lunes, 9 de enero de 2017

EXTREMIDADES en PHOTOWRITING de Paula Arbide


Extremidades

No puedo abarcar todo este sentimiento
me faltan extremidades
no tengo brazos ni manos suficientes
ni cuerpo aproximado
apenas músculos tensos que intentan un asidero
para cogerme a ti
desde la piel reducida hasta los límites del tacto
la carne escondida en la forma
los huesos encerrados
la voluntad de conjunto
pero
si me adelanto un instante
me precipito
olvido el temor y entrego mi aliento
si asalto el vértigo porque estás conmigo
si nos adueñamos juntos de un solo minuto
si hacemos eclosionar una palabra sin retroceso
entonces
cuánto caos de carne
cuánta prisa y sosiego
cuántos lamentos sofocados
cuánta intermitencia sonora
un solo compás me basta
un acierto
esa coincidencia
no ser espectador en el fuego.


Enlace: http://www.paulaarbide.com/photowriting/


sábado, 7 de enero de 2017

HUIR HACIA DENTRO en ELDIARIO.ES Cantabria

http://www.eldiario.es/norte/cantabria/primerapagina/Huir-dentro_6_596400356.html


Huir hacia dentro



El siglo XX comenzó con una psicosis colectiva que provocó dos guerras mundiales, continuó con la Guerra Fría y sus paranoicas bombas nucleares, y concluyó con la apertura de la caja de Pandora, internet, que escindió la realidad en virtual y tangible hasta llevarnos a todos a la esquizofrenia. Ahora estamos locos y encima no sabemos dónde.

La enfermedad mental que hemos desarrollado en los últimos años ha sido ocasionada por no ser capaces de evolucionar al ritmo que nos exige la ciencia, esa dictadura gélida que con el pretexto de que el progreso es incuestionable no nos dirige sino que nos arrastra de mala manera. Como otras veces en la historia en que se ha producido un cambio trascendental, estamos tan desbordados que avanzamos dando trompicones y el periodo de adaptación se convierte en algo cruel y deshumanizante. Su gravedad no la percibimos por el deslumbramiento.

Internet es algo espectacular, contundente, definitivo. Lo ha cambiado todo para demostrar su vigencia y su poder. Pero muchas revolucionen involucionan nada más comenzar porque prometen lo que no deben, como la libertad, algo que solo se les vende a los niños para que no se arrojen por la ventana. Un adulto oye “libertad” y busca al demagogo. Si se ha permitido que Internet exista no es porque mejore nuestras vidas sino porque las remodela para adaptarlas a las nuevas necesidades económicas. Se olvida con frecuencia que todo esto sucede en una época capitalista universalmente aceptada,  hasta el comunismo es capitalista, luego nada existe fuera del mercado.

Internet no nos hace libres, sino esclavos que contabilizan los eslabones de la cadena en tiempo real, clientes desnudos en un mercado sin tregua. Somos la mercancía perfecta: nosotros generamos el contenido, nosotros lo desarrollamos, nosotros lo consumimos, y también lo criticamos y modificamos. Como elemento de control es impecable, igual que una cárcel sin horizonte con presos voluntarios.

Hay que acudir a “Capitalismo y esquizofrenia” de Deleuze y Guattari para comprender que esta trampa se estaba cerrando desde hace mucho tiempo: “Cuando decimos que la esquizofrenia es nuestra enfermedad, la enfermedad de nuestra época, no queremos decir solamente que la vida moderna nos vuelve locos. No se trata de modo de vida, sino de proceso de producción.” Es evidente que nada ha cambiado, solo hemos pasado de ser piezas de un engranaje industrial a simples datos en manos de un algoritmo. La cosificación humana avanza satisfactoriamente.

Por si no teníamos ya suficientes problemas, ahora hay dos realidades conviviendo en el mismo espacio, compartiéndolo, compitiendo entre ellas como solo la esquizofrenia sabe hacerlo. Internet no es solo un medio de comunicación sino una realidad paralela que dota de presencia a cualquiera que le proporcione datos para fijar un perfil, una identidad. Y se puede vivir en su interior. Y ganar unas elecciones en su interior. Y destruir a tus enemigos. Y salir solo para cazar pokemon, constatando la existencia de una frontera real aunque indefinida.

Lo cierto es que gracias a internet los problemas se han multiplicado, y por ejemplo un machista que sería frenado en la realidad puede ser apoyado en la red por otros de su especie y obtendrá respaldo y compañía hasta crear una corriente descerebrada que reivindique su condición como legítima, y oponerse a ella como antidemocrático. Así la estupidez se extiende igual que un virus en el mundo virtual y luego tiene fuerza suficiente para imponerse a la realidad, como si la vida sensible fuera un lugar del que estamos desertando, un lugar escaso y de segunda categoría.

Este despojamiento de la realidad como referente es el que da origen al conflicto. Cuando comprendes que si eres un ignorante y un capullo en la red se te va a notar más y lo va a saber más gente. Cuando tus fotos tan personales y exclusivas las mejora con creces un chaval de diez años de un país remoto cuyo nombre no te suena.  Cuando la ficción que te iba a mejorar la vida se vuelve contras ti y te delata, te pone en evidencia y te envía al silencio, el sitio del que procedías como simple espectador. Nadie.

El trauma que se crea al ser anulado por la multitud de la red es semejante al que sufre un niño que aspira a ser adulto y al comprender en qué consiste le faltan lágrimas para retroceder. La RAE nos recuerda que la esquizofrenia se llamó antiguamente demencia precoz y se asociaba a la pubertad. Nos encontramos por tanto en ese extraño y peligroso lugar donde se decide el futuro. Podemos optar como adolescentes desengañados y hasta resentidos por negar los hechos y entregarnos al kalimotxo o aceptar que ahora tenemos dos campos de derrota pero también el doble de posibilidades de obtener una victoria.

En cualquier caso, huir hacia dentro no es la solución. A nivel colectivo debemos adoptan estrategias de consumo defensivas y a nivel personal salvaguardar la intimidad como algo propio no comercializable. De lo contrario, a la escisión de la realidad le seguirá el autismo y a éste la pérdida de ubicación en el mundo, la ausencia definitiva. Una sociedad catatónica, dócil y obediente, enchufada a la máquina. Y la máquina no es dónde. No puede serlo.

viernes, 30 de diciembre de 2016

NO ARROJAR BASURA A LA MAR en ELDIARIO.ES Cantabria



No arrojar basura a la mar


En Navidad se pone uno más blandito de lo normal y busca algo amable que contar, sobre todo en un año tan retorcido como este, quizá para simular que no ha pasado nada o que no es tan grave como parece: los refugiados sin refugio, el Brexit, Rajoy incorrupto, el pato Donald y su plutocracia…

Esto sucedió a principios de otoño, en el embarcadero del Paseo Marítimo, al atardecer, cuando medio centenar de personas esperábamos la última lancha para cruzar la bahía. Era sábado, había hecho un día preciso pero ahora hacía fresquito, rascaba un poco, y la mayoría enredábamos con los jerséis para no resfriarnos durante el trayecto. Una niña pequeña, que intentaba meterse la manga de una chaquetilla, le dejó un momento la pelota a su hermano, menor que ella, le costaba mantenerse en pie, y en vez de sujetarla el niño la cogió con las dos manos y de la misma la soltó. La pelota pegó un par de botes y se fue rodando por el muelle hasta caer al mar.

Automáticamente la niña echó a correr, tendría unos cuatro años. Allí no hay barandilla, así que varios adultos nos lanzamos tras ella, mientras la madre agarraba al niño, que intentaba seguir a su hermana. La cogimos por los pelos, literalmente: una señora la enganchó por la coleta y yo por el cuello de la chaquetilla. No se resistió. Una vez controlada, nos asomamos todos al borde. La pelota de tenis verde estaba allí abajo, tan tranquila, meciéndose en las olas, la mar un poco revuelta.

Fueron tres segundos, no más. En el primero ella se lamentó por la pelota, en el segundo miró nuestras caras y supo que no íbamos a hacer nada, y en el tercero soltó un chillido tan agudo que retrocedimos, sorprendidos. ¡Qué chorro de voz, qué barbaridad, qué poderío! Se pasó tanto de decibelios que nos echamos a reír. Ella se enfadó mucho, claro, y golpeó el suelo con el zapato y puso cara de sois todos unos idiotas y declaró: “Es mi pelota. Mía”.

A continuación se puso a llorar con mucho sentimiento. No con lágrimas de niño caprichoso actual sino más hondo, como si su relación con la pelota fuera estrecha y significativa. Esa conexión peculiar que solo los críos y los perros tienen con su pelota. Su madre vino a consolarla: “No te preocupes, tienes muchas más, cuando lleguemos a casa…”. Ella la interrumpió: “Sí, pero… es mi pelota preferida. La mejor”. A la madre no le convenció ese argumento, quizá muy trillado: “Pues entonces haberla cuidado mejor…” La niña miró a su hermano, estuvo a punto de decir que la culpa había sido de él, pero no quiso delatarlo y rompió a llorar de nuevo, ahora a voz en grito, como si estrenara pulmones.

El gesto noble de la niña nos llamó la atención a todos. La vida está demasiado mal para pasar por alto algo así, de modo que una chica mencionó un palo, otro dijo un gancho y yo mismo dije ‘un bichero’. El hombre que estaba a mi lado sabía dónde había uno, allí mismo, al otro lado del Palacete. Él y yo fuimos juntos hasta donde estaba amarrada la zódiac de Salvamento Marítimo y les pedimos prestado su bichero. Desde allí se oía llorar a la niña, menudo futuro como soprano, pero les dijimos que era muy maja y que se lo merecía y se pusieron en marcha sin pensárselo dos veces.

Nosotros volvimos al embarcadero. Para entonces la niña ya había congregado a su alrededor a una pequeña multitud. Todos le decían cosas agradables a ver si dejaba de llorar, pero ella señalaba hacia el agua, inconsolable. Llegamos a su lado y le explicamos que todo estaba solucionado: “Hemos traído ayuda. Mira. Ahí llegan.” Le señalamos la zódiac, que entraba en esos momentos en la dársena, y ella paró inmediatamente de llorar. Aquello era más grande que su pelota, había que verlo todo, y se limpió los ojos con las mangas de la chaquetilla, a dos manos.

Los de Salvamento Marítimo estuvieron muy profesionales y simpáticos. No usaron el bichero sino una pértiga con red, y podían haber cogido la pelota a la primera, pero hicieron un poco de teatro para la niña y la dejaron escapar varias veces antes de atraparla. Nosotros, por supuesto, de público entregado, jaleándoles: “¡Uuuuiiii”, y cuando la cogieron les dimos un fuerte aplauso.

La pelota se la entregaron a un hombre en la parte baja de la rampa y luego pasó de mano en mano hasta llegar a las de la niña, como una ofrenda. Ella se la llevó al pecho y dijo gracias, muy bajito. Su madre le indicó que también a los hombres de la zódiac y entonces lo dijo más alto y más largo, sonriéndoles: “Muchas gracias”. Estaba un poco avergonzada por la que acababa de montar.

La escena finalizó con la llegada de la lancha. Uno a uno fuimos embarcando, entre sonrisas y comentarios agradables. Todos coincidíamos en que eso, eso precisamente, es un servicio público. Había sido tan bonito que daban ganas de sacar conclusiones. No lo hicimos, al menos yo no lo hice, porque en la cabina de la lancha pone: “Prohibido arrojar basura a la mar”.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

MENSAJES PARALIZANTES en ELDIARIO.ES Cantabria




Mensajes paralizantes


Al principio del documental de Leonardo DiCaprio sobre el cambio climático, Before the Flood (Antes del Diluvio), aparece un viejo esquimal explicando gráficamente que su mundo se acaba porque el hielo antes era azul y sólido mientras que ahora es blanco y quebradizo, como un ‘helado de heladería’. Sorprende la comparación, y que haya heladerías en el Polo, motivo de muchos chistes de emprendedores, pero lo que sobrecoge de verdad es la impotencia que manifiesta ese hombre ante un fenómeno que por su magnitud considera natural, como si se tratara de un volcán, un terremoto, o cualquier otra catástrofe. El Polo se derrite, es lo que hay, no tiene solución. Aunque la culpa sea del género humano. Y ese mismo sentimiento derrotista se extiende a lo largo de todo el documental.

Es evidente que al titularlo ‘Antes del Diluvio’ sus realizadores están dando por supuesto que habrá una inundación de proporciones bíblicas que arrasará con la vida humana tal como la conocemos, algo bastante alarmista y profético que resulta contraproducente para la idea que se pretende difundir. De entrada admite como premisa la inevitabilidad, que va a suceder hagamos lo que hagamos, lo que desvía la mirada del necesario análisis de las causas que lo provocan y lo centra en la previsión aventurada de las consecuencias. En otras palabras, malgastas tu energía preparándote para un futuro que quizá no suceda cuando deberías utilizarla para intentar evitarlo ahora mismo. Conscientes de ello, y con gran acierto, para el mundo hispano el documental lleva un título más esperanzador: Antes que sea tarde. El primero denota esa resignación de raíz religiosa tan americana, el documental lo es y muy crítico con el estilo de vida de su país, mientras que el segundo está llamando a la acción inmediata. Analizar y actuar frente a observar y lamentarse.

Recientemente Zygmunt Bauman nos recordaba que la imagen deprimente de la realidad no debe suplantar a la realidad misma, llena de posibilidades. Lo decía durante la presentación de otro documental, In the same boat (En el mismo barco), donde la crítica razonada de la situación actual no se utiliza para exacerbar el ánimo sino para generar soluciones. Bauman se refiere a la comodidad del pensamiento distópico, a lo fácil que resulta ponerse en lo peor y renunciar a intentarlo. Hay que tener cuidado con los mensajes paralizantes. El futuro puede ser algo que se nos viene encima o algo que diseñamos desde el presente, sin miedo. Cuando te pones en marcha averiguas que cada problema tiene al menos dos soluciones, y ninguna de ellas consiste en no hacer nada. El movimiento es necesario para un buen enfoque. 

Sin restarle valor a Before the Flood, que ejerce a la perfección su papel de concienciador apocalíptico, algo necesario en una sociedad cada vez más infantilizada a la que todo le resbala, hay que reprocharle que caiga en la trampa de elevar la acción humana a la categoría de catástrofe natural, algo muy conveniente para los cínicos que llaman progreso a la avaricia y controlan nuestro mundo, desde las finanzas hasta la distorsión del discurso común. O sea: ‘la vida es así, no la he inventado yo’. El caso es que la responsabilidad última sea de la Naturaleza, como antes fue capricho de Dios o voluntad de Alá. Nadie a quien podamos llevar a los tribunales, nadie a quien reclamar. Acatamiento ciego de una realidad nefasta, igual que rendirse al Destino. La nueva Edad Media.

El sistema democrático en que vivimos está en la actualidad tan pervertido por el capitalismo que resulta irreconocible. No solo se ha perdido la esencia, sino que se atribuye al dinero la capacidad de igualador, equilibrador y juez supremo de la vida, cuando se suponía que era nuestra humanidad el factor determinante y decisorio. De este modo, cualquier proceso mental que incluya la solidaridad y la preocupación por los demás o por el planeta se envía directamente al archivo de causas perdidas y de ahí al olvido. Se trata de convencernos de que somos solo supervivientes y crear un mundo solo para supervivientes. Ese ‘precariado’ que dice Bauman, con personas tan angustiadas por el día a día que no se puedan permitir el lujo de pensar en el futuro. Y mucho menos en que se derrite el Polo.


Para bajar de la teoría al suelo, porque es un hecho que vamos todos en el mismo barco, es justo recordar que estamos en diciembre, hace frío, hará más, hay gente sin calefacción, sin comida, y sin embargo no hay un Plan de Emergencia Nacional antepuesto a todo, que tenga preferencia absoluta, que es para hoy. Al parecer la mayor urgencia de este país es delimitar el territorio ideológico que debe ocupar cada partido político, no sea que a la hora de repartir dividendos no se reconozcan entre los socios. Qué poca vergüenza. Cuatro años más de hundimiento programado. La escasa humanidad que nos queda tiene menos consistencia que la escarcha. Si este país fuera una placa de hielo el crujido no nos dejaría dormir. En plan optimista, digo.

martes, 29 de noviembre de 2016

BALANCE DE DAÑOS en ELDIARIO.ES Cantabria



Balance de daños


Te despiertas en el presente y en singular. Te tocas, te reconoces, te levantas de la cama por tu propio pie, te lavas el sueño de tu propia cara, te desperezas con el frío de tu nevera y metes tu desayuno en tu microondas. Mientras esperas, enciendes el móvil, se ilumina la portada del periódico y Donald Trump es el presidente de los Estados Unidos. ¡Qué barbaridad! ¡No puede ser! No te lo crees. Seguro que es una broma del Mundo Today. Suena tan diabólico… Pero estás  todavía en pijama, no sabes a qué atenerte, intentas ordenar tus sentimientos. Una voz interior te dice que Trump es estadísticamente imposible. No te cabe en la cabeza. Entonces salta la alarma del microondas,  te tomas el café con leche de dos tragos rápidos, toses un poco, y cuando dejas la taza en el fregadero ya tienes la cocina llena de gente. “Nosotros NO hemos escogido a Trump, éste NO es nuestro presidente”, dices bien alto, enfatizando el NO, como si fueras el portavoz de una asamblea.  Has pasado del singular al plural, para no quedarte solo. Es normal. Aunque no seas americano ni éste sea tu presidente. Toma nota detallada.

Son las ocho de la mañana. Tu ordenador se enciende solo. Tu trabajo consiste en elaborar un informe preliminar y por ese motivo estás sentado delante de la pantalla a la hora prefijada. Te conectas a internet para seguir el curso de la tragedia. Parece que llegas tarde, la consternación mundial comenzó de madrugada y ha sido tan fuerte que ni Hillary Clinton se ha atrevido a dar la cara para reconocer su derrota. La extrema derecha europea, con Le Pen a la cabeza, ya ha felicitado efusivamente al candidato electo, y el Ku Klux Klan confirma en estos instantes que le dio su apoyo incondicional en las urnas: “Donald Trump es uno de los nuestros, él sabe que los negros no son blancos”, declara a la cámara un encapuchado que lleva sobre la capucha una gorra de Trump. Es tan disparatado, tan grotesco. Los perdedores lloran, se dejan caer al suelo, buscan culpables, todos sin excepción piden la cabeza de las empresas encuestadoras y dudan abiertamente de que la estadística sea una ciencia. La colmena está irritada. La inteligencia chilla al unísono porque no se lo esperaba y siente verdadero pavor. El enemigo ya no está a las puertas, el enemigo ha entrado en casa, nos han metido un Caballo de Troya lleno de paletos y descerebrados que están a punto de tomar el poder. “¿Es la democracia deseable si ganan los Otros?”, titula un rotativo neoyorkino. Se nota en muchos  artículos de prensa que sus redactores escriben como bomberos ante un incendio desproporcionado, con más visceralidad que sentido común. Dicen las barbaridades que se esperan de ellos: Cómo hemos llegado a esto, Trump tirará la bomba, Trump nos va a exterminar, Trump es el apocalipsis, Todos somos Donald Trump.

A las nueve y media, en mitad del jaleo, los que saben exactamente lo que vale el peine informan al público de que las Bolsas caen, pero poco. Apenas unas décimas de incertidumbre. Después de las palabras tranquilizadoras del presidente electro Donald Trump, que no ha soltado su primer discurso con espuma en la boca, un negro encadenado en una mano y una mujer “cogida por el coño” en la otra, sino que ha dicho con cara de circunstancias que será el presidente de todos, como dicen todos los presidentes, pues la cosa se ha calmado bastante. Lo razona así un analista iluminado, teólogo de la economía: “Si el dinero es Dios y la Bolsa su representante en la tierra, que no haya caído la Bolsa significa que Donald Trump es del agrado de Dios”. Y el hombre se calienta y sigue: “Porque es un hecho indudable que todos obedecemos al Dinero, nos plegamos a sus deseos, sentimos su omnipresencia y su cualidad trascendente, ya que es material e inmaterial a  la vez. No somos nada ante el Dinero: ¿acaso podemos dudar de sus designios? Si el Dinero ha puesto en la presidencia a Donald Trump por algo será”.  Sin comentarios. Mientras tanto, en las grandes ciudades norteamericanas, con la misma desesperación primaria que me llevó a mí a decirlo, hay miles de personas gritando que Donald Trump NO es su presidente. Pero se equivocan, hay pruebas, sesenta millones de votos, y se lo explica Robert de Niro, que había expresado su deseo de partirle la cara al magnate y ahora no podrá hacerlo porque estaría golpeando al presidente de la nación. Hay que saber perder, porque no se puede ganar siempre, no por otra cosa.

Cerca del mediodía  me hago cargo de lo que puedo esperar en las próximas horas. Una vez formado el bucle de reacciones airadas a la elección de Trump,  se repetirá hasta la noche. Mientras sus partidarios lo festejan en privado sus detractores expresarán su indignación en público. Trump lo tiene difícil, su biografía le persigue, su abuelo regentaba un burdel, su primer trabajo fue como gorila para cobrar a los morosos en los edificios de su padre, su fortuna procede del mismo lugar pantanoso de donde proceden todas, y no ha pagado impuestos en veinte años porque le sale del flequillo, como un bravo Corleone. Que sea el presidente es una burla, algo infame, ensucia la Casa Blanca y las conciencias. La gran pregunta del día tendrá un tono pragmático: ¿Si Donald Trump, haciendo lo que ha hecho y diciendo lo que dice, ha llegado adonde ha llegado, a partir de ahora todo vale? Mucha gente no va a saber cómo explicárselo a sus hijos. Además internet lo está inflando todo, exagera las repercusiones, está generando miedo a nivel global. Se excede en sus atribuciones virtuales. Dibuja un monstruo informe y aterrador, tipo Lovecraft. Pero la realidad no es así, tiene contornos, formas definidas, principio y fin, puede ser grande pero nunca inconmensurable. Donald Trump no es Goscilla aunque tenga el botón nuclear porque Goscilla es ficticio y Donald Trump, desgraciadamente, no. Era ficticio el payaso de las elecciones, su objetivo consistía únicamente en apelar a los más bajos instintos humanos para lograr votos, que son acciones de la empresa más grande que ha tenido a su alcance. Pero ahora se ha hecho con el mando y le toca crear suculentos dividendos. Donald Trump está atrapado en el laberinto político, rodeado de hienas que le ríen las gracias pero que se lo van a comer crudo si no cumple con su cometido: convertir los Estados Unidos en una corporación empresarial. Trump no es el problema, la red domesticada confunde deliberadamente el objetivo. El problema es que la democracia ya no es rentable, no permite hacer negocios con libertad y habrá que hacer recortes democráticos. Nos espera un futuro antropófago, donde el hombre será una hamburguesa para el hombre. Ésa es la cuestión.

A las dos en punto de la tarde el ordenador me avisa y se apaga. Tengo que comer y empezar a elaborar el informe. Es importante registrar las primeras impresiones y dejar constancia escrita para analizar más tarde la evolución del pensamiento colectivo y del mío propio. Debo ser frío y a la vez permeable. Este es uno de esos momentos históricos que recuerda toda una generación, algún día me preguntarán ‘dónde estabas tú’ cuando Donald Trump creó de la USA Corporation. Tengo que inventar una coartada, puede que dentro de unos años pensar sea ilegal y declarar que hacía lo que estoy haciendo me perjudique. Diré que tenía una empresa de auto-observación y que ofrecía mis conclusiones al mercado libre, para la regulación del consumo. No diré la verdad pero tampoco estaré mintiendo, la empresa que me paga está al servicio de una causa moral elevada que pretende compensar el desequilibrio social, sin ánimo de lucro pero dentro una rentabilidad razonable que le permite sobrevivir como producto de consumo. No hay madurez sin paradoja. Por mi parte, tengo que cumplir el contrato, que especifica libertad, naturalidad e inmediatez. Visto lo visto, mi primer consejo es matar a Donald Trump. Así de simple. Abro el ordenador con una nueva clave y lo escribo sin dudarlo en la casilla correspondiente: Matar a Trump. El programa marca en rojo la palabra matar y me obliga a dar explicaciones. Escribo: “No me refiero, como es obvio e ilegal, a pegarle un tiro o dañarle físicamente en modo alguno. Quiero decir que Donald Trump, el Donald Trump que conocemos, debe morir en el plazo que hay desde hoy hasta su investidura, y en caso contrario no debe ser investido. No podemos permitirnos que Donald Trump exista, luego su imagen y lo que representa deben ser destruidos sin contemplaciones. La inversión moral empleada para desechar sus ideas obsoletas ha sido demasiado grande, hay que reeducar a Trump hasta que se ajuste al protocolo civilizado”. El programa acepta mi explicación, la borra para proteger mi anonimato y desactiva la casilla para impedirme usarla de nuevo. El ordenador se apaga y me obliga a comer.

En la nevera solo tengo una caja de muslos de pollo y una cerveza. Mientras devoro pongo la tele para ver cómo le va a Donald Trump.  El reality continua, el presidente electo se ha atrincherado en su torre particular, miles de manifestantes en su contra rodean el edificio y los fotógrafos esperan el atardecer para pillar un contraluz sangriento y comparar la torre con Mordor, como esperan sus maduros televidentes. Sin embargo las aguas se están calmando, Hillary Clinton acaba de dar una rueda de prensa y pide una oportunidad para el nuevo presidente, una oportunidad para la paz. Se cierra el espacio aéreo sobre el edificio Trump, que necesita libertad de movimiento, aunque hay tantos guardaespaldas, miembros del servicio secreto y policías que no caben en el helipuerto. Ahora Donald Trump vuela en su helicóptero hacia la Casa Blanca. En la única toma que nos ofrecen, lleva las manos abiertas, impacientes, esperando echar mano al botín. Barak Obama lo recibirá en el Despacho Oval, pero que se olvide de la foto familiar con los dos matrimonios sonriendo porque no quiere ofender la memoria de su padre, y por extensión del género humano. La cadena corta en seco para echar publicidad. De McDonald. En mitad de las noticias. Por lo ‘Donald’ Trump. La tele está llegando a un nivel oligofrénico preocupante. Apago de mala leche y regreso al ordenador.

Me quedan por delante otras cinco horas. Se espera de mí que ahonde en mis argumentos y que los refuerce y confirme, o que cambie de opinión según me vaya enfriando. El asesinato moral de Donald Trump me sigue convenciendo, aunque el empleo de la palabra matar me aproxima al campo de acción retórica de ese impresentable. De momento lo voy a considerar contaminación léxica proveniente del personaje, del mismo modo que el tono apocalíptico responde a la paranoia inducida por los medios de comunicación. No creo que seamos conscientes del daño que nos estamos haciendo, del daño que vamos acumulando en esta realidad exacerbada que nos ofrece más de los que somos capaces de asimilar. Como niños aplastados por una montaña de osos de peluche. Con un pensamiento endeble y asustadizo. Porque Donald Trump dejará de ser Donald Trump o será una marioneta teledirigida. El demonio es otro. Lo peor es que ha evidenciado lo evidente: somos machistas, racistas, xenófobos y mezquinos hasta la raíz. Pero ese tipo de franquezas sólo se le toleran a un borracho, sólo se dicen en las tabernas. Es cierto que somos insignificantes, torpes e idiotas, pero saberlo nos ha hecho humanos. Nuestra historia es la crónica de un despropósito, aprendimos a contar y a escribir para organizar esclavos, calcular sus raciones de comida y elevar pirámides majestuosas que expresaran la dimensión de nuestro miedo a la muerte. ¿Acaso una pirámide no es una cagarruta geométricamente idealizada? No tenemos otro conocimiento que el que emana de los cementerios. No querer morir, nos hizo vivir. Ahora hemos alcanzado la cualidad de las hormigas, estamos interconectados a una red que nos une por la coincidencia de nuestros pensamientos, que globalmente son: sexo, darle golpes a una pelota,  espiar al vecino, hacer el ridículo y buscar a tientas una salida del laberinto. La sabiduría siempre ha sido entre los humanos un bien escaso. Yo solo soy un escriba que elabora un informe, y creo que con frecuencia lo peor que te puede pasar es lo mejor que te podía suceder. Alimento para la rebelión. Quien ha visto el mar inmenso no se sorprende de estas cosas.

jueves, 10 de noviembre de 2016

CURVA CERRADA en ELDIARIO.ES Cantabria



Curva cerrada 


            Camino de mi casa hay una curva cerrada muy sospechosa. Es el único lugar en el que poder detenerse después de kilómetros de encajonamiento, y desde ella se accede a una casona y a un camino rural sin asfaltar. En verano suele apostarse allí la Guardia Civil, para aminorar la marcha de la circulación con su sola presencia o en caso contrario aplicar la multa correspondiente. A mí me costó 300 euros y dos puntos del carnet, porque 60 por hora no es 87, hará cosa de un año, y desde entonces la miro con resentimiento. Supongo que por eso me fijo mucho cuando paso a su altura y si hay algún coche parado pienso invariablemente en algo turbio, en un delito: un hombre que espera a otro para pasarle un sobre, una mujer que se juega la custodia de sus hijos con su cuñado, un concejal de urbanismo que debe informar de su tarifa a la parte contratante, o dos camellos que se lanzan la mercancía y la pasta de ventanilla a ventanilla. Eso que Jim Thompson llamaba en ‘1280 almas’ un callejón oscuro a pleno sol y a la vista de todos.
En el campo es importante prestar atención a este tipo de detalles, son como semáforos invisibles que conviene respetar, y una vez detectados hay que convertir esa información en instinto. Yo nunca me he detenido en esa curva, ni pienso hacerlo, después de la multa solo quiero saber de ella durante los escasos segundos que hay desde que la veo llegar hasta que queda en el espejo retrovisor. Perderla de vista es un alivio, y siempre que puedo la evito: en días malos he llegado a coger otra carretera alternativa, más larga y en peor estado, con tal de no encontrarme con ella. Aun así, he calculado que estamos en contacto la curva y yo como poco un minuto al mes. No parece demasiado tiempo, pero ya dice el refrán que el amor fragua en un momento y la desgracia solo necesita la mitad, así que esos doce minutos que hemos compartido  durante un año me han puesto a la defensiva. Me preocupa mucho esa curva cerrada, hace que sea supersticioso sin serlo, la asocio con la mala suerte. Además, he preguntado por ahí y parece que los delitos que imagino no son el producto de una mente calenturienta que ha visto demasiadas películas, sino ejemplos representativos de lo que sucede en esa curva casi a diario. Eso y cosas peores, me han dicho.
Tampoco puedo fiarme de lo que me dicen, sé que me mienten, soy de lejos y tengo antecedentes políticos. Aquí todo el mundo es de derechas, menos los de izquierdas, que no somos de aquí. También están los renegados, que marcharon a estudiar fuera y al volver no querían ser de aquí, ni que los de aquí fueran como son, y se unieron a la izquierda para intentar cambiarlos, solo por fastidiar porque eso no tiene sentido. El mundo no cambia, solo se disfraza, es su manera de ser, y si expresas una idea digamos progresista es natural que tu interlocutor te diga: “Tú en realidad no piensas eso”. Sembrar una idea en sus cabezas es inútil porque no la riegan, creen que un pensamiento correcto es el que repite letra por letra un pensamiento anterior. Son reproductores natos, mental y físicamente, pero la ciudad ya no necesita tanta mano de obra en los suburbios y les ha llegado la hora de la extinción. En poco tiempo en estos pueblos ya no quedará gente de pueblo. Ni ellos mismos se van a echar de menos. Pero no hay que engañarse, no son latifundistas andaluces sino minifundistas del norte, dueños de sus tierras. Tienen pasta, diez veces más de la que aparentan, muchos se hicieron ricos durante el boom inmobiliario vendiendo barrancos, cabañas y cobertizos a precios de escándalo. Con todos los permisos de construcción firmados de antemano. Se han levantado edificios donde antes estaba la caseta del perro. Entonces empezaron a funcionar a pleno rendimiento las curvas cerradas como ésta.  Cuando el lema era ‘robar solo es malo si tú eres la víctima’. Todo líder de la derecha que se precie, se ha entrenado en un sitio parecido: ‘Aquí hizo de las suyas, cuando era joven, el Excelentísimo Señor Ministro…’
Pero hasta los que no trabajan se cansan de estar sentados. Durante varios meses pensé que la curva cerrada se perdería en el paisaje. Se la veía descuidada, desatendida y solitaria. Nadie le cortaba la hierba, no había huellas de neumáticos salvo en dirección a la casona, alguien comenzó a tirar basura cuando pasaba por allí, yo mismo lo hice, y parecía una curva cualquiera de este país tan higiénico. Fue antes de la repetición de las Elecciones, como si la zona de negocios municipal hubiera cerrado por traslado. Eran órdenes de arriba, decían, los juzgados del país amenazaban con derrumbarse de tanto expediente por corrupción. Había que declarar una tregua mientras se informatizaba todo para que las pruebas no pesaran tanto y pudieran borrarse con un solo clic.  Algo iba a suceder, tal vez huir con lo puesto, sonaban trompetas de cambio, pero en pocas semanas se comprobó que eran turutas. Pitorreo, teatro barato. Los políticos estaban pasando de la incompetencia a la vergüenza ajena, despejando así la duda de que ninguna solución viable lo seguiría siendo si caía en sus manos. Los resultados de la Elecciones repetidas fueron desoladores. Aquí la gente volvía a encender fuego frotándose las manos. Con un poco de suerte, se extendería el pillaje otros cuatro años más. Muchos de nosotros perdimos de golpe la poca ingenuidad que nos quedaba. Se quemaron muchos carnets, de la izquierda activa, yo lo vi con estos ojos.
En la madrugada del pasado domingo, hubo cohetes en el cielo del pueblo. No muchos, con discreción, pero contundentes. Mariano Rajoy volvía a tomar las riendas del gobierno después de llevarse por delante al líder de la oposición y al partido socialista. Una jugada del más inspirado taoísmo, no tuvo que hacer nada, solo dejar que se devoraran entre ellos. Pasará a la historia un Debate de Investidura con la izquierda de verdad ladrándole a la presunta izquierda mientras Rajoy calibraba la distancia que hay desde su ojos al cristal de la gafas. Un Óscar, o al menos un Goya. Cuando lo vi en la tele, como me aburría tanto como él, lo imaginé “con un sombrero Stetson nuevo de sesenta dólares, las botas Justin de setenta y cinco dólares y los Levis de cuatro dólares” igual que el jefe de policía de ‘1280 almas’, Nick Corey, cuya mayor cualidad es no hacer nunca nada, nada de nada, salvo cuidar de su pellejo. Su expresión favorita es: “No digo que te equivoques, sino que no afirmo que hayas dicho la verdad”. Clavadito a Mariano.
Respecto a la curva cerrada, la respuesta municipal ha sido inmediata. El lunes a las ocho de la mañana ya la estaban adecentando para el nuevo ejercicio. Pasé por allí camino del trabajo y al regresar a mediodía lucía radiante al sol del otoño. Puede que la alquilen por horas, son unos emprendedores. Han tenido los huevos de plantarle en una esquina tres abedules plateados, como un indicativo, como una señal para que los foráneos no se equivoquen de curva, se ve que están pensando en expandir el negocio. Si la vez anterior nos lo quitaron todo y nos dejaron en cueros, ahora nos van a despellejar vivos. No se puede consentir, no hay hacia donde rendirse. He intentado reunir a la izquierda activa del pueblo, pero hay mucho desánimo, mucho que te den. Les he dicho que el Mesías trabaja pensando en las próximas elecciones, que su advenimiento está cerca, que no pierdan la fe. Pero aquí ya ni dios cree en dios, se están pasando al nihilismo.




miércoles, 26 de octubre de 2016

DE SIGOURNEY WEAVER A EMILIA CLARKE en ELDIARIO.ES Cantabria





De Sigourney Weaver a Emilia Clarke

           
Hace unos veinte años empecé a recalar en las salas de espera del Hospital de Valdecilla. Siempre estaban abarrotadas de gente, parecía un mercado, ibas a una simple consulta y echabas allí la mañana. No había entonces móviles para distraerse, ni posibilidades de conversación en un lugar donde se ruega silencio, y leer un libro tenía el inconveniente de sumergirte en él, que te llamaran por aquella  tosca megafonía  y se te pasara la vez. Incluso siendo previsor y llevando un libro de relatos cortos, o directamente de micro relatos, la lectura era tensa, incómoda, deslavazada. Al final había que dejarlo y soportar la espera al modo clásico, sin hacer nada, la mirada perdida en la luz fluorescente, cada cual con su dolor y su pensamiento. Lo único positivo era que varias horas de aburrimiento mortal fertilizaban mi imaginación y pocas veces he regresado del hospital sin una historia que contar: el germen de un relato, un artículo, una escena de teatro. Se le llama creación a la desesperada.
Hace unos días me tocó de nuevo la revisión. Tuve suerte, me citaron a última hora, la sala de espera de nefrología estaba casi desierta. Tampoco había mucho personal sanitario, como si el ajetreo de la mañana ya hubiera pasado y comenzaran las horas tranquilas del turno de tarde. Era una buena señal, así que me senté, ajusté el culo al banco, crucé las piernas, valoré el estado lamentable de mis zapatos, y lo primero que me vino a la cabeza fue el experimento de Arguiñano para determinar si un pollo que duerme apoyado en la pata derecha la desarrolla más que la izquierda, pero no recordaba el resultado de esa excentricidad. Busqué entretenimiento, me negaba a encender el móvil, y vi junto a la columna próxima un envoltorio de Crunch. La papelera estaba cerca, si me estiraba un poco podía cogerlo y lanzarlo dentro. Me deslicé por el banco, alargué la mano, pero antes de llegar a tocarlo apareció una escoba y se lo llevó. Miré hacia arriba, un hombre grande, calvo, tatuado, con el uniforme de la limpieza, me guiñó un ojo y ladeó la cabeza, como si me hubiera ganado por la mano. Pensé: algunos tipos no tienen remedio, convierten en una competición hasta recoger papeles. “No lo he tirado yo”, le aclaré. “Entonces, gracias por intentarlo”, me dijo, y parecía sincero, aunque quedó en el aire un reproche velado por invadir sus competencias y de paso poner en peligro su empleo. Hoy en día no sabes cómo acertar, lo mismo en ese momento había un vigilante detrás de una pantalla apuntando en su libreta de chivato que era la vez número 182 que una persona estaba a punto de recoger un desperdicio del suelo encontrándose el limpiador número 45 a unos metros de distancia; y lo despedían sin más, con la frialdad de un algoritmo.
Después de recoger el envoltorio de Crunch, el limpiador tatuado vació la papelera en su carrito, recogió la escoba y se fue caminando hacia el ascensor. Llevaba la cabeza bien alta, orgulloso de sí mismo, de su labor. Seguro que veinte años atrás no les hubiera confesado a sus amigos que se dedica a fregar suelos y limpiar váteres. Entonces, las labores de limpieza las llevaban todavía las mujeres, en exclusiva, y por estos pasillos circulaban muchos más médicos que doctoras. Ahora la cosa se ha equilibrado, la gente se diferencia más por los colores de las batas y los uniformes que por el sexo. Incluso se diría que el hospital tiene un aire femenino, aunque fijo que la desigualdad se mantiene en los puestos directivos y en ese increíble 20% de sueldo inferior por el mismo trabajo, algo impropio de un país civilizado. Muchas contratas son peores que la mafia, se oyen cosas espantosas, alguien debería hacer algo al respecto. Por un momento imaginé  que el limpiador tatuado iba a recoger su sueldo y le quitaban el 20% por tener testículos llenos de espermatozoides. Imaginé que se los tapaba con las manos y decía: “Jo, qué mal, no es justo”.  Imaginé una multitud de mujeres del Femen tomando las calles, con las tetas al aire y un kalashnikov en bandolera. Y no imaginé más porque regresó el ascensor y salieron de él dos cirujanas que me recordaron muchísimo a Sigourney Weaver y Emilia Clarke.
 En realidad no pude verlas muy bien, fue un simple destello, salieron del ascensor y se perdieron en un pasillo del ala de enfrente del edificio, pero eso acentuó todavía más su parecido con las dos actrices. Una era alta, delgada pero poderosa, flexible, como Sigourney Weaver; la otra era muy pequeña, redonda, firme, y con coleta, como la última imagen que yo tenía de Emilia Clarke. Dos iconos de la ciencia ficción: La eterna Teniente Ripley de Alien y la reciente Sarah Connor de Terminator Génesis, también Daenerys de la Tormenta, Madre de dragones en Juego de tronos. Dos exponentes de la evolución de la imagen de la mujer en las últimas décadas. Las dos armadas y peligrosas, paradigmáticas, ejemplo rotundo de la adaptación del cine comercial al vaivén moral de los tiempos. Si las juntaba a las dos con los pollos de Arguiñano tenía la tormenta perfecta. A fin de cuentas, todo empezaba y terminaba con un huevo. Y en este caso la gallina ponedora era feminista. Aparentemente.
El feminismo mal entendido es un subproducto de la retórica capitalista. Surgió para frenar el avance del Movimiento Feminista, exagerando sus excesos hasta lograr el enfrentamiento dialéctico con el machismo, manteniendo así el discurso en el territorio de lo negativo. El pensamiento barato de darle la vuelta a la tortilla, para obtener rentabilidad a toda costa. La Teniente Ripley era en principio un hombre, pero tardaron demasiado en poner en marcha el rodaje de Alien, eso cuesta dinero, hay préstamos, intereses bancarios, cada vez necesitaban más público, y alguien pensó que las espectadoras agradecerían una heroína que no se pusiera a dar grititos histéricos cuando aparece una rata. Solo pretendían vender más entradas. Igual que el guionista, O'Bannon, que buscaba un nuevo tipo de terror no explotado hasta entonces y decidió agredir el sexo masculino donde más podía dolerle, poniéndolo en el lugar de una mujer. El extraterrestre que sale del huevo y se adhiere a la cara de astronauta es en realidad una felación y una violación, con inseminación incluida. El bicho con aspecto fálico y vaginal que sale del estómago matando a su huésped representa un parto sangriento y definitivo. Sexo duro y reproducción extrema. Todo estaba pensado para hacer vivir a los hombres, como horror, las vivencias naturales de las mujeres, incluyendo la violación como hecho o como miedo consustancial asumido. Y funcionó. En las primeras proyecciones la gente se marchaba aterrorizada. Ya van por la quinta parte, con dos precuelas y una serie televisiva… es toda una franquicia. Hay una copia de Alien, el octavo pasajero en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, como un documento histórico relevante. Su rentabilidad, su alcance, crearon un modelo de mujer aguerrida que ha sembrado bastante confusión. Sin ir más lejos, en la segunda entrega, Alien, el regreso, aparecía una mujer marine que daba verdadero miedo.
También Terminator, aun teniendo un punto de partida más intelectual y borgiano, con su bucle de tiempo tan cargado de posibilidades, incide en los mismos defectos que Alien a la hora de tratar a la mujer. Aquí la clave es regresar al pasado para impedir el nacimiento del líder de la resistencia futura: matar a la gallina antes de que ponga el huevo. ¿Y qué hace la protagonista cuando se ve amenazada? Pasa de ser una frágil y apocada dependienta a llevar una ametralladora en cada mano. Sarah Connor, nada menos, la madre agresiva y dinamitera del líder, ése que dice por la radio: “Si me estáis escuchando, vosotros sois la Resistencia”. En la última entrega, la reciente Terminator Génesis,  intentan desesperadamente borrar la imagen de esa Sarah Connor dependienta y se inventan una línea de tiempo paralela, donde ella es guerrera ya desde niña: dando caña desde que le viene la regla porque entonces la detecta el Terminator-malo. Y, para tergiversar más el feminismo, cuando en la primera entrega se enamoraba de su salvador, en ésta lo trata como si fuera gilipollas, tonto del culo e incapaz de protegerse a sí mismo. Tortilla vuelta y quemada. El hombre es ahora instrumental, a ella le daría lo mismo si hubieran enviado desde el futuro un poco de semen en un frasco. En toda la película solo hay un beso, al final, y porque ella quiere, con una condescendencia que da grima, y si el tipo se pasa un pelo allí estará el Terminator-bueno para descuartizarlo. Es patético. Nadie como Emilia Clarke para interpretar ese papel. Después de su presencia arrolladora en Juego de tronos, con apenas 1,57 de estatura, representa a esa nueva mujer capaz de degollar a cualquier tío que no se rinda a sus pies. No necesita el 1,85 de Sigourney Weaver para imponerse. Es la mujer actual, como Hillary Clinton ordenando un bombardeo mano a mano con Obama. Tan cruel y capulla como el hombre. Adiós esperanza en un siglo que iba a ser reivindicativamente femenino.
Mientras pensaba en todo esto, la enfermera dijo mi nombre en voz alta. Han dejado de usar la megafonía, no sé si por falta de presupuesto o porque nadie la entiende. Así que levanté la mano, atendí a sus indicaciones y me dirigí al despacho correspondiente. Allí estaba mi amable doctora, que sabe de mi interior más que mi poesía, algo que siempre me inquieta. Me sonrío con amplitud, mis resultados eran satisfactorios. “Bien, bien, bien”, dijo, leyendo en la pantalla. Como eran muy buenas noticias, bromeé un poco:

Paciente.-  No he visto apenas hombres por aquí. ¿Están en huelga?
Doctora.- Los hemos mandado abajo, a las calderas, por inútiles.
Paciente.- ¿Y no han protestado?
Doctora.- ¡Con el sueldo que tienen! Qué va, les faltan fuerzas.

La doctora se cruzó de brazos. No tenía nada más que decirme. Ella no es mi madre, si bebo, si fumo, si hago el vaina es asunto mío. En cinco minutos estaba fuera de Valdecilla. Había sido una visita corta, pero rentable. No daba para imaginar el Quijote, pero me llevé una idea para un relato, el principio de un artículo y una minúscula obra de teatro. Algo es algo.