jueves, 20 de noviembre de 2014

LOS MECANISMOS DEL ODIO-La cosecha


Ya son las cuatro de la tarde. Tengo que tomar una decisión. Dentro de unos instantes María Soto aparecerá por el fondo del atajo, se colará en mi casa y me desgraciará la vida. Seré el amante ocasional de una de las mujeres más guapas que he conocido. Hará conmigo lo que quiera hasta que todo termine, como terminan siempre estas cosas, en desastre. O muerto o en la cárcel. Y no quiero. Me niego. Me queda media hora escasa para llamar a la Guardia Civil, o a la Policía, no lo sé muy bien, debe ser cuestión de competencias, porque la asesina y su víctima viven en este pueblo pero el muerto está en el depósito de cadáveres de la ciudad. Y no es una coña metafísica. Si no llamo ahora mismo para comunicarlo, me convertiré en cómplice y víctima. Han pasado varias horas desde el asesinato, no debí regresar a casa. Estos momentos de peligrosa indecisión le pertenecen a esa mujer enferma.

Cuando mi abuela Amelia me dejó como herencia en vida esta finca, y una renta modesta, ya me advirtió que tuviera cuidado con el tiempo libre. No hacer nada te ablanda, y si careces de aficiones absorbentes acabas considerando la vida como un juguete muy caro cuya única finalidad es mitigar el aburrimiento. De no haber pasado las horas muertas mirando por el ventanal, no hubiera visto a María Soto en el atajo que cruza esta propiedad, un camino curioso que los vecinos tomaron por la fuerza hace cien años, para no perder el tren, y que ahora es privado de uso público. Desde mi traslado no había visto a nadie por allí, hoy en día todo el mundo tiene coche, y por eso me llamó la atención que ella comenzara a utilizarlo a diario.  Yo la conocía, cómo evitarlo, es una mujer de bandera, llama la atención en todo Cifuentes. Durante un par de semanas, la vi pasar a la misma hora, casi corriendo. Cogía el tren  siempre en el último momento, como si evitara encontrarse con alguien. Decidí seguirla, por pura desidia, no tenía nada mejor que hacer. Separarme de Marina, tener a mis hijos lejos y una larga temporada en el paro, me habían dejado débil, como sin carácter.

Una mañana cogí el mismo tren que María Soto, pero cuidando de ir en diferente vagón. Nos bajamos en la ciudad junto a los demás viajeros. María caminó sin detenerse desde la estación hasta la plaza del Ayuntamiento, se sentó en un banco y permaneció allí dos horas. Yo la vigilaba desde una cafetería cercana. Ella buscaba personas, en concreto hombres, con ansia en la mirada, y después regresaba al pueblo. Repetimos esa operación durante más de una semana, siempre con idéntico resultado, hasta que un día ella siguió a un hombre fuerte y desgarbado, con rasgos campesinos pero sin serlo. Le seguimos a una distancia prudencial durante horas. Al final el hombre regresó a la plaza, entró en un parking, y ella apuntó la matrícula de su coche. María trabaja en una gestoría del pueblo, supongo que hizo sus averiguaciones, y a partir de entonces cambiamos los horarios. En días sucesivos, coincidimos con el hombre en un bar cercano a su trabajo, en la plaza que había junto al portal de su casa, en su tienda habitual, y en poco tiempo nos movíamos por los lugares que él solía frecuentar. A esas alturas, María ya debía saber que yo la vigilaba, vigilar a otro te vuelve vigilante, y pensé que sólo quería un testigo. Por morbo.

 Esa misma semana coincidí con su marido en un acto social en el pueblo. Ya lo conocía pero no había reparado en él, y ahora me llamó la atención su enorme parecido con el hombre al que seguíamos. Al verlo más tarde junto a María, era evidente que al matrimonio le iba fatal, habían llegado al odio sin disimulos. Él le hablaba con desprecio, y ella tenía un mecanismo automático de afirmación: le decía que sí a todo, y si era que no, de entrada también asentía. Me disgustó aquel hombre, lo confieso, y las dos semanas siguientes participé calladamente con María en aquella sutil venganza, en el establecimiento de las rutinas de aquel extraño de la ciudad.

Juro por lo más sagrado que pensé que como mucho se liaría con él. Que engañaría a su marido con otro, idéntico, pero otro. No niego que pensé beneficiarme de ello, pero juro que no lo sabía. No sabía, hasta hace tan solo dos horas, cuando por fin María iba a tomar contacto con aquel hombre, convencido de que en la pesada bolsa llevaba preparada alguna disculpa para facilitar el acercamiento, que ella sacaría una piedra enorme, le hundiría la cabeza y seguiría caminando tan tranquila. Me sentí tan… sorprendido, tan aterrorizado, que no supe hacer otra cosa que seguirla. Cuando pasé junto al cuerpo ensangrentado todavía se movía, pude ayudarle pero no lo hice, yo sólo quería preguntarle a María porqué, y cuando arrojó la piedra a la ría porqué, por qué me había implicado en semejante barbaridad. Yo sólo estaba mirando, era simple curiosidad. Sin embargo, regresé a este maldito pueblo en el mismo tren que ella. El uno sentado al lado del otro. En silencio, muy cerca. Y aquí estoy, encerrado en mi casa, esperando lo que sea. Debería marcharme de Cifuentes y no regresar jamás. Pero estoy excitado, encoñado, estoy perdido. Y María ya sabe que no tengo fuerza de voluntad.
 
                                                   de La cosecha, pag. 125

domingo, 16 de noviembre de 2014

UN CHICO SUBIDO A UNA PIEDRA-La cosecha


Siempre pensé que eras tonto, pero no imaginaba que lo fueras tanto.

Esta frase ocurrente y lapidaria se la dijo el profesor de matemáticas a Fermín en tercero de la ESO. Delante de toda la clase, entregándole con desprecio un examen que los demás habían superado con sobresaliente mientras que él no llegaba ni al cero. De hecho había batido un récord, tenía nueve puntos negativos. Al día siguiente, Fermín abandonó el instituto y se subió a una piedra.

La piedra de Fermín no era muy grande, apenas levantaba cuatro dedos del suelo. Tenía forma  rectangular y en ella sólo cabían los dos pies, si estaban juntos. Mantener el equilibrio sobre ella no parecía fácil. Fermín se la presentó a la cuadrilla como quien trae a la novia y le dieron su aprobación. También la enhorabuena porque librarse así de volver al instituto demostraba que era más inteligente de lo que ninguno de ellos había sospechado, y menos los profesores. A esa edad, volverse majareta no es lo peor que te puede suceder.

Quizá Fermín estuviera prematuramente acabado, pero era valiente, y aunque se encerró en su casa y dejaron de verlo por un tiempo, cuando regresó tenía un manejo sucinto del tema piedra. Sabía patinar con ella, subir escaleras con ella, saltar bien alto con ella sujeta entre los dos pies, también desplazarse echando chispas con el borde y, sobre todo, permanecer sobre ella en un centenar de posturas extravagantes que en él resultaban naturales. O sea, dominio y carácter. Lo suyo más que una locura era una condición. Algo que te distingue. Como dice Marina, al salir del instituto Fermín ya tenía un pedestal.

Marina y él fueron novios, antes de que Fermín se subiera a la piedra. Después de casarnos, le considerábamos un miembro de la familia. Terminó viviendo con nosotros al morir sus padres.  No recuerdo que trabajara nunca en nada, ni que mostrara intención alguna de hacerlo. Lo suyo era observar. Tener presencia sobre la piedra. Dar testimonio de que se puede ser, ser sin pretender. Vivir sin molestar. Un juguete entrañable para mis hijos, una ayuda para Beni, y un símbolo para los demás. Nunca me molestó que en el pueblo dejaran de llamarnos por nuestro apellido y nos dijeran Los de Fermín. Un día tuvo un problema ridículo con un vecino y lo adoptamos legalmente, para protegerlo. Tenía entonces treinta años. Sin embargo, la tensión de vivir subido a una piedra lo hacía parecer mucho mayor. Y cansado. Debería decir en su honor aquello de La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo, pero sería cínico por mi parte.

La culpa de todo fue mía. No debí pedirle a Fermín que hiciera Algo cuando sabía por experiencia que no se le podía pedir Nada. No debí presumir de amigo especial en las fiestas de la Ría, sólo por entretener a mis colegas, aburridos por culpa de una orquesta mediocre. No debí, para ser sincero, chantajearlo y en cierto modo reclamarle un sustento que no me había pedido y la devolución de los primeros besos que le dio Marina.

Camina sobre las aguas, le ordené, pensando que no me haría caso, nunca lo hacía, pero entonces obedeció.

Fermín conocía las piedras de la ribera como nadie. Lo había hecho otras veces, para la familia, como un regalo, pero nunca en público. Era medianoche. La orquesta hacía un descanso. Alguien pidió silencio por el micrófono y la gente guardó silencio. El sonido del agua indicaba una tregua entre las mareas, el Tejo bajaba manso. Vimos llegar a Fermín patinando suavemente con su piedra sobre los guijarros brillantes, con estilo; luego hizo varias figuras, cogió velocidad y después de un salto muy gracioso encendió en el aire una linterna y cayó sobre una roca siempre verde que se llama la Marmita. Desde allí nos saludó y le aplaudimos. Después comenzó a deslizarse con su piedra sobre las piedras apenas sumergidas, esquivando las que se veían, de modo que parecía un duende saltarín y juguetón que en efecto caminaba sobre las aguas. La gente no se lo podía creer, callaban hasta los niños. Y así estuvimos con la boca abierta durante los diez minutos fabulosos y memorables que duró la exhibición. Al apagarse la linterna, pensamos que era voluntario, y nos entretuvimos demasiado celebrando el privilegio de haber visto aquella proeza. Catorce horas más tarde la Guardia Civil certificó su desaparición.

Yo no digo nada. Bastante tengo con lo mío. Con el papel miserable que me corresponde en esta historia. Pero es lo que hay, cosas de la vida. Sólo han pasado tres meses y Marina ya no me quiere, me lo ha dicho. Lo nuestro se ha ido a la mierda. Ésta ha sido la gota que ha terminado con nuestro matrimonio. A veces, al atardecer, me subo a una piedra de la ribera y mirando el horizonte solitario que me espera me consuelo pensando que le hice un favor a Fermín, que lo empujé al escenario para que no se marchitara y tuviera una despedida gloriosa. Se lo merecía. A fin de cuentas, ser adulto es claudicar.

 
                                                       de La cosecha, pag. 101
 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

EL KILO DE AZÚCAR-La cosecha

 
        Fuimos nosotros.

      El Comando Quijote. Nuestro nombre en clave era Zulú-Garrote-Zulú.

            El jefe militar era Carlos, el del Cerro, que siempre hablaba de matar a todo el mundo porque su padre era un borracho y le golpeaba con sus aspas igual que los molinos. Por eso le dimos el cargo, y también porque sabía decir con propiedad  la palabra logística, a pesar de tener tan sólo once años. Por supuesto, podía sacar de su casa una escopeta, pero no queríamos, aunque aceptamos dos cartuchos de posta, lo que era para nosotros todo un arsenal. El jefe de visión nocturna era en realidad jefa de visión nocturna, o sea Marina, que podía conseguir el visor de cazar de su tío, pero dijo bien clarito que si no le llamábamos Jefa no lo traía. Como ya tenía doce años, y un poco de tetas, nos pareció bien. Manolo, el de la ferretería, se encargaba de los impermeables desechables, Jefe de la intemperie, insistió, y como era el más pequeño le dejamos. Y un servidor, veraneante de ciudad, que hasta la fecha había escrito once poemas y leído seis libros, jefe mayor de inteligencia. Tenía trece años, unas tenazas de cortar hierro y un plan: los bárbaros de la meseta querían llenar el pueblo de molinos y nosotros les llenaríamos de azúcar los depósitos de sus excavadoras.

Aquella noche de octubre, era luna nueva, nos encontramos los cuatro en la trasera de la ferretería de Manolo a la hora señalada. En completo silencio nos pusimos los impermeables desechables, para poder arrastrarnos por el suelo sin manchar la ropa. Marina tomó la delantera, siguiendo el plano que había preparado Carlos después de recorrer el camino varias veces el día anterior. Aunque era nuestro pueblo, no queríamos sorpresas ni alambradas imprevistas. Caminamos deprisa, sin hablar, más juntos que separados, siguiendo el pilotillo rojo del visor nocturno de Marina. Cruzamos el Tejo eludiendo el paseo, sólo eran las ocho de la tarde, había turistas, y al llegar a la carretera general tuvimos que esperar casi cinco minutos hasta que no pasó ningún coche. Luego, bajamos patinando por la barranca del Loro, con unas planchas de cartón duro que había dejado Carlos escondidas en un zarzal, y por fin alcanzamos la lengua de tierra removida donde comenzaba la pista gigantesca que usarían para meternos los molinos en el pueblo. Todo iba como la seda.

Sin embargo, cuando subimos a la pista donde debían estar las excavadoras la encontramos completamente vacía. Caminamos por allí, desconcertados, con Marina cambiándonos de nombre y llamándonos Comando Gilipollas, hasta que encontramos detrás de un pedrusco enorme una única excavadora. Era muy pequeña, y con la pala hundida en el suelo parecía todavía menor. Un juguete. Carlos nos juró que esa mañana había allí todo tipo de máquinas y dos buldócer del tamaño de un dinosaurio. Le miramos con rabia, desalentados. Pero de todas formas decidimos seguir adelante. Preparé la cizalla  para cortar el candado del depósito y Marina se adelantó hasta la máquina. Regresó poco después. No estaba muy segura, pero creía que la excavadora era la de Jacinto, el de las Casas Nuevas. Manolo fue a ver, y confirmó que lo era. A nosotros el tal Jacinto nos parecía un cabrón, pero le debía mucho dinero al padre de Marina y también debía bastante en la ferretería de Manolo. Si le fastidiábamos la herramienta de trabajo, tardaría más en pagar. No era lo mismo una excavadora de una empresa, que no pertenecía a nadie, que una de las “nuestras”. Había un vínculo.

Pasó un cuarto de hora y seguíamos allí, indecisos. Pasó otro rato. Estábamos cogiendo frío. Como yo era el jefe de inteligencia, tuve que abortar la misión. Eso sí, decidimos que había que dejar huella, y Manolo colocó junto al tapón del depósito el kilo de azúcar que había traído de su casa. Antes de marcharnos, Carlos quiso celebrar la gesta y explotó un cartucho entre dos piedras. El sonido fue tremendo, hizo un gran eco, tuvimos que echar a correr en desorden y, cuando cruzábamos de nuevo la carretera general, ya llegaban coches del pueblo en dirección a la obra. Al día siguiente, en su primera edición, el Diario calificó el suceso como un “extraño y amenazante boicot”, un mal precedente, y la empresa concesionaria dijo que reforzaría las medidas de seguridad.

 Ya sé que todo el pueblo pensó que habían sido Julio y los Independientes, porque tenían un grupo de rock duro y un concejal en el ayuntamiento, y como eran de izquierdas se les echaba la culpa hasta del mal tiempo. Tampoco ayudó que no se molestaran en desmentirlo y que hicieran una canción titulada: El kilo de azúcar, convirtiendo nuestro fracaso en algo simbólico. Afortunadamente, los aerogeneradores no invadieron nuestro pueblo. Han pasado ya treinta años, y por eso lo he contado. Entonces no lo hice porque era una misión secreta.

           
                                                            de La cosecha, pag. 31
 

sábado, 8 de noviembre de 2014

MP3-La cosecha


       Para rematar la semana, le regalo a Yolanda un transistor y cuando Marina llega del trabajo lo tira a la basura.

       —Eres un hijo de puta, la niña te pide un MP3 y tú le traes una radio...

       —También le he dado dinero para que se compre el MP3 que más le guste. El transistor es un regalo simbólico.

       — ¿Simbólico de qué? ¿De lo perturbado que está su padre?

       —Cuando ella nació los escaparates estaban llenos de este modelo. No ha sido fácil encontrarlo. Sólo quiero que sepa que vive en un tiempo y que hay objetos que le permiten retroceder hasta el momento de su origen...

       —¿Y para qué necesita ella todo eso? Ya hemos hablado de este asunto mil veces. Te lo he advertido, quiero que Yolanda camine por la vida en línea recta, que viva el presente y recuerde sólo lo necesario... No le estropees la cabeza con tus majaderías.

       —Pero tú y yo conseguimos detener el tiempo… abrimos la puerta… cruzamos el umbral...

       —¿Y nos ha ido bien? Dime, ¿nos ha ido bien? Ahora tenemos  hijos, debemos olvidar lo sucedido, tenemos que ser responsables. Bastante tenemos con lo de Beni.

       — La verdad, a mí todo esto no me parece vida.

       — Entonces suicídate y déjanos en paz.

       — Lo he intentado, pero no me llego.

       —¡Payaso!
 
                                                   de La cosecha, pag.99


 

martes, 4 de noviembre de 2014

EL BRASILEÑO-La cosecha


             Llegó en un avión especial, directo desde Río de Janeiro. Nos lo entregaron encadenado. Tenía seis años, era uno de tantos niños abandonados que viven en las alcantarillas de Río, aspiran el humo del tubo de escape de los coches y beben una mezcla de gasolina con alcohol de farmacia. Su captura había resultado laboriosa. Como representante de los primeros mutantes urbanos, su caso iba a ser analizado por la curiosidad médica local. Parecía enfermo, pero la combinación de gases tóxicos que se respiraba aquel día en nuestra ciudad le hizo sonreír y no opuso resistencia a entrar en la ambulancia.
            Yo era el conductor suplente, gracias a un contacto de Marina, y conmigo venía un pediatra empeñado en llegar a un entendimiento con el Brasileño. Como respuesta a sus agobiantes preguntas, el chaval se golpeó repetidas veces el pecho y afirmó llamarse Porche Turbo. No hablaba ninguna lengua concreta, era casi mudo, pero desde que arrancamos seguía el cambio de marchas de la ambulancia con sonidos guturales. Disfrutó del viaje, mirando con ojos de asombro la capa de contaminación que cubría la ciudad. Cuando dejamos la autopista y frené en el semáforo de entrada al recinto hospitalario, comenzaron los problemas. El Brasileño sacó la cabeza la ventanilla y le rugió al coche que estaba detenido junto a nosotros. El conductor se asustó, perdió el control del vehículo y chocó con el de delante. El Brasileño se rió a carcajadas. Luego, como si le fallara algo en la cabeza, o necesitara un trago de gasolina, perdió el control. Le sacamos en Urgencias y para que se calmara el pediatra le recitó una lista de marcas de coches, piezas de motor y accesorios de automóvil. Estuvo inspirado, funcionó. Le quitamos las cadenas y quedó a cargo del organizador del congreso médico.
            Unas horas después nos devolvieron al Brasileño para exhibirle en la Universidad de la Loma. No traía buena cara, estaba a la defensiva, enseñaba los dientes a la menor pregunta del pediatra. Llegamos a la universidad y olisqueaba el aire, estaba inquieto. Todo se complicó al cruzarnos con un grupo de estudiantes de medicina, que iban tirándose una oreja humana a modo de pelota. Tanto aterrorizaron al Brasileño que se quedó clavado, vibrando intensamente, como si quisiera echar a correr olvidando quitar el freno de mano. Pataleaba de forma alarmante y no pudimos sacarlo de la ambulancia. El pediatra sugirió marcharnos de allí y pasearlo por la zona industrial para darle un respiro.
            Somazo nos recibió con el bufido de sus chimeneas. La carretera se llenó de humo. Abrimos las ventanillas, pero el Brasileño no se calmaba. Para que no se hiciera daño, el pediatra le aligeró las cadenas, pero se le escurrió como una anguila y salto por la ventanilla a la calle. No pudimos salir de la ambulancia porque estábamos encajonados entre coches, algo que él sabía pero nosotros no. Allí mismo se detuvo a olisquear el tubo de escape de un camión, le dio una lengüetada larga al tapón de la gasolina y desapareció entre las calles. Recuperado el control de la ambulancia salimos en su persecución.
            Somazo es grande y laberíntico. Un par de veces vimos salir al Brasileño a la carretera general, respirar de un tubo de escape cualquiera y esconderse de nuevo. Por fin se metió en un callejón sin salida.  Estábamos a menos de veinte metros de darle alcance cuando sobre el muro que cerraba el callejón aparecieron dos críos de una edad parecida a la suya. Llevaban a la espalda mangueras de goma con los extremos unidos por una cuerda, como arcos, y en la cadera bolsas de plástico duro mediadas de gasolina. Brrr, les gruñó el Brasileño. Burrum, burrum, respondieron ellos. Le alargaron sus gomas, se sujetó y le subieron al muro. El pediatra se indignó: Aquí no tenemos niños así, y salimos corriendo tras ellos. En cuestión de segundos ya estaban lejos, metiendo la tercera y luego la cuarta. Por un momento pensamos que les podíamos alcanzar, pero Porche Turbo metió la quinta y los perdimos de vista. Y con ellos, nuestros empleos.
 
de La cosecha, pag. 137.
 
 

viernes, 31 de octubre de 2014

EN PALABRAS SENCILLAS-La cosecha


             Todos mis pensamientos convergen en ti, y, mientras tanto, en el mundo feroz, el autobús de la residencia se detiene junto a la entrada del centro comercial y de su lóbrego interior desciende una anciana menuda, nerviosa y de gesto amargo. Lleva prisa.

            La anciana recorre el pasillo central con paso decidido, sin mirar a los lados, tiene la vista puesta en unos cabellos fluorescentes de colores que ondean a la altura del supermercado.

            En la puerta de la peluquería habla con una chica de uniforme verde y pelo butano, que no se parece en nada a ti y en cuya ficha no pone tu nombre. La chica sonríe, escucha con atención, teclea en el ordenador y ofrece pocas esperanzas. Tras consultar el reloj, la anciana responde con una negativa.

            Visita otras dos peluquerías y en la última la atienden de inmediato. Le hacen un cardado sencillo, sin tintes. La ira de su rostro queda mitigada por una luminosidad falsa.

            La anciana regresa a la entrada por un pasillo lateral. Su caminar tiene ahora un aire taciturno. Bajo los labios apretados, va masticando palabras, y cada pocos pasos se detiene para asentir o negar, indistintamente. A medio camino, se enfrenta con su propia imagen en la luna de un escaparate. Discuten. Ella consigue ganar y zanja la discusión con un golpe de bolso en el cristal. Acelera el paso.

            En el hall principal, entra en la primera cabina de Internet que no le huele a nada en particular, sólo ambientador neutro. Corre la cortina, se acomoda en el asiento y pone la mano sobre una placa luminosa que tiene el dibujo de una mano.

            Sin responder al saludo de protocolo, solicita la ayuda de un abogado.

            La anciana habla con el Servicio Jurídico Gratuito hasta consumir su tiempo. Sabe engarzar las palabras en un discurso en espiral cuyo eje es la desesperanza. Le conceden dos prorrogas de larga duración, y también las agota. Sólo se detiene cuando aparece en la pantalla la tarifa oficial del colegio de abogados. Guarda silencio y se aferra a su bolso. Le piden que espere unos minutos la elaboración de la respuesta.

            Antes de ofrecerle consejo profesional le ofrecen varias opciones de comunicación. La anciana escoge todas las casillas de la derecha. Ni adornos, ni tecnicismos, ni acuerdos: las cosas claras, en palabras sencillas y hasta las últimas consecuencias. Como tú y yo, pase lo que pase.

            El ordenador recibe la respuesta, busca en el archivo de abogados y escoge uno de voz sosegada, familiar, dentro del parámetro: Disgustos a la Tercera Edad. El seleccionado es un joven guapo, un poco despeinado, tierno, el imán irresistible de los besos de una abuela.

            Ante el saludo efusivo del abogado, la anciana quiere sonreír, pero no le sale. Se envara en la silla y dice:

            —Preparada.

            —Mire usted, Amelia, el consejo que yo le doy es que no presente la denuncia. Mi experiencia me dice que perdería el caso y los pocos ahorros que le quedan. No quiero decir con esto que usted no tenga la razón, pero creo que la justicia se inclinaría hacia el otro lado. Legalmente, la persona a la que usted quiere demandar, actuó bien.

            —No es verdad.

            —Lo es. Y es más, de no haber hecho lo que hizo, entonces sí que hubiera tenido que responder ante la ley. Yo comprendo que es triste, desconsolador, que toda una comunidad de vecinos le pague la universidad al chico del cuarto derecha, que, como usted misma ha dicho, es un muchacho inteligente y honesto, para que evite que les derriben el edificio, y que, precisamente, nada más obtener el título lo primero que hace es presentarse con una orden y demoler sus viviendas. Es terrible.

            —Y una falta de respeto, somos sus mayores...

            —Lo sé. Y estoy seguro de que para él no tuvo que ser una decisión fácil de tomar. Hágase cargo de que lo hizo por su propia seguridad. Según consta en el informe del colegio de arquitectos, no había posibilidad alguna de reparar los cimientos...

            —¿Quién habla de cimientos?

            —Corrían peligro, les salvó la vida.

            —Sólo el pellejo, creo que no me entiendes.

            —Ustedes cometieron un error. Actuaron de buena voluntad dándole esa beca, pero no tuvieron en cuenta que los estudios cambiarían al muchacho, se convirtió en un adulto, un buen profesional que supo cumplir con su obligación y ustedes...

            —Escucha, Internet, que por más que te lo explico parece que no te enteras. Nosotros, toda la comunidad, sabíamos que el edificio no tenía remedio. El edificio no, pero nosotros sí. Y por eso le pagamos los estudios al chico, para que nos mintiera y de paso también para que mintiera por nosotros. Con autoridad y un título por delante. Él no quiso mentir, simple y llanamente, porque es malo. ¿Qué le costaba inventarse un buen papeleo, le hemos dado estudios, no? Hubiéramos muerto felices viendo cómo intentaba salvar la casa, y en vez de eso nos estamos muriendo de asco en residencias separadas. Hace un mes enterramos a Vicente, el último hombre. Ya solo quedamos viudas. Es una vergüenza. Un trato es un trato...

             La cara del abogado de la red se congela un instante y el ordenador altera sus facciones para que parezca consternado. Por debajo se oye su respiración, que por contagio ha perdido el sosiego.

            La anciana llora, se desahoga y luego se quita los mocos con un pañuelo de tela bordada. Cuando vuelve a mirar a la pantalla, su rabia sigue intacta.

          —Voy a perder el autobús y estamos peor que antes...

          —Dígame usted lo que desea y encontraré una solución.

         —Qué solución.

         —La mejor que encuentre, Amelia, qué quiere que le diga...

            La anciana respira y luego habla entre dientes, triturando cada palabra:

            —Que se sepa. Al menos quiero que se sepa. Que la gente se entere de lo que nos hizo. Esto es Internet, aquí está todo el mundo, ¿no?

            —Así es, Amelia. El problema reside en que no podemos divulgar un caso que no ha llegado, ni probablemente llegaría, a los tribunales.

            —Tu eres listo, Internet, dame algo.

             ...

             —De acuerdo, espere un momento...

             —Cuánto momento...

            —Tres minutos, como mucho cinco, se lo prometo.

            —Venga, espero.

            En la pantalla aparece un cronometro que al avanzar deja una estela de flores, flores sobre tu lecho. La esfera cumple una vuelta por cada minuto prometido, hasta cinco, y luego regresa el nieto perfecto.

            —Bien, Amelia, usted misma nos ha dado la solución.

            —A ver.

            —Si le parece bien, entregaremos la grabación de esta charla, y los vídeos de seguridad del centro comercial donde usted aparece, a un escritor aficionado. Él será el encargado de contar su historia, añadiendo algunos toques personales, licencias poéticas, de manera que parezca una ficción, un cuento. Es para evitar una demanda. De esta forma su caso será conocido. No le voy a engañar, la difusión no es grande, sólo el circuito marginal de la literatura...

            —Algo es algo. Me parece bien.

            —¿Acepta entonces la propuesta?

            —Qué remedio.

            —Si nos deja su dirección le enviaremos una copia en papel del relato.

            —No hace falta. Pero dígale a ese escritor que ponga el nombre del canalla bien grande, y bien claro.

            —Lo haré, descuide. Ha sido un placer, Amelia.

            —Igualmente, Internet. Eres un chico muy majo. Que la Fuerza, o esa cosa, te acompañe.

            La pantalla parpadea y queda en luz de espera. El barullo del centro comercial entra por debajo de la cortina. Muy cerca, un niño chilla y exige que se lo regalen todo. Yo tiemblo, descompuesto, pensando en esos tus labios, querida Marina, cuando Amelia, la anciana que tiene motivos más que suficientes para odiar a FÉLIX QUIÑONES, abandona la cabina de internet.
 
                                                      de La cosecha, pag. 107
 

sábado, 25 de octubre de 2014

EL APARCAMIENTO DE LOS MANZANOS


El aparcamiento de los manzanos
 

            Había un contrato. Si en cinco años no estaba funcionando en aquel lugar un hipermercado se le devolvería la tierra a su legítimo dueño en un estado idéntico a como la encontraron. Había fotos. El propietario no tenía que devolver el dinero adelantado, era la señal que perdían los inversores por ser tan optimistas. Había abogados. Intentaron llegar a un acuerdo económico muy ventajoso para el paisano, pero dijo que no porque le hacía gracia y a su edad un buen chiste no tiene precio. 

            Hoy es el día. Son las ocho y cinco de la mañana. La retroexcavadora se pone en marcha. El conductor clava la punta del enorme martillo neumático en el hormigón y comienza la demolición. La placa tiene de larga 114 metros, 80 de ancha y medio metro de gruesa. Por la densidad brutal del ruido, es evidente que no ahorraron en cemento ni en ferralla, es dura como el basalto, o la cara de un político. El Alcalde, instigador del proyecto, llega a las once y media en un Mercedes Gama Alta que da testimonio de su participación, aunque no era accionista y no le toca pagar las consecuencias. El ruido es terrible, decibélico, resuena entre las montañas, hace callar a los animales, le crispa los nervios al más templado. En el vértice opuesto de la placa, el Dueño está sentado en una piedra, y el alcalde cruza en diagonal para reunirse con él. Desde allí el ruido se puede aguantar. Sin embargo, El Alcalde y el Dueño se hablan a gritos. Que si tal. Que si cual. Todo reproches. No dicen nada interesante. No se caen bien.

            Debido a la dureza de la placa, el proceso de demolición resulta lento y penoso. Primero hay que picar el hormigón hasta llegar a la capa superior de varilla de hierro, liberarla, luego cortarla con una radial, y así cuatro capas hasta llegar a la tierra, diez metros cuadrados por día, un camión escaso que retira el escombro al atardecer. Visto a cámara rápida, es como un pájaro carpintero amarillo y grasiento que se destroza el pico contra una piedra tenaz, parece que siempre pica en el mismo sitio, pasa el sol, pasa la noche, vuelve el sol y la retroexcavadora avanza que da lástima. En la primera semana, casi todo el pueblo visita el acontecimiento, comentarios, risas, tertulia de expertos, y el lunes siguiente se presenta la maestra de preescolar con los más pequeños, que tienen derecho de curiosidad, y el conductor de la retro les explica su trabajo y los sube a la cabina y les deja hacer algunos movimientos con las palancas y cuando se marchan cada uno se lleva un trocito de hormigón y un pedacito de varilla de hierro. Dos días más tarde, un hombre trajeado y ejecutivo llega expresamente a la obra para gritarle al conductor hasta volverlo loco y multiplicar por cinco su ritmo de trabajo. En vez de picar, ahora ametralla el suelo. Todo termina un atardecer, cuando el último camión se lleva el último pedazo de hormigón. Y vuelven a cantar los pájaros.

            Qué paz, qué silencio, al día siguiente se llevan la retroexcavadora y llegan los jardineros. El tema de la tierra no es difícil, la capa de medio metro que quitaron de allí  se tiró en una barranca y pueden recuperarla. Como ha perdido cualidades nutritivas, la mezclan con la cantidad exacta de estiércol para que vuelva a ser la misma. Luego plantan hierba natural, salvaje y fornida, que incluye margaritas, meacamas, cardos y otras flores silvestres.  En dos semanas ha crecido y nadie distingue aquel campo de los que hay alrededor. Otro tema son los árboles: 48 manzanos de una variedad que sólo se da en la zona. Los originales ya son leña del pasado y, el día de la llegada de los nuevos, el Dueño espera con su abogado dispuesto a pedir una indemnización por incumplimiento de contrato.

            A media mañana llega un camión articulado blanco, lleva un rotulo simple que dice Especies Vegetales y lo conduce una chica más delgada que el cambio de marchas. A su lado una mujer mayor, robusta, seria, que salta con agilidad de la cabina y se presenta amablemente al Dueño.  Le muestra las fotos del contrato y a continuación, uno por uno, los 48 manzanos originales y a su lado las nuevas réplicas. El Dueño pregunta con sorna si son fotocopias. La Mujer le ríe la gracia, le da la espalda, se vuele, y le recuerda al abogado que tienen un veinte por ciento de margen de error. Mientras esto sucede, la chica delgadita ha abierto la trasera del camión, ha sacado una rampa automática y está bajando una miniescavadora que parece tan potente como un escarabajo. Utilizan rayos láser, espejos y un ordenador para determinar el lugar correspondiente a cada árbol. Cada árbol viene numerado, encajonado, embridado, sujeto como una escultura de un museo. Las raíces apenas traen tierra, viene embolsadas y sumergidas en un compuesto. Las mujeres trabajan con tanta eficacia y precisión que al final de la jornada el Abogado se despide del Dueño porque no quiere cobrarle ni un euro más.

            Y este es el resultado. Junto a la carretera vecinal, un hermoso campo con medio centenar de manzanos. Es idéntico al original, lo dice todo el mundo, miran las fotos que se sacaron cinco años atrás y parece el mismo, comparan árbol por árbol y ni el Dueño los distingue, las mismas ramas torcidas hacia el mismo lado, la misma raíz que sobresalía, la misma inclinación hacia el Norte. Se firman los papeles y todo queda solucionado. Como si la civilización no hubiera pasado por allí con sus garras ambiciosas. Así debe ser.
 
                                    publicado en Revista Cantárida