martes, 20 de enero de 2015

700 ESCALONES


   
         Soy deportista teórico y por mis pecados sarcásticos fui en peregrinación al Faro del Caballo. Mi intrépida compañera, La Tour, que durante el verano intentaba convertirme al senderismo, preocupada por mi hipertensión rampante y por mis veinte kilos de sobrepeso, quería culminar las habituales caminatas playeras de olas tranquilas con un desafío, un mito costero: 700 escalones descendiendo en suicidio desde lo alto del acantilado hasta el borde del mar. Peligroso, casi imprudente, decía la publicidad. Para valientes, remataba.

            Salimos de Santoña a las diez y cuarto, por el camino más corto. El día era perfecto: sol, nubes decorativas, brisa agradable y atmósfera cristalina que permitía unas vistas panorámicas en 3D. Ni una pantalla de plasma te lo saca tan guapo. Como primera medida para no estropear tanta belleza, guardé el paquete de tabaco en la mochila de La Tour, que ya lamentaba haber emprendido aquella aventura con tan solo 33 centilitros de agua, una botellita de nada. El camino de cabras ascendía por el borde del acantilado con amabilidad, entre higueras, laureles, pajarillos, insectos varios y excursionistas que nos adelantaban y saludaban con un Hola.  Le hice saber a La Tour que su cálculo de dos horas y pico no era exacto, o que sólo se podía aplicar a aquellos montañeros bruñidos, pero no a nosotros, que somos de nivel del mar, pero una chica en bikini y un tipo con chancletas nos pasaron veloces por la derecha y tuve que renunciar a mi argumentación. El problema era de fondo, a La Tour y a mí nos costaba subir porque estamos quemados de tabaco y de sillón. Mucho libro y mucha tele pero en el exterior somos como selenitas acostumbrados a una gravedad más benévola.

            La Tour intentó compensar nuestras deficiencias demorando la marcha. Sacó la cámara de fotos y comenzó a dispararle a todo lo existente: bichos a la izquierda, un acantilado vertiginoso a la derecha, y allí abajo, diminutos, los barcos de pesca, los veleros pijos, la lancha de los turistas que pasaba tronando con su música excesiva, y al fondo la infinita playa de Laredo y el horizonte cada ver más curvado… Sacar fotos nos permitía descansar pero aminoraba tanto el ritmo, había tantos descansos confortables, que los tábanos me tomaron por su almuerzo. En el primer mirador maté cuatro de los veinte que tenía mordiéndome las piernas. Sudo a chorros, para los insectos debo ser como una golosina salada, sólo moviéndonos más rápido evitaría morir rascándome, así que aligeramos. En una hora y media habíamos subidos doscientos cincuenta metros, nos habían adelantado un centenar largo de personas, y yo no había fumado ni un solo cigarrillo, cuando lo normal serían cuatro o cinco.

            Las escaleras del Faro del Caballo surgen de repente, en una curva del camino. Es como entrar en una cueva pero sin techo, algo raro. Primero hay un tramo de unos veinte escalones, suaves, que te hunden en la roca. A continuación giras noventa grados y frenas en seco. Sientes vértigo, miedo, acojone explícito. Ves un número incalculable de escalones cayendo en picado hacia el abismo y te lo piensas un rato.  Te anima una barandilla de cable de acero y que bajan chiquillos y supones que sus padres no serán tan insensatos de poner su vida en peligro, o sí, nunca se sabe, te dices, pero no has llegado hasta allí para no bajar, así que bajas. He sido piloto de parapente, no deberían darme miedo las alturas, pero eso era antes de usar gafas progresivas y echar esta tripa cervecera y el escocés y la nicotina… La Tour bajaba delante, yo iba detrás. Los escalones eran altos y los que subían parecían trastornados por el esfuerzo. Malos presagios.

            Cuando llegamos al Faro de Caballo, que es poquita cosa, parece de juguete, La Tour y yo comprendimos el error logístico. Todo el mundo llevaba agua de repuesto, avituallamiento, una manzana, un bocata, una bebida isotónica, pero nosotros habíamos salido como el que va de birras. Miramos el mar, hicimos las fotos de rigor, me fumé un cigarrito para el mono y, sin pensarlo más, comenzamos la ascensión. Qué palo. Me paré en el escalón número diecisiete. La Tour en el veinticinco. Nos miramos como dos que acaban de llegar a urgencias y se temen lo peor. Acordamos detenernos cada diez escalones. Al llegar al doscientos, teníamos problemas cardiopulmonares. Tampoco a los demás escaladores les iba de cine, algunos optaban por gatear, otros se agarraban al cable de acero como Tarzán a su liana, y todos llevaban el gesto congestionado y al límite. A mitad de camino La Tour y yo nos sentamos junto a una señora al borde de las lágrimas. Mi marido vendrá a rescatarme, decía, pero su marido iba cien escalones más arriba y el amor no supera ciertas pruebas. Pero no había escapatoria. Sólo por eso subimos los 700 escalones. Y no lo cuento más en detalle porque me da vergüenza. Lo mismo que el regreso a Santoña. Cinco horas en total. Hechos polvo.

            Espero que alguien lea estas líneas y que no se le ocurra ir al Faro del Caballo. Lo único que averiguas es que la vida sana no merece la pena, que es mejor la barra del bar y la cerveza fría. Y que este mundo se está llenando de gente que no fuma, no bebe, come vegetales, llegará a los cien años y acabará con las reservas del planeta. Qué asco.

 
publicado en Revista Cantárida
 

sábado, 10 de enero de 2015

MÓDULOS PREFABRICADOS en Espacio Luke


  
          —Te voy a explicar la teoría del martillo. Un buen martillo, de los de toda la vida, con mango de madera y pata de cabra, sirve para clavar clavos y para sacarlos. Cuando sacas un clavo, primero lo sujetas entre las uñas de la pata de cabra, después apoyas en la tabla la parte maciza y, por último, haces fuerza en el extremo del mango y arrancas el clavo. Sencillo, verdad, una simple palanca. En teoría debe funcionar siempre. Pero en la práctica sólo funciona si el martillo es nuevo, el clavo pequeño y la madera blanda y delgada. En caso contrario hay muchas posibilidades de romper el mango. Lo cierto es que la mayoría de los mangos se rompen así. Pues bien, para que eso no ocurra, los profesionales sacan los clavos inclinando el martillo hacia un lado y con la mano a media altura en el mango. De esa forma tienen que hacer más fuerza y desprecian en parte las leyes de la palanca, pero salvan el martillo. ¿Lo entiendes? Las teorías sólo son fórmulas. La realidad está llena de martillos con el mango de madera.

             —¿Me estás diciendo que las paredes modulares no funcionan en el mundo real? No fastidies, Gerardo, América está llena de paredes de ese tipo...

            —Cierto, pero ellos tienen una tradición de construir casas de madera, y la madera les llevó a los paneles y los paneles a los módulos prefabricados. Pero hay que tener en cuenta que mientras esto sucedía tuvieron tiempo para crear una mano de obra especializada.

            —O sea, el factor humano, el mango de madera...

            —No, no acabas de entenderlo. El trabajador es la parte dura, el hierro, el hierro que golpea o saca el clavo. El mango de madera, lo que se rompe, es la realidad, este país, aquí, ahora. Si lo piensas bien, tú puedes vender módulos prefabricados y adiestrar gente que los monte, el paro está lleno, te saldría barato, pero lo que no puedes hacer es ir en contra de la tradición. Aquí se construye con piedra, ladrillo, y últimamente con bloque aglomerado... avanzamos a nuestro ritmo, seguimos nuestra propia trayectoria. Si una pared se agrieta, silbamos por la ventana y viene alguien y la repara, o si es preciso la tira y la vuelve a levantar. Y no hace falta que sea la misma persona que hizo la pared, ése puede estar muerto, quizás venga su hijo o su nieto o un albañil asentado en la zona. Eso es la tradición.

             —Una tradición un tanto chapucera que se opone al progreso...

            —¡A su progreso! No confundas su progreso con nuestras necesidades. Nosotros llevamos aquí miles de años, y ellos allí sólo cientos. Un gran territorio todavía a medio poblar, gente llegando de todas partes, el mismo espíritu y la prisa que en la época de los pioneros. Sólo que ahora aquellos pioneros son como los bisontes y los indios, y serán exterminados por la nueva hornada de conquistadores. El mundo latino, el relevo. Se van a quedar hasta sin idioma, que tampoco es suyo, que es prestado.

            —Entonces, resumiendo, según tu experiencia de constructor, no debo invertir en módulos prefabricados.

            —Ni un euro. No, señor. Olvida el tema, deja de imaginarte camiones que traen la casa dividida en galletas y la montan en una semana y tú recoges beneficios. La teoría funciona pero en la práctica... Pregúntate para qué necesitamos correr tanto. En este país las casas aguantan en pie siglos, pasan de una generación a otra, y no nace gente suficiente para que tengamos que hacerles una vivienda en media hora.

            —O sea, me arruinaría mientras los paneles se incorporan a nuestra tradición.

            —Por fin lo entiendes... Ojo, también podrías ganar mucho dinero. Pero yo te aconsejaría que dejaras ese riesgo para otros.

            —Entonces, ¿en qué invierto? Porque cada vez que hablo contigo me destrozas los esquemas...

            —En seguros. Están en alza, y mucho. Piensa que la gente está más acojonada que nunca y según las estadísticas lo que más les aterra es pensar en un futuro sin techo. Es fácil de comprender, mira la rueda, tú mira la rueda. Éramos esclavos, deseábamos la libertad, tuvimos la libertad, nos dieron trabajo, sudamos, llegamos al bienestar social, y ahora que estamos en crisis nos van a cobrar, y muy caro, nuestro miedo a perder los privilegios. Hazme caso, invierte en seguros porque ellos están en vanguardia, minimizan riesgos y capitalizan la incertidumbre, algo que hasta hace cuatro días sólo la religión sabía hacer… Cambiando de tema, ¿tú crees que ese tipo encaja con este sitio?

            —¿Quién, el peludo? Ya me había fijado en él, llama bastante la atención.

            —No me gusta, es desagradable. Incita.

            —Cómo que incita. ¿A qué?

            —Al mal gusto. Parece desaseado, troglodita, agresivo...

            —Por Dios, Gerardo, sólo es una característica física. Ese hombre lo único que tiene es mucho pelo por todo el cuerpo.

            —Apariencia, y ya sabes lo que son las apariencias. Detrás se esconde la brutalidad, la tortilla de patatas grasienta, el mal uso de las instalaciones, y de ahí a pensar en mi hija, sola, desamparada y frágil... No me importaría pagar un plus  y así evitarme la presencia de esa bestia.

            —Genial. Y a partir de mañana que para entrar en el club nos hagan a todos la prueba del ADN. No sea que parezcamos blancos y tengamos el corazón más negro que Machín.

            —Es una posibilidad. Cuestión de buen gusto.

            —¡Buen gusto! El buen gusto es la última dictadura.

            —Entonces... recapitulemos.

            —¡Qué!

            —Cuándo yo he cambiado bruscamente de tema y te he mencionado al hombre peludo, ¿qué es lo primero que has dicho tú?

            —Que te jodan...

            —No seas pardillo, Agustín. Céntrate.

            —¡Qué he dicho, a ver!

             —Que te habías fijado en él. Y yo he utilizado ese detalle para montar un discurso que te ha hecho reaccionar. ¿Lo coges? Esa es otra gran inversión, hacer reaccionar a la gente.

            —O sea, invertir en cinismo. O en odio, directamente.

            —Por ahí va la cosa. El odio es como el oro, siempre se revaloriza, es un valor seguro. Y la mejor cortina de humo para hacer buenos negocios.

 
publicado en Espacio Luke

martes, 30 de diciembre de 2014

REGRESO DE LA MEMORIA


 
           Es lamentable que nosotros, campesinos amantes de la tierra, forzados por las adversas circunstancias, hayamos terminado esperando con ilusión la llegada de la sequía. Aunque nuestras cosechas, lo poco que podemos sacar de los exiguos terrenos donados por el gobierno, se marchiten bajo el sol ardiente, esperando una lluvia que no llega, no podemos evitar alegrarnos. Y cuanto más pertinaz es la sequía más aumenta nuestro gozo. Si no llueve  no hay arroyos, los ríos bajan lamiendo las piedras y dejándose la sustancia en el camino, la humedad desaparece del ambiente y, entonces, el pantano comienza a retroceder. Cuando esto sucede, nos trasladamos a la orilla y allí ponemos nuestras tiendas de campaña, preparamos la fiesta y nos sentamos a esperar.

            El pantano suele retroceder muy deprisa. La alarma provocada por la sequía hace que la gente, allá lejos, en la ciudad donde viven nuestros hijos, sienta un apetito voraz de agua y los efectos en el pantano se dejan sentir de inmediato. Una mañana, de pronto, alguien avista la punta del pararrayos surgiendo de entre las aguas y ésa es la señal para el inicio del festejo. Se sirven bebidas, se prepara comida y la gente va sacando de los baúles sus mejores galas. Todavía pasarán varios días hasta que logremos ver el campanario de nuestra iglesia, tal vez dos o tres semanas hasta que podamos caminar de nuevo por nuestro pueblo, pero tenemos paciencia porque es una oportunidad que quizá no se repita en una década. Somos viejos y para muchos puede ser la última vez.

            Merece la pena esperar porque al bajar las aguas la vida vuelve a tener sentido. Los caminos absurdos que ahora terminan ahogados en el pantano recuperan de repente su utilidad, nos conducen en direcciones posibles, vivas, y recobran sus nombres propios sin que los preceda el título "antiguo camino de..." Muchos preferirían que se arrancaran de cuajo las piedras y el asfalto, que el pueblo se demoliera para ayudar al olvido, y así no pasarían tanta vergüenza. Pero todo vuelve a resurgir, aunque lleno de barro, recordándonos que ese cieno sepulta  nuestro miedo, el valor que no tuvimos para enfrentarnos al gobierno, y también funciona como una metáfora de la podredumbre que generan las decisiones de los gobernantes sobre sus débiles súbditos, que no tiene otro remedio que acatar sus órdenes. Y cuando el cieno se seca, viene el polvo, y el polvo siempre te arrastra hacia el pasado.

            Si la sequía es determinante, al fin podemos caminar en dirección al pueblo y solazarnos en la memoria. La iglesia, las casas, las cercas de piedra, algunos aperos de labranza, todo está allí como lo dejamos. Sin embargo el agua no es como el viento, que borra las cosas ráfaga a ráfaga y atrapa en sus remolinos las voces y puede convertir un pueblo deshabitado en un pueblo de fantasmas. El agua el lenta y silenciosa, sepulta los objetos en tu ausencia, no eres un pez para presenciarlo, y cuando te vuelves a encontrar con tu pueblo te niegas a reconocerlo. Si evoca recuerdos es porque los llevas encima, porque su poder de evocación es casi nulo. No quiero decir que la presencia física del pueblo no suscite la aparición de pasajes de la memoria que no recuperaríamos si el pueblo hubiera desaparecido, no, no es eso, ocurre que todo está teñido del color del lodo y hay que arañar ese lodo para llegar a la substancia de cada lugar. Eso requiere bastante esfuerzo, no físico, ya que no limpiamos el pueblo, sino esfuerzo mental. Tan duro como desenterrar personas. Por eso cada vez que el pueblo emerge de las aguas es mayor la sensación de estar presenciando un pasado amortajado e inasequible. Una batalla perdida. Somos de aire, el agua nos echó de nuestras tierras.

            Supongo que hubiéramos preferido un pueblo en ruinas y que el tiempo y las lagartijas lo borraran ante nuestros propios ojos. Pero nuestro pueblo se mantiene en conserva, como dormido, y es insólito que pueda sobrevivir a nuestra memoria. Se puede cimentar una leyenda en base a un pueblo desaparecido, porque son necesarias las contradicciones y los diferentes puntos de vista de los que forjan ese mito, pero no se puede hacer nada cuando la leyenda sale de las aguas para llamarte mentiroso. No puedes ni desvirtuar los recuerdos a tu antojo, así nadie se atreve a contar nada, espera a que sus oyentes puedan verlo con sus propios ojos, y de esta forma todo se olvida y el pueblo se muere mucho más rápido que si se lo hubiera tragado la tierra. De ahí nuestro rencor y nuestra furia.

            Los pantanos son falsos y dañan el alma. A nosotros éste nos arruinó la vida. Nos robó nuestras casas, nuestros campos, nuestra iglesia, el paisaje de la infancia, los árboles de los enamorados, las tumbas de nuestros muertos… Por eso, el último día de la fiesta, cuando vuelve la lluvia y las aguas comienzan a subir de nuevo, sacamos los palos. Nos reunimos todos en la plaza y, después de la bendición del cura, nos liamos a garrotazos los unos con los otros. Sin ley y con saña, como merecemos, hasta que ninguno queda en pie.  Hay mucha sangre, huesos rotos, y algún herido grave que morirá en el invierno. Uno menos, decimos. Cuanto antes acabemos, mejor.

 
publicado en Revista Cantárida
 

miércoles, 17 de diciembre de 2014

FRISONAS EN EL JARDÍN-La cosecha

 

Mientras echaba la siesta en el jardín, un petirrojo vino a beber al cenicero y murió nicotinizado. Estaba tieso junto al paquete de tabaco, tenía una pata levantada, como si estuviera pidiendo un último cigarrillo. Fui a enterrarlo en la jardinera grande, la que tengo junto al muro, pero me dio mucho asco porque estaba llena de babosas todavía vivas que se retorcían entre los granos azules del veneno de los caracoles. Entonces vi una topera reciente, ensanché la boca con la mano, enterré al petirrojo, y de paso le cambié la pila gastada al ahuyentador ultrasónico de topos. En lo alto de la loma se escuchó un cencerro ancestral: tolón. Luego otros tres tolones, perfectamente sincronizados. Eran las cuatro de la tarde.

A eso de las seis, cuando estaba fumigando el jardín con veneno selectivo de hoja ancha, llegaron a la puerta de mi casa las frisonas. Aparcaron a lo largo de la cerca, en doble fila. Esperé los cinco minutos acordados, para ver si se estaban quietas, y luego les abrí la cancela. Entraron primero las de una fila y detrás las de la otra, con medio metro exacto de separación entre ellas. Recorrieron juntas el perímetro del jardín y luego se quedaron dos vacas en cada punto cardinal. Estuvieron de perfil un rato, marcando postura, y a continuación se pusieron todas a la vez mirando hacia la casa. Quedaban perfectas: una rosa de los vientos al estilo rural. Como aquello sólo era un ensayo, transcurridos un par de minutos levanté el brazo y lo hice girar en el aire. Claudio me estaba vigilando desde la loma con los prismáticos, recibió la señal, emitió la orden con el aparato y las vacas se reagruparon al instante. Luego abandonaron la propiedad, ordenadamente. Llegaron al borde de la carretera, esperaron delante del paso de cebra y, cuando los coches dejaron un hueco, cruzaron con rapidez, empujándose unas a otras como colegialas. Sonreí. Me parecieron graciosas, hermosas… ¡el futuro!

  Estoy encantado, ya se lo he dicho a Claudio. La boda de mi hija Rosa merece lo mejor, y de todo lo contratado por un dineral que no puedo ni declarar lo suyo con las frisonas es lo que voy a pagar más a gusto. Va a ser la sensación de la fiesta: vacas radio controladas. Y de paso le daré en los morros a Agustín por llamarme palurdo caótico. Todavía va diciendo por ahí que mi hija pescó a su hijo, y fastidiando con eso de que su almacén de construcción le da cien mil vueltas a mi granja. Es un chulo miserable, en plena crisis no vende un saco de cemento pero no falta al vermut de los domingos. Quiero que vea, que compruebe de cerca, lo que es la tecnología aplicada a la vaca. ¡Aplicada, albañil! Ese tipo se piensa que todavía vamos por ahí interrumpiendo el tráfico con nuestro ganado. Él tiene cuatro ordenadores en la oficina de su almacenucho y cree que nosotros no hemos modernizado a nuestros animales. Tenemos las vacas monitorizadas, las manejamos a distancia. Hacen lo que queremos, como queremos, cuando queremos, todo inalámbrico, onda corta, GPS. Pero si ahora están cambiando las campanas de la iglesia y mientras duran los arreglos hasta el cura le ha confiado la señal horaria a Claudio. Tres meses ya y ni un solo fallo. Un reloj con toques de cencerro. En fin.

Cuando pienso que mi Rosa se va a casar con el hijo de ese depredador... Yo soy Peatón Costas, el alcalde, yo he cambiado Cifuentes y tengo ganadería puntera, y él no es más que vendedor de arena y cemento. Por culpa de la avaricia de tipos como ése, esta región está sembrada de chalés. Casitas de juguete que quieren imitar lo tradicional pero en realidad nos insultan a todos. Sobra hormigón y faltan frisonas. El futuro está en la vaca. Para vivir en esta tierra hay que tener estiércol en el alma. Dios, se me enciende la sangre: voy a perder a mi Rosa... Debo pensar en otra cosa. Debo centrarme.

Hay halcones en el aire, y también he visto un gavilán y un aguilucho, creo que son demasiados pajarracos encima de la boda. La niña quiere decir el Sí y que lancemos a su espalda brazadas de palomas. Un capricho que dice mucho de su clase. Yo hubiera lanzado gallinas albinas, de las que cría Fulgencio, pero la que se casa es ella. Si quiere palomas blancas las tendrá, y podrán volar sin ser molestadas. Menos mal que ayer compré munición para la escopeta. Hay que limpiar el cielo.


 
en La cosecha, pag. 69
 

jueves, 11 de diciembre de 2014

MODUS OPERANDI en Espacio Luke


 
            Mi ensalada lleva rúcula, espárragos y pasas de Corinto. No es nada excepcional, pero utilizo como aliño una porción de queso de cabra diluido en vinagre de Módena y así el plato adquiere una potencia sorpresa. Será difícil ganar el concurso, he visto a mi vecino manejar aguacates como un malabarista, aunque espero llamar la atención y que se hable de mi plato. Hablar es lo único que importa, pasar las estrechas vacaciones comunicándose con personas sensibles e inteligentes que saben sacarle el jugo a la vida. Los que sabemos, por ejemplo, que este domingo las fiestas patronales atraerán demasiada gente a la isla y conviene buscarse una actividad privada lejos del bullicio. Un grupo de apartamentos como éste, con aire acondicionado que funciona y piscina de dos cuerpos, es el lugar ideal para disfrutar de esos placeres sencillos, siempre que no venga un imbécil a fastidiarlo.  

            Es la una y cuarto, quince familias llevamos media mañana preparando nuestras ensaladas de exhibición y el energúmeno del apartamento Siete sigue tirado en su tumbona roncando a pierna suelta. Lo de este tipo es increíble, llegó casi al amanecer, cantando como un coyote, tuvo un bronca con su mujer, que estaba en la cama, lo echó a la calle, y ahí se tiró a dormir la mona. Ella se marchó a primera hora y no se molestó ni en mirarle. No es que se avergüence, es de su misma catadura, pero al menos no le enseñó el dedo medio y le dijo palabra por palabra, vocalizando, Que te den mucho por el culo, como lleva diciendo desde hace ya nueve días. Son gente ordinaria, insufrible. Hay muchas quejas. El responsable de la agencias de viajes tendrá que dar algunas explicaciones.

            Desde que llegaron ya se veía que iban a causar problemas. Estaban demasiado gordos, vestían demasiado hortera, hablaban demasiado alto, hacían demasiados gestos, decían demasiados tacos,  y todo el rato se estaban atacando, como dos incultos que se han creído lo de la lucha de sexos.  En un solo día ya tenían cosas suyas tiradas por todas partes. Se hicieron los dueños de la piscina a base de mala educación. Ella se lanzaba siempre a lo bomba, se le salían las tetas del paracaídas que lleva como sujetador,  y se las guardaba diciendo Que no mire nadie. Él nadaba a lo tarzán, antes de que Tarzán aprendiera a nadar, desalojando agua de la piscina, con un braceo enérgico y un pataleo desesperado totalmente ineficaces ya que no avanzaba nada. Viéndolos, daba lástima de las focas en cautividad. Al día siguiente a su llegada, la mayoría nos fuimos a leer a la playa. Y al siguiente, a primera hora, se presentaron las primeras quejas en recepción. La respuesta llegó a las diez de la mañana, cuando el Director les llamó al orden en su apartamento, del que salió una voz: Mis cojones y otra: Que les den por culo a esos estirados de mierda. A continuación, él salió y comenzó a caminar con energía alrededor de la piscina. Llevaba una mirada feroz, asesina, que recorría terrazas y balcones como buscando alguna actitud crítica que le permitiera desplegar y justificar cualquier tipo de acto violento. Con los puños cerrados. Los dientes apretados. Como nadie se atrevió a salir, regresó a su apartamento, abrió todas las ventanas que daban a la piscina y puso la música a tope. Era una música digna de Guantánamo, tan estridente y brutal, tan a mala idea, y tan descoordinada en su selección, que los oídos eran sometidos a un continuo sobresalto sonoro que dañaba hasta la conciencia. A mediodía, ella apagó la música y él se fue. Volvió a las dos, con dos pollos asados, y se comió uno sentado junto a la piscina, con las manos, directamente de la bandeja y tirándole los huesos a ella, que se zampaba en la cocina el otro pollo y le lanzaba por la ventana los huesos a él, como trogloditas enamorados.

            El caso es que sus ronquidos nos están fastidiando el concurso de ensaladas, y su mujer no regresa, y tal vez no lo haga, cerca de la playa hay hamburgueserías cada veinte metros y puede quedar varada en la arena hasta el atardecer. Hace un sol de venganza, nuestras creaciones culinarias descansan ahora en las neveras y algunos hacemos un conclave para decidir sobre el gordo de la tumbona. Apenas nos reunimos y el tipo deja de roncar. Comienza un cabeceo al principio acelerado pero poco a poco más lento, como si luchara por despertarse y al final desistiera. Tiene un color rojo intenso, como el paquete de tabaco arrugado que yace a sus pies. A la hora del almuerzo, reina una calma paradisíaca y se escuchan de nuevo en los apartamentos risas de niños, risitas de enamorados y comedidas carcajadas de amigotes. De vez en cuando, uno que otro todos miramos hacia la tumbona y con gestos nos vamos indicando el grado de cangreja que está pillando el animal dormido. Y sucede, sí señor.

            A las tres en punto soy proclamado ganador del concurso de ensaladas. No hay duda de que el sabor se ha impuesto a la presentación. Nos sacamos una foto de grupo, sonrientes, rodeados de nuestros platos artísticos y deliciosos. Alguien observa que el gordo ha pasado de rojo paquete de tabaco a rojo cereza madura. A las cuatro ya está un poco morado. A las cinco cruza por allí el recepcionista, lo zarandea, y corre a llamar a una ambulancia. Hay unos minutos de desconcierto, y tal, pero yo no puedo permitir que un gordo a la plancha se lleve el protagonismo e informo al personal de que tengo enfriando dos botellas de champán para celebrar mi éxito. Es curioso, todos tienen dos botellas a enfriar. Somos unos optimistas.

 
                                                            publicado en Espacio Luke

viernes, 5 de diciembre de 2014

EL LADRILLAZO-La cosecha


             Benito caminaba por la alameda con las manos embutidas en las mangas de la camisa. Su paso era resuelto, vivaz, y la expresión de su cara hablaba de una ilusión, una esperanza, tal vez una cita. De pronto, se escuchó un siseo que se convirtió en ladrillo y le acertó de lleno en la cabeza.

            Benito cayó al suelo, se llevó las manos a la cabeza y entre los dedos comenzó a salir la sangre a borbotones. Varias personas corrieron hacia él, pero se detuvieron a su lado sin decidirse a actuar. Se cruzaron algunos comentarios y exclamaciones de horror. Una mujer palideció y estuvo a punto de desmayarse. La sangre comenzó a formar un charco de considerables dimensiones. Ahora, todas las miradas se dirigieron hacia el ladrillo.

             ¿Quién ha sido?, pregunté yo, que iba impecablemente vestido, con una bolsa de deporte que no encajaba para nada con mi estilo.

             ¿Quién ha sido?, repetí, y la pregunta corrió de boca en boca y docenas de ojos otearon la alameda infructuosamente. No había nadie a la vista que demostrara con su actitud ser el culpable. Era evidente que el responsable había abandonado la escena. Sin embargo, toda la gente de la alameda estaba ahora rodeando a Benito, inmóvil en el suelo, y los murmullos dijeron que no se había visto a nadie alejándose de la zona, ni corriendo... Además, un simple vistazo al ladrillo dejaba claro que no pertenecía a los elementos constitutivos de la alameda. Tampoco había obras o reparaciones a la vista, luego el agresor lo había traído de otro lugar y, probablemente, con la intención de convertirlo en arma arrojadiza. Hubo un entornamiento general en las miradas, recelo, escrutinio avieso, y cada cual intentó imprimir en su cara los signos de la inocencia mientras buscaba en los de los demás los de la culpabilidad.

            ¿Quién ha sido?, volví a preguntar, y en esta ocasión mis palabras iban dirigidas a los presentes. Todos comprendieron que el culpable era uno de ellos. Nadie se atrevía a moverse, no fuera que los demás interpretaran sus movimientos como el inicio de una huida. Se hizo un silencio apropiado y, durante unos instantes, por el mero hecho de ser sospechosos todos parecieron compartir la culpa.

            ¿Qué pasa, mamá?, preguntó una niña tirándole de la falda a una mujer obesa que no apartaba la mirada del creciente charco de sangre y olisqueaba el aire como si intentara acordarse de algo.

            ¿Habrá que llamar a una ambulancia, no?, dijo un joven. Y a la policía, añadió una mujer.

            Yo me agaché, separé la mano ensangrentada de la cabeza de Benito, le tomé el pulso y solté inmediatamente la mano, que golpeó contra el suelo y dejó caer un medallón con una C pequeña encerrada en un círculo.

             Está muerto, dije.

            Como si acabara de mencionar el sida, la gente se dispersó en todas direcciones sin preocuparse de volver la vista atrás. En menos de dos minutos la escena quedó desierta.

             Sólo yo permanecí junto al cadáver, como si meditara petrificado. Luego, me sacudí un polvo invisible de encima de los hombros, dejé la bolsa de deporte en el suelo, la abrí y saqué una toalla blanca. Giré la cabeza en todas direcciones y, cuando me aseguré de que nadie observaba mis actos, golpeé suavemente el cuerpo de Benito con el dorso del zapato y le tiré la toalla encima.

            —¿Cuántas veces más tendremos que repetirlo para que lo comprendas, hijo?

            Benito me miró con ojos apagados. Pero no dijo nada. Sollozaba su última rabieta abrazado al ladrillo de cartón.

 
                                               de La cosecha, pag. 149