lunes, 11 de enero de 2016

CÓMO LO DIJO en Espacio Luke


Fue cómo lo dijo.
Su voz sonaba precisa, sólida, fiable. Nadie hubiera puesto en duda la veracidad de todas y cada una de sus palabras. Hablaba con una seguridad tan contundente que convertía lo dicho en cierto. Imponía. Y había que asentir, de inmediato, o el aire se paralizaba a su alrededor.
—Llueve —dijo.  
—Sí… —acepté, aunque en el exterior lucía un sol radiante, después de horas lloviendo sin parar…
Debía tener mucho cuidado con el tono, cualquier asomo de condescendencia la pondría agresiva. Llevaba ropa de combate, falda, medias, tacones, chaqueta expeditiva, y un corte de pelo amable de perfil pero de frente felino. Me gustan más los animales que las personas, no tenía problemas para sostenerle la mirada.
—¿Un poco de champán… sería oportuno?
—Siempre lo es —dijo ella, con una leve sonrisa.
Era dueña de su tiempo, de organizarlo al menos. Calculé que daba órdenes a un centenar de personas sin despeinarse. Serví dos copas, le entregué una, y me fui con la mía al otro lado del sofá. Miramos desde lo alto la ciudad, activa en el mediodía de otoño. Volaban hojas del parque hasta las aguas turbias del río.
Durante unos minutos sosegados, contemplamos la pelea de las nubes para reducir al sol. Venían del fondo, oscuras, rápidas, y lo acorralaron hasta ocultarlo. Sonó un trueno, más allá de las montañas. Ella se quitó los zapatos, encogió las piernas y puso sobre ellas un cojín, como si tuviera frío. Apuré mi copa, me serví otra, me senté a su lado:
—¿Cansada?
—Agotada, más bien.
—Tiempos difíciles.
—Lo son. Y también extraordinarios. Hay que estar más despiertos que nunca, siempre alerta, la tensión se acumula…
Debajo de su camisa de seda, los hombros apretaban y soltaban, apretaban y soltaban. Pensé masajearle los pies, pero no era una mujer que aceptara un masaje, ni blanduras semejantes. Tampoco había venido a pelear, todo lo contrario. Pero se notaba en sus ojos el hábito de la mentira, el permanente encubrimiento, era una persona estratégica: cualquier comedia sería entendida como parte del fingimiento diario y eso la tensaría más y le impediría disfrutar. Calmarse.
Un rayo único, seco, anunció el regreso de la tormenta. La tregua había sido breve. Ella bebió de su copa hasta vaciarla, y aprovechó que la dejaba sobre la mesa para coger la mía y darle un sorbo:
—¡Vamos? —dijo, con media interrogación. Su voz sonó algo chiquilla, confidente, incluso tierna. Una generosidad por su parte. Me facilitaba el trabajo.
Nos desnudamos cada uno en un lado de la cama. La luz del dormitorio estaba ajustada para evitar exhibiciones innecesarias. No se debe someter a las mujeres de cierta edad a ninguna valoración física que enturbie su encanto. Nos cubrimos con la sábana, ella se pegó a mí con familiaridad, puso su cabeza sobre mi hombro y jugueteó con los pelos de mi pecho. Espero hasta unificar nuestra temperatura y luego tomó la iniciativa. Sin prisa. Con eficiencia.
No hago servicios discretos para luego difundir los detalles, sólo diré que le costó bastante distender los músculos de los hombros. Después tomamos otra copa de champán a medias, y repetimos la función. Procuré que cada gesto contuviera una dosis generosa de alegría. Conseguí arrancarle una sonrisa, luego risa verdadera, y eso la asustó:
—Tengo una reunión a las cuatro, debería ducharme… y secarme bien, no pudo parecer tan desvalida.
Intenté imaginármela desvalida:
—Al fondo. La puerta roja. Hay un secador de cuerpo entero.
Pudiendo bajar por su lado de la cama, prefirió pasar sobre mí, demorándose. Sus ojos me interrogaron, quería determinar el margen de confianza. Yo abrí los brazos y apreté los labios con fuerza. Ella acercó su cara a la mía, sacó la lengua con lentitud, me lamió como a un caramelo y desapareció de un salto.
Me quedé en la cama, mirando al techo, esperando. Esperando que no volviera a suceder, como sucede siempre cuando escucho el sonido de la ducha. El olor intenso que habíamos dejado en la habitación reclamaba algo más. Sentí la punzada en el estómago. Me encogí, dolido. El amor, aunque breve, descompone. La ducha fue larga, pero al fin dejó de sonar. Ya me había borrado de su cuerpo.
Ella regresó, se vistió, tengo que marcharme, bien, a qué viene esa cara, tristezas, ¿no me acompañas a la puerta?, no, mejor que no te vean conmigo, así sólo serás una mujer que sale de una puerta.
Mi amor sólo duraba aquel instante. Si no se marchaba pronto… Ella cabeceó y se encogió de hombros:
—¿Y lo otro?
—Junto a la puerta.
Su cuerpo se endureció. Su mirada recupero la ferocidad. Tuvo el coraje de despedirse con una sonrisa y un sarcástico aplauso sordo. Luego se giró en seco y salió al pasillo. Esperaba que arrojara sus billetes al suelo, como hacen otras, las que no vuelven, pero ella cumplió con el trámite y, después de un minuto largo en que casi se la oía pensar, regresó:
—Me llamo Teresa Sánchez Valcárcel. Tengo responsabilidades, suelo estar muy ocupada. Los jueves a esta hora me viene bien…
La miré. Como quien ve florecer algo.
—Los jueves, claro, sí.
Me senté en la cama. Cogí el móvil, pulsé los contactos y comencé a escribir su nombre. Ella se sentó a mi lado. Deslizó con destreza el dedo índice por mi espalda, la piel se erizaba a su paso…
—Para quieta.
Me puse colorado. Yo.


publicado en Espacio Luke

domingo, 27 de diciembre de 2015

RENGLONES TORCIDOS en Revista Cantárida




            Raquel siempre le había estado agradecida a su marido por el buen trato que le daba, por el cariño que desplegaba en todo momento hacia sus hijas y por la ternura con la que había sabido empapar su vida en común. No era su matrimonio, sin embargo, una relación apasionada, muy al contrario. Se habían casado para mitigar un futuro lleno de presagios de soledad después de sendas rupturas amorosas en las que ambos habían sido rechazados por sus respectivas parejas. De natural pusilánimes, se les había despreciado por su falta de iniciativa y empuje ante la vida. Los dos eran la parte sumisa de su pareja, y los cuatro se conocían desde niños. El novio de ella y la novia de él habían ligado sus orgullos dejándolos a ellos de lado y embarcándose en una relación tempestuosa que en breve tiempo terminaría en un divorcio con muy malas palabras de por medio. Ellos, forzados por la costumbre de ir los cuatro juntos a todas partes, como siempre habían hecho las dos parejas, se encontraron un día solos, al siguiente abrazados, al otro comprometidos, casados, encamados, y en el plazo previsto criando una descendencia. Habían tenidos dos niñas de cuerpo y mente suaves como el terciopelo. Cuando iban de la mano por la calle parecían el troquel de la Familia feliz.
Sin embargo, ninguno de los dos había superado el hecho de ser para la otra persona un sustituto del amor perdido. Cuando ocurrió lo del divorcio, cada uno por su lado, sin que el otro lo supiera, hizo de paño de lágrimas de los recién separados. Raquel, por piedad, se acostó con su ex novio, que en esta ocasión era la parte rechazada, pero siempre se arrepintió de hacerlo porque aquel sujeto era un infame, un mezquino que se merecía todo lo que le ocurriese. Ni tan siquiera tuvo la decencia, aunque sólo fuera por cumplir, de pedirle que dejara a su marido y regresara con él. Por supuesto, no hubiera aceptado, pero le habría gustado decir que no. Jacinto, por el contrario, no había querido acostarse con la pécora libidinosa de su ex novia, que ahora, después de haberse comportado siempre como una estrecha que capitalizaba cada polvo, le encontraba el atractivo morboso del hombre casado y feliz cuyo matrimonio le encantaría echar a pique. Le llamó zorra a la cara y después se fue a apagar el calentón con su mujer.
            Cinco años más tarde, Raquel se enamoró perdidamente de un compañero de trabajo de Jacinto. Era un hombre guapo, esbelto, enigmático y muy culto. Estaba dotado de una facilidad de palabra que subyugaba, y tenía tal magia a la hora de escoger calificativos para los objetos y sentimientos que su discurso envolvía y a la vez provocaba una suerte de alucinación. Una noche lo invitaron a cenar a su casa: los entretuvo, les hizo reír a carcajadas, les contó un cuento precioso a las niñas y, cuando éstas se durmieron, con la intimidad propiciada por un licor de cerezas, les manifestó que tenía envidia de su familia y del evidente amor que ambos se profesaban. Ellos se sintieron bastante avergonzados, porque no creían amarse, y les pesaba que su mentira hubiera alcanzado tal grado de perfección que a los ojos de los demás pareciera una verdad incuestionable. Aquella noche, a oscuras en la cama, Raquel lloró en el hombro de su marido. Jacinto también lloró, pero después de que ella se durmiera.
Durante casi seis meses, Raquel no pudo apartar de su pensamiento al compañero de su marido. Vivía con un apasionamiento que la delataba por completo, aunque no podía evitarlo. Veía a aquel hombre cada vez que acostaba a las niñas, cada vez que bebía una copa de licor de cerezas; llegó a verlo incluso en la espuma del lavavajillas, que le recordaba sus rubios y ensortijados cabellos. Pero donde más lo veía era en el cuerpo de su marido, cuando por iniciativa propia hacían el amor, con una frecuencia inusitada, alarmante. Su marido aceptaba la influencia de ese hombre, y amaba a Raquel imaginando que era él, dejándose invadir por la presencia de ánimo que tendría su compañero de trabajo en una situación similar. Practicaban así una suerte de adulterio consentido que hubiera vuelto loco hasta al más avispado de los abogados matrimonialistas. Amor en cuerpo ajeno.
Sin embargo, en contra de lo que pensaba Raquel, Jacinto adjudicó este apasionamiento de ella a que su compañero la había convencido hasta tal punto de que ellos se querían que había acabado creyéndolo. Fuera cierto o no, Jacinto, por vez primera, se enamoró de ella. Por su parte, Raquel, que nunca había considerado que su marido pudiera resultar un vehículo tan eficaz a la hora de amar en él, y a través de él, a otras personas, terminó olvidando al otro hombre. De este modo, su amor floreció como por ensalmo, y si bien a la hora de practicar el sexo terminaron por no poder precisar con quien lo estaban haciendo, infundieron a su matrimonio el toque justo de fantasía y enigma que precisaba para dar un empuje a sus apocados caracteres, convirtiéndose en una pareja sólida, de hombre y mujer maduros encaminados hacia una digna vejez.
Fue el caso más peculiar que he llevado ante los tribunales. Los implicados me contaron por separado lo que acabo de relatar y luego solicitaron el divorcio. Sus hijas ya estaban casadas, tenían nietos, rondaban los setenta años. Estaban de acuerdo en todo, los trámites fueron sencillos, salvo por el tema del domicilio. Seguirían viviendo juntos, no pensaban separarse ni locos: se amaban hasta la raíz. Lo hacían por romanticismo, porque tenían ganas de conquistarse.

publicado en Revista Cantárida




sábado, 19 de diciembre de 2015

martes, 8 de diciembre de 2015

SALIR DE LA CUEVA en El Mundo-Cantabria

Salir de la cueva


Con frecuencia subestimamos la lengua que nos sirve para comunicarnos porque la consideramos como propia, sin tener en cuenta que ya existía mucho antes de nacer nosotros y  por lo tanto contiene en su interior el esquema moral de nuestros antepasados. Por eso seguimos llamando maricón al débil de carácter, nenaza al pacifista, o puta a la mujer que se resiste al acoso machista. Si además tenemos un arrebato emocional, echamos mano de  las frases hechas y de los refranes, con fama de contener una sabiduría popular que no suele ser más que el acatamiento servil de las injusticias de la vida. De hecho, el refranero de un pueblo es el compendio de sus miserias.
Pero la lengua pertenece a la comunidad y la bondad o maldad de las cosas la determina el tiempo presente.  Un caballero de antaño puede ser un baboso de ahora, una madraza sería una controladora o castradora, y un hombre culto: un pedante. Nada bueno permanece, la maldad es más longeva, y los jueces se aburren intentando armonizar lo ancestral con lo nuevo a base de condenas ejemplarizantes. Dentro de poco habrá más gente en la cárcel por maltrato a sus semejantes que por tráfico de drogas. Y en muchos casos será maltrato verbal. Recordemos al actor de la popular serie Anatomía de Grey que perdió los papeles frente a un compañero de reparto, le llamó maricón por ser homosexual, le denunciaron y, a pesar de su indudable atractivo, sus dotes dramáticas y su rentabilidad, fue despedido por la productora y su brillante carrera terminó en el acto. Lo mismo que podría sucederle al alcalde de Carboneras (Almería), que mandó callar a una concejala con la afirmación arcaica de que Las mujeres deben cerrar la boca cuando habla un hombre.  Ahora piden su dimisión y, como la ley española persigue a los cargos públicos con discurso incendiario, podría costarle algo más que su poltrona.
Las palabras pueden traicionarnos, lo hacen a menudo, sobre todo si eliminamos la barrera de la buena educación. Pensamos con palabras, nos forjamos con ellas, y cuando las pronunciamos nuestro pensamiento queda al descubierto. La lengua puede ser torpe, inexacta, incompleta, pero es un espejo que nos refleja, y la fidelidad de la imagen proyectada depende del dominio que tiene cada individuo sobre su discurso.  Una mala expresión suele coincidir con un mal pensamiento, aunque luego la persona se deshaga en disculpas para encubrirlo. Se lo permitimos a los niños, a los analfabetos o poco cultivados, pero jamás debemos consentirlo a representantes públicos porque un micrófono mal utilizado es el arma ideal para la apología de la barbarie. La palabra amplificada conlleva una enorme responsabilidad, y dejar que ciertas personas hablen en público es como darle el mando de la tele al perro.
No por ello debemos tener miedo a la lengua, si nos desnuda es porque nos ama, y del mismo modo que nos pone en evidencia también habla en nuestro favor. Si nos encontramos en apuros, la búsqueda de la palabra exacta será determinante en nuestra salvación. Nadie grita mandarina cuando se está ahogando o será eso lo que le lancen en vez de un flotador. Y tampoco llamas casa a un piso escuálido cuyo alquiler ya no puedes pagar después de que te hayan cortado la luz y el agua. En rigor, porque intentas definirlo con exactitud, lo llamas cueva. La cueva. Asumes tu situación vital al decirlo. Y si al atardecer sales a tomar el aire, porque no tienes dinero para otra cosa, dices: salgo de la cueva; y cuando regresas taciturno: regreso a la cueva. El vocabulario te pone en tu lugar. Y le das las gracias porque cueva es una palabra dura pero mucho peor es intemperie.
Cada vez se emplean más palabras rupestres como signo de la involución humana actual. Tenemos jefes trogloditas, políticos cuaternarios, empresarios velociraptores, tribus urbanas… dicen que se han visto lobos en Chernobil. Antes de lograr civilizarnos del todo, ya regresamos a la caverna de los ancestros. La diferencia con la vez anterior, es que ahora los animales del exterior serán de nuestra propia especie. La lengua nos avisa, nos alerta, intenta despertar nuestra conciencia porque estamos desmadrados, como borrachos de soberbia. Con lo que cuesta una bala de fusil se hace un guiso de lentejas, y no es por citar la Biblia. Somos dioses tecnológicos pero demonios morales, como nos llamaba Lewis Mumford. Adoramos al Becerro de Oro en el glorioso Black Friday y así le reducimos el sueldo de un euro al día al esclavo de turno. ¿No vendrá después Moisés con las tablas de la ley y las cámaras de vigilancia? ¿Nadie te ha llamado primitivo por no tener una pegatina tapando la cámara del ordenador? ¿Qué te preocupa más, que te vigilen o no ser vigilado?
En los años setenta, que fueron para la sociología como la ciencia ficción para la literatura, hubo una película visionaria que convendría revisar. Se titulaba Themroc, dirigida por Claude Faraldo, con Michel Piccoli como protagonista. En ella, un ciudadano normal se encierra en su piso, tapia con ladrillos la entrada, tira la pared exterior y se convierte a grito pelado en un cavernícola urbano. Fue calificada como subversiva, irreverente, inmoral y pasada de rosca. Había incesto, pecado, revolución interior. En la escena culminante, Piccoli sale de noche a buscar alimento, caza un policía y se lo come asado en su cueva. Estaba cargada de simbolismo, en un desolador blanco y negro, pero ayudaba a pensar, condición necesaria entonces para rodar una película.
Es normal ser cenizo en las primeras décadas de un siglo. La gente alberga esperanzas de cambio y baja las defensas. Los poderosos aprovechan para reducirnos la cuota de plátanos, para enfrentarnos en guerras simiescas entre adoradores del sol o de la luna. El aire huele a caos cuando todo el mundo tiene la razón. La gente no sabe hacia dónde correr, salvo hacia sí misma.  Entonces la cueva se convierte en un espacio físico y emocional necesario. Porque te sientes animal, animal acorralado. Ya lo canta Vetusta Morla: No hay timón en la deriva, tendremos que inventar una guarida.
Si los fanáticos no logran de nuevo retorcer el curso de la historia, encontraremos una solución, una vía de escape hacia la mejora humana. No hay por qué hacer que todo salte en pedazos, como en 1914, 1936, 1939… La sociedad terminará implosionando, espachurrando sus defectos, tratándolos como virus y exterminándolos. En nosotros está la enfermedad y la cura. Cualquier iniciativa que intente flexibilizar la vida, que permita una mayor inclinación de las ideas nobles antes de que se vengan abajo, que aumente el margen de posibilidades de la realidad, nos ayudará a salir de la cueva. O al menos a no dirigirnos a zancadas hacia ella.


Publicado en El Mundo-Cantabria 7-12-15

miércoles, 25 de noviembre de 2015

NIEBLA ELECTORAL en El Mundo-Cantabria

Niebla electoral


La niebla es un fenómeno natural inocente que por su aspecto algodonoso suele aparecer en los cuentos infantiles asociada a la magia y el misterio, pero a 120 por hora, de improviso, en una vaguada de la autovía, representa un peligro incuestionable: o reduces la velocidad o te la pegas.
Los depredadores utilizan la confusión que proporciona la niebla para cazar, aunque sólo un león de dibujos animados tendría un cañón de teatro para fabricar niebla artificial; un león de melena lo consideraría indigno, pensando con razón que si lo hace las gacelas pondrán en su lugar muñecos de trapo. Resumiendo, si basas tu campaña electoral en fabricar niebla para los críos, no te extrañe acabar en la cuneta con los neumáticos girando hacia el cielo. La gente está de fantasmadas hasta el gorro. Lo expresaba con elocuencia un joven agarrado a una cerveza el otro día en el bar: ¡Que se dejen de tonterías, queremos programas electorales detallados, con presupuestos reales y plazos de realización, en archivo PDF, en la red, ya!
 Son muchos siglos arrastrándonos por los suelos para no ser expertos en creadores de niebla. Sabemos que nos mienten por sistema, que si no nos roban más es porque no saben cómo hacerlo, que el árbitro está comprado aunque no le paguen. Si lo que pretenden los políticos actuales es que votemos al tacto, de acuerdo, pero entonces tendrán que acercarse más, con la yugular a la distancia de un mordisco. Son tiempos feroces, nuestra vida no es un juego retórico.
Por desgracia, este siglo ha caído sobre nosotros como una losa y lo primero que ha sepultado ha sido la confianza en nuestros dirigentes. Pasan por la cárcel tantos testaferros y por los consejos de administración tantos políticos, que cada vez que uno de ellos abre la boca el instinto de conservación nos cierra los oídos. Digan lo que digan no les vamos a escuchar, lo saben, por eso gritan vacuidades y en los mítines se rodean de globos de colores como en el cumpleaños de un niño. Nos regalan promesas como piruletas. La culpa es nuestra, por votarles, que esto es una democracia y no vale mirar hacia otro lado.
Llevamos demasiado tiempo permitiendo que lo más turbio de nuestra naturaleza nos gobierne, que otros hagan lo que nosotros no nos atrevemos a hacer, pero somos tan cínicos de echarles la culpa de nuestras desgracias, como el que entrega un fusil a alguien para que mate por él y luego le llama asesino. Hay que asumir responsabilidades, salvo el que tenga una bula católica de exculpación perpetua o el carnet marxista sin espejo, porque la parte sumergida del iceberg de la corrupción somos nosotros. Ellos solos no pueden hacerlo, necesitan cómplices, una legión ya que los delitos son tantos. Los implicados llegan hasta el horizonte. Nos hacemos un flaco favor si no tiramos de la manta, aunque acabemos desnudos y al descubierto.
El día siguiente a las elecciones generales comienza oficialmente el invierno. Muchos van a pasar frío. Supongo que la fecha de los comicios la escogió aquella diputada popular, cuyo nombre no merece ser recordado,  al grito de: ¡Ahora se van a enterar esos muertos de hambre!
Cuatro millones de parados que siguen siendo cuatro millones de parados, una deuda que pasa en una legislatura del 70 al 97% del PIB, más del 25% de la población en riesgo de pobreza y exclusión social… Eso es levantar el país, sabemos a costa de quién; nos hemos enterado, gracias. No hacía falta que nos lo explicaran con un vídeo en el que unos tipos disfrazados de médicos secuestran a una mujer, la torturan con descargas y le pintan una bandera de España en la cara. Pobre chavala, sus ojos de castaña asada recuerdan al hambre de los cómicos; seguro que sabe bordar a Shakespeare y ahora acepta cualquier papel si le adelantan un bocadillo. Ser actriz y tener que trabajar para el partido que cierra los teatros requiere coraje, lágrimas amargas en el camerino, espero que no la obliguen a aceptar la cruz de hierro, que van pasados de rosca.
El PP merece perder el Gobierno por su zafiedad y su mala gestión, pero sobre todo por reírse de nosotros a la cara. En particular Rajoy, el Ausente, que ni los suyos saben dónde se ha metido durante toda la legislatura. En los mandos del país no estaba, desde luego, ni en las colas generosas de los bancos de alimentos, para más inri desvalijadas por alguno de su cuadrilla. Son insaciables, como corleones. Y no sigo, que hay una ley Mordaza y la puerta de mi casa vale un sueldo.
Lástima que la sociedad española se encuentre tan deteriorada y deba enfrentarse al hecho triste de haber generado un panorama político tan chusco. Cuando la ciudadanía tiene que agruparse para tomar las riendas de la nación, está gritando bien alto que el sistema no funciona. No nos representan, sentenciaban los Indignados, y su clamor llegó hasta las universidades y hace un año se materializó en Podemos. A falta de soluciones prácticas, mejor fundamentar teóricamente la revolución inmediata. Fue la bomba, el asalto a la Moncloa, la cosa pintaba tan bien que no se notaban los brochazos. Hasta los bancos europeos temblaban imaginando a un presidente con coleta. Les entró un miedo filibustero a que unos descontrolados metieran sus uñas sucias en el cofre del tesoro. Entonces, como son unos clásicos, aplicaron a este proceso la paradoja hispana, de manera que el impulso irrefrenable hacia la izquierda potenciara a la derecha. A día de hoy, Ciudadanos ha capitalizado los esfuerzos de Podemos, añadiendo más confusión y logrando que las esperanzas de muchos regresen al punto anterior, donde todo importaba un pimiento. Eso sí, el PSOE va a liderar a la izquierda, siempre que sea capaz de definirla a tiempo.
  Esto no es un país, es un disgusto. Hay que abandonar la introspección del móvil, en la realidad llueve, no caen rayitas, debemos guarecernos. Es un mal momento para que nuestras carencias nos dejen indefensos ante los expertos en manipulación. Hay personas que se sientan delante de una pizarra que contiene nuestra vida, deciden a primera hora inclinar hacia un lado el voto de los ancianos y antes del almuerzo lo tienen hecho. Se equivocan, claro, pero en un porcentaje no significativo. Si fuera por ellos, se eliminaban las elecciones y gobernaba directamente el Ibex-35. Para qué perder el tiempo, la democracia es un estorbo, a fin de cuentas evolucionamos hacia un homo economicus que avergonzaría al mismo Adam Smith.
Nunca hemos sido tan vulnerables. Igual que los fines de semana se advierte a los automovilistas de los riesgos de la carretera, sería de utilidad pública informar a la gente de los peligros de unas elecciones generales. Al menos decirles que consigan un Diccionario de Falacias, el que sea, hay versiones desde Aristóteles, para así detectar el engaño, saber Cómo lo hacen y el 20-D actuar en consecuencia.


Publicado en  EL MUNDO-Cantabria 24 noviembre 2015

viernes, 20 de noviembre de 2015

EL POZO SÉPTICO en El Diario Montañés



Gracias a ELENA SIERRA por su acertada reseña en
.
EL DIARIO MONTAÑÉS 20 de noviembre 2015

UN ÁNGEL DE BEICON en Revista Cantárida



Un ángel de beicon se posa sobre mis zapatillas azul celeste. Sus alas de lonchas veteadas salpican gotas de grasa minúsculas que brillan un instante y desaparecen. Me da la espalda, con los brazos en jarras. Tiene el cabello de fino cuero blanco y los pies con cascos de potrillo. No me muevo. Ni pestañeo. Miro de reojo a la cámara que me está grabando e imagino la cara de capullo que tendrá el médico que toma notas detrás del monitor. Otra vez se han pasado con la medicación. Miserables.  
—Hay que tener cuidado con las alucinaciones, abundan por estos lares…
El enfermero Marcos es tan ocurrente que dan ganas de crucificarlo en una torre de alta tensión. Sin preguntarme si deseo compañía, aparca a mi lado a una señora. No la conozco. Sus ojos y su boca me sonríen. Lleva el pelo blanco cortado a lo Joan Báez. Me recuerda a mi profesora de griego, una feminista declarada que comenzaba sus clases escribiendo en la pizarra un poema de Safo, uno nuevo cada día.  
—Parecemos geranios al sol… —su voz es firme, pero acogedora—. También pasajeros que esperan su vuelo… definitivo.
            —O nobles patricios que se dedican a no hacer nada —añado, con sequedad. Luego le sonrío a medio labio y observo que su silla de ruedas es una Splendor 12, con almohadillas antiescaras incorporadas en asiento y respaldo. Se rumorea que la residencia va a pasar de pública a privada por el método guarro de extender los privilegios. Son como alimañas, recortan de todos lados para llenarse los bolsillos, pero nunca es suficiente. Si además vives mucho tiempo, como yo, te odian. Y te investigan para fijar patrones que eviten que otros duren tanto… Miro a la mujer con recelo. Ella lo nota y entorna los ojos.
            —Tranquilo. No soy una infiltrada, soy del Trasvase.
            Cierro los puños. Vigilo por encima de su hombro y ella por encima del mío. Cualquier gesto o contraseña nos delataría. Nos miramos con los ojos muy abiertos.  Dejamos que la transparencia fluya entre nosotros hasta que las miradas adquieran confianza. Pasado un minuto, le alargo mi mano.
—Rubén.
—Estela.
            —Bienvenida. Os estábamos esperando, eres la primera. Al final, cómo acabó aquello…
            —Mal. Muy mal. Dos años sin el pantano y no ganaban para antidepresivos. Las familias que pudieron se llevaron a los suyos, a casa o a la privada. Los demás nos quedamos allí, mirando a una barranca donde antes había un lago. El primer mes, perdimos a cinco mujeres de más de noventa años. Pura tristeza… Y así mes tras mes, cada vez más jóvenes, hasta que reaccionamos. Hubo una petición unánime de traslado. Se negaron. Entonces organizamos la Resistencia, nos hicimos fuertes en la cocina, nos redujeron a jeringuillazos. A mí me han tenido dormida casi una semana, no sé dónde. Luego me trajeron aquí.
—La cárcel de viejos. Felicidades. Esto es tan ultramoderno que da grima. Es abrumador, sobre todo al principio. Aquí no hay nada que tenga más de dos años. El centro cuenta con un beneficiario, potentado de la construcción, y renuevan hasta los pomos de las puertas de un día para otro.  Lo que no se vende por extravagante y pasado de rosca, termina en nuestros salones. ¿Has visto las lámparas del pasillo de entrada?
 —He gritado al verlas. Sobrecogedoras.
 —Así se vengan de nosotros. De nuestra rebeldía. No hay nada a que afianzarse…
—Y además muchas pastillas.
—Ejercen sobre nosotros un control químico absoluto…—me aproximo a ella y le hablo entre paréntesis: (—… pero tenemos antídotos. Apoyo químico del exterior.)
—Los nietos.
—Los nietos… Sólo ellos impiden que acabemos siendo unos zombis.
Estela y yo cerramos los ojos. Cada uno piensa en su legado. Hijos y nietos que no se han arrodillado jamás. Resistentes de raza.
—Si tenéis alguna acción inmediata, contad conmigo.
—Te veo rígida. No tienes mucha movilidad…
—Todavía puedo sujetar una espumadera con los dientes. Pero lo mío es la intendencia. Les puedo robar cualquier cosa delante de sus narices.
—Perfecto. Andamos escasos de algunos suministros y solma… red… mesta…
La cara de Estela se divide en dos pedazos, luego en cuatro y se pliega sobre sí misma. Me sube un colocón tremendo de la última pastilla. ¡Miserables!
—Me fas a disculpar, Eftela. El enemigo ataca… desde el interior. Hasta el cambio de turno… no llega el antídoto…
La cara de Estela se materializa de nuevo. Asiente con la cabeza, comprende. Hace calor. Y frío. Escucho un suave aletear cerca de mi hombro derecho. El ángel de beicon extiende sus alas entre nosotros. Algo me dice, pero no le entiendo.


Publicado en Revista Cantárida

Foto Paula Arranz