su época, llena de orientalismo y LSD, flipara en colores, según la expresión historicista, no significa que Salinger pretendiera espiritualizar el poema de Safo, sino todo lo contrario, lo carnaliza, como un guiño amable entre personas inteligentes y leídas. Por lo visto, se lo acababa de explicar Marisa Serrano, y se lo volvió a explicar, otra vez:
—Estás mezclando las cosas para eludir el tema, Valcárcel. Aquí no hay espiritualidad pura que valga. Aquí lo único duro es el sexo. No confundas las cosas. En el relato de Salinger, Boo Boo le escribe en el espejo del cuarto de baño a su hermano un deseo natural para su noche de bodas. Lo mismo que haría un camionero con un colega que se acaba de casar, pero en fino. Algo que Safo expresa con una oscuridad meridiana. Como lo haría una poeta, la más grande, en el año seiscientos antes de Cristo. Con gracia y picardía. Ya sabes: festejo de la boda, comilona, alcohol, los novios que se retirar, llega el momento de cumplir y si no llamas a una grúa no consumas el matrimonio. ¿Lo pillas?
—Eso es demasiado explícito, demasiado materialista. Un poema no sobreviviría tanto tiempo si sólo dijera eso.
—¿Y te parece poco? Decir la realidad es decir demasiado. Hoy en día, dices eso en una boda, te graba alguien, lo sube a la red y al día siguiente te despiden de tu trabajo: si eres hombre por guarro y si eres mujer por puta. Somos más tristes que hace dos mil seiscientos años. El cuerpo sigue siendo la revolución necesaria. La carne y la mente comparten una misma verdad.
Marta me dio un codazo. A nosotras Marisa Serrano nos parecía una candidata, la hubiéramos votado para lo que fuera. Mientras Valcárcel exprimía su neurona y Marisa se regodeaba en su silencio, Marta decidió añadirle más leña al fuego:
—Aunque no es mi turno, si me lo permitís, sólo por ilustrar, voy a leer la versión del poema que hemos escrito juntas Houston y yo. La versión explícita, para aclararnos:

Que se levante la sábana,
en tu noche de bodas.
Que se te ponga como un tronco,
en tu noche de bodas.
Que la metas con decisión,
en tu noche de bodas
Que ella diga: Exagerado
en tu noche de bodas.

Se hizo un silencio preceptivo. Luego algunos murmullos. Marisa Serrano aplaudió. Se quedó sola, pero siguió aplaudiendo. El profe de Intertextualidad guardó las manos en los bolsillos para evitar que alguien lo denunciara por alentar el contubernio.
—Es una versión —dijo.
—Safo se sentiría orgullosa, compañera —añadió Marisa.
—Vamos a ver qué parte es de Houston —soltó el impertinente de Valcárcel, con un tono asqueroso que me sacó de quicio.
Luego dicen que no fue tal tono. Y que yo me pasé muy mucho. Es cierto, me pasé, y además contagié a otras personas con mi actitud subversiva. Pero nosotras somos filólogas, tonterías las justas, cultivamos la mente no el culo. Que a Marisa Serrano, a Marta y a mí nos expedientaran en primero de carrera es un orgullo. Algo que nos dignifica. No me retracto de nada. 

        
NOTA: El título ¿Con qué ojos…? es el poema 162C de Safo y, al igual que Los novios  (111C), pertenece a la traducción de Aurora Luque en: Safo. Poemas y testimonios. Acantilado 2004 Barcelona



Publicado en Espacio Luke
Foto Paula Arranz

POESÍA EN LA PINTURA-Museo de Bellas Artes de Álava 21 abril 2016

'Poesía en la pintura' es un recital de poemas inspirados en obras de la colección del Museo de Bellas Artes de Álava.
Participan Catalina Garces, José Antonio Martín, Eneko Martínez Goikolea, Ernesto Susana, Ana Sánchez Serrano, Francisco Taboada, Pedro Tellería, Rikardo Arregi, Blanca Uriarte y Mary Zurbano.

Selección a cargo de Ángela Serna, Juan L. de la Cruz y Roberto Lastre.




El día de los hechos




Mi lectura




El cuadro escogido





LA FÁBRICA. Enrique Suárez Alba. Óleo sobre lienzo. 1960-69. Museo de Bellas Artes de Vitoria-Gasteiz
   
LA FÁBRICA

Ahora que el paisaje hostil
se encarga de la memoria,
que sobre el escenario de mi infancia
cruza veloz una autovía,
puedo ver aún el hilo oscuro
de la chimenea incansable
que soldaba los esfuerzos
a la vida escasa, doce horas,
de sombra a sombra,
mientras crecían los hijos
hacia este futuro escueto.

Al alba llegábamos helados,
la tropa de la tartera,
con el cocido frío, el tocino blanco
y una rebanada de hogaza prieta.
También nos alzamos, y nos tumbaron,
y nos alzamos de nuevo. Prohibido creer,
escribió con tiza,
junto al horno,
el incendiado turno de noche.

Como el olvido fuimos humo
eternos de pico y pala
sordos de troqueladora
destemplados por la fragua
entre charcos de gasolina
y tierra quemada
de grasa consistente.

En estos tiempos aciagos
de ideas recauchutadas,
cuando las mentes despiertas
duermen satisfechas en el limbo,
¿quién se acuerda ya
del polvo sucio
que sepultó nuestras cosechas,
renegados del campo
persiguiendo el canto del acero,
el rígido cemento
y la plácida Seguridad Social?

Las naves abandonadas
gritan hoy sus ecos
desde nuestros cuerpos de carne
al corazón eléctrico de los autómatas.
La fábrica fue la matriz
del asfalto que nos cobija,
ahora es aire esterilizado
donde sueñan las máquinas
con un aumento de lubricante.

Mi memoria es un cementerio
de bloques de hormigón
tejados de uralita
brillantes raíles
potentes diferenciales
y la sirena implacable
que cortaba las horas.

F.T. 21-4-16


domingo, 20 de marzo de 2016

LA TEMPESTAD en Photowriting de Paula Arbide


Todo iba bien. Irene se había estabilizado. A principios de julio sacó el título de Arte Dramático, durante el  verano afianzó la relación con su novio, Román, buscaban casa, y a finales de octubre los contrataron juntos para hacer de Miranda y Fernando en La tempestad, de Shakespeare.  Los ensayos fueron perfectos. Sin problemas.
La noche anterior al estreno, Irene y Román estaban tan nerviosos que practicaron el sexo hasta caer rendidos. Al despertar, ella se encontraba demasiado calmada. Cuando llegaron al teatro, su aplomo llamó la atención del director, que alabó su actitud madura y profesional. Los dos primeros actos fueron brillantes: cuando Irene salía a escena representaba una Miranda tan alucinada e ingenua que el patio de butacas crujía con ganas de aplaudirla. En el tercer acto, sin embargo, hubo una trasformación, se la veía oscura y enfrentada a su papel. Entre bastidores se preguntaban qué le estaba sucediendo. Llegó el momento en que Fernando le declaraba su amor y le pedía la mano: He aquí mi mano. Ella debía responder: Y la mía, con el corazón dentro. Pero Irene no dijo nada. Se quedó quieta, como sorprendida, enfadada, pensando. Después de cinco segundos eternos dijo:
—Pero eso no puede ser… ¿No ves que estoy enferma?
Román enmudeció. No sabía de qué le estaba hablando. Tardaba en reaccionar, se saltó su frase, tuvo que salir en su ayuda el actor que hacía de Próspero: Ella enferma de amor y él mudo al saberlo, ¿quién puede entenderlo?, dijo antes de recitar apresuradamente el último fragmento de la escena para que cayera el telón. Román y un miembro de la compañía se llevaron a Irene al camerino. El médico no tardaría en llegar.

Publicado en Photowriting
Foto Paula Arbide


martes, 1 de marzo de 2016

ELEMENTOS DE CONQUISTA en Revista Cantárida


     
Alberto tenía entonces diez años y estaba pasando unas vacaciones horrorosas en el pueblo de sus padres. La culpa era de los suspensos y de su inmediata consecuencia: los trabajos de verano. Cinco cartillas gruesas  que le obligaban a repasar el programa completo de cada asignatura. El estudio le ocupaba la mayor parte de la mañana, pero no cumplía, y después de dos semanas buscando disculpas para mirar por la ventana su madre le había castigado a no salir si no terminaba todos los ejercicios correctamente. Se los revisaba a diario, le reñía, le decía que debería darle vergüenza repetir el curso por ser tan vago y distraído.  Llegó el día de la Feria y el castigo quedó lógicamente suspendido.
            La Feria era la única fiesta en sesenta días de vacaciones y en otros tantos kilómetros a la redonda. Estaban en la casa de los abuelos, en una aldea remota, a una hora de autobús del festejo. Era el acontecimiento familiar del verano. Poco antes de salir, sólo por llevar la contraria, Alberto comenzó a protestarle a su madre diciendo que a él el gasoil le mareaba, que a él tanta vaca, y tanto cerdo, y tanto queso...
            —¿Te importa que no vaya?
            —¿No quieres ir?
            —Estoy cansado de estudiar. Si descanso un poco... en la Feria hay mucha gente.
            Era la primera vez en su vida que Alberto pedía quedarse solo. Su madre le preguntó si se encontraba bien, pero le dijo que no había ningún problema porque su tía se quedaba en casa. Unos minutos más tarde, se marcharon todos. Su tía fue muy escueta:
            —Eres libre, haz lo que te dé la gana. Pero luego no te quejes.
            —No lo haré. ¿Me puedes cortar un poco de jamón?
            Su tía le preparó un bocadillo enorme con un cuarto de hogaza de pan. Alberto se alejó de la casa trotando y pegando alaridos. Llevaba caminando un buen rato cuando le entró el hambre. Decidió sentarse a comer. Estaba entre árboles y buscó un claro. Desde allí no se veía ya la casa, ni ninguna otra alrededor. Comió la mitad del pan y una loncha de jamón. Luego corrió sin dirección, saltando ramas, arroyos, charcas fantásticas que no habían sido holladas por las omnipresentes vacas. Pasó el día como un pionero feliz al que espera por delante todo un continente. Cuando el sol comenzó a caer se sentía lejos, más lejos que nunca en su vida. Y no quería volver.
Alberto tenía una gran memoria y, mientras pensaba en no volver, en abandonar a sus padres, a sus hermanos y tirarse a la bartola por el ancho mundo, sus pies le conducían de regreso a casa. Lo sabía, pero no se resistía ni le extrañaba porque nunca obedecía órdenes, tampoco las suyas. Había sin embargo algo nuevo, inaudito para él. Durante el regreso estaba escogiendo los caminos fáciles: la parte más estrecha del río, la bajada razonable entre dos rocas, el árbol sólido y fiable en vez del traidor que se cubre de maleza. Tenía cuidado de no hacerse daño, que al menos esta vez no hubiera peligro, ninguna novedad que contar. No había nada más emocionante que hacerse cargo de sí mismo.  
            Llegó a las proximidades de la casa cuando empezaba a anochecer. Se oía el bullicio de la gente que regresaba de la Feria. Se sentó a esperar, escondido entre los alisos, en una curva del río que delimitaba la propiedad. Esta vez no buscó ranas, no tiró piedras a los peces, no importunó a nadie con su presencia. Se limitó a mirar cómo pasaba el agua y a ver cómo iban llegando a la casa los miembros de su familia. Venían cargados de regalos para los abuelos: gallinas nuevas, varios conejos, una tinaja grande y dos cestas con cosas envueltas en papel de periódico. Su madre también entró, pero salió un minuto más tarde y gritó su nombre. Cuatro o cinco veces.
Alberto salió de la espesura y caminó sin prisa hacia ella. Le costaba moverse, se sentía más alto, la ropa más estrecha, como si acabara de pegar un estirón. No echó a correr como era habitual. Saludó de lejos, con la mano. Al llegar a su altura, antes de que ella dijera nada, preguntó:
            —¿Qué tal en la Feria, lo habéis pasado bien?
            —Sí, estupendo. ¿Y tú?¿Qué has hecho?
            —Estar solo.
            Su madre sonrió, feliz.
—Ya era hora.
Alberto pensó que iba a abrazarlo, pero se quedó mirándolo con curiosidad:
—Pareces más alto.
—Sí.
—Tendrás hambre… voy a hacer tortilla de patata. Hay que ir al gallinero.
Ella entró en casa y le entregó la cesta de los huevos. No le dijo cuántos. No le dijo que tuviera cuidado de no romperlos.


publicado en Revista Cantárida
foto Paula Arranz




lunes, 11 de enero de 2016

CÓMO LO DIJO en Espacio Luke


Fue cómo lo dijo.
Su voz sonaba precisa, sólida, fiable. Nadie hubiera puesto en duda la veracidad de todas y cada una de sus palabras. Hablaba con una seguridad tan contundente que convertía lo dicho en cierto. Imponía. Y había que asentir, de inmediato, o el aire se paralizaba a su alrededor.
—Llueve —dijo.  
—Sí… —acepté, aunque en el exterior lucía un sol radiante, después de horas lloviendo sin parar…
Debía tener mucho cuidado con el tono, cualquier asomo de condescendencia la pondría agresiva. Llevaba ropa de combate, falda, medias, tacones, chaqueta expeditiva, y un corte de pelo amable de perfil pero de frente felino. Me gustan más los animales que las personas, no tenía problemas para sostenerle la mirada.
—¿Un poco de champán… sería oportuno?
—Siempre lo es —dijo ella, con una leve sonrisa.
Era dueña de su tiempo, de organizarlo al menos. Calculé que daba órdenes a un centenar de personas sin despeinarse. Serví dos copas, le entregué una, y me fui con la mía al otro lado del sofá. Miramos desde lo alto la ciudad, activa en el mediodía de otoño. Volaban hojas del parque hasta las aguas turbias del río.
Durante unos minutos sosegados, contemplamos la pelea de las nubes para reducir al sol. Venían del fondo, oscuras, rápidas, y lo acorralaron hasta ocultarlo. Sonó un trueno, más allá de las montañas. Ella se quitó los zapatos, encogió las piernas y puso sobre ellas un cojín, como si tuviera frío. Apuré mi copa, me serví otra, me senté a su lado:
—¿Cansada?
—Agotada, más bien.
—Tiempos difíciles.
—Lo son. Y también extraordinarios. Hay que estar más despiertos que nunca, siempre alerta, la tensión se acumula…
Debajo de su camisa de seda, los hombros apretaban y soltaban, apretaban y soltaban. Pensé masajearle los pies, pero no era una mujer que aceptara un masaje, ni blanduras semejantes. Tampoco había venido a pelear, todo lo contrario. Pero se notaba en sus ojos el hábito de la mentira, el permanente encubrimiento, era una persona estratégica: cualquier comedia sería entendida como parte del fingimiento diario y eso la tensaría más y le impediría disfrutar. Calmarse.
Un rayo único, seco, anunció el regreso de la tormenta. La tregua había sido breve. Ella bebió de su copa hasta vaciarla, y aprovechó que la dejaba sobre la mesa para coger la mía y darle un sorbo:
—¡Vamos? —dijo, con media interrogación. Su voz sonó algo chiquilla, confidente, incluso tierna. Una generosidad por su parte. Me facilitaba el trabajo.
Nos desnudamos cada uno en un lado de la cama. La luz del dormitorio estaba ajustada para evitar exhibiciones innecesarias. No se debe someter a las mujeres de cierta edad a ninguna valoración física que enturbie su encanto. Nos cubrimos con la sábana, ella se pegó a mí con familiaridad, puso su cabeza sobre mi hombro y jugueteó con los pelos de mi pecho. Espero hasta unificar nuestra temperatura y luego tomó la iniciativa. Sin prisa. Con eficiencia.
No hago servicios discretos para luego difundir los detalles, sólo diré que le costó bastante distender los músculos de los hombros. Después tomamos otra copa de champán a medias, y repetimos la función. Procuré que cada gesto contuviera una dosis generosa de alegría. Conseguí arrancarle una sonrisa, luego risa verdadera, y eso la asustó:
—Tengo una reunión a las cuatro, debería ducharme… y secarme bien, no pudo parecer tan desvalida.
Intenté imaginármela desvalida:
—Al fondo. La puerta roja. Hay un secador de cuerpo entero.
Pudiendo bajar por su lado de la cama, prefirió pasar sobre mí, demorándose. Sus ojos me interrogaron, quería determinar el margen de confianza. Yo abrí los brazos y apreté los labios con fuerza. Ella acercó su cara a la mía, sacó la lengua con lentitud, me lamió como a un caramelo y desapareció de un salto.
Me quedé en la cama, mirando al techo, esperando. Esperando que no volviera a suceder, como sucede siempre cuando escucho el sonido de la ducha. El olor intenso que habíamos dejado en la habitación reclamaba algo más. Sentí la punzada en el estómago. Me encogí, dolido. El amor, aunque breve, descompone. La ducha fue larga, pero al fin dejó de sonar. Ya me había borrado de su cuerpo.
Ella regresó, se vistió, tengo que marcharme, bien, a qué viene esa cara, tristezas, ¿no me acompañas a la puerta?, no, mejor que no te vean conmigo, así sólo serás una mujer que sale de una puerta.
Mi amor sólo duraba aquel instante. Si no se marchaba pronto… Ella cabeceó y se encogió de hombros:
—¿Y lo otro?
—Junto a la puerta.
Su cuerpo se endureció. Su mirada recupero la ferocidad. Tuvo el coraje de despedirse con una sonrisa y un sarcástico aplauso sordo. Luego se giró en seco y salió al pasillo. Esperaba que arrojara sus billetes al suelo, como hacen otras, las que no vuelven, pero ella cumplió con el trámite y, después de un minuto largo en que casi se la oía pensar, regresó:
—Me llamo Teresa Sánchez Valcárcel. Tengo responsabilidades, suelo estar muy ocupada. Los jueves a esta hora me viene bien…
La miré. Como quien ve florecer algo.
—Los jueves, claro, sí.
Me senté en la cama. Cogí el móvil, pulsé los contactos y comencé a escribir su nombre. Ella se sentó a mi lado. Deslizó con destreza el dedo índice por mi espalda, la piel se erizaba a su paso…
—Para quieta.
Me puse colorado. Yo.


publicado en Espacio Luke