miércoles, 21 de junio de 2017

SER PEQUEÑO en ESPACIO LUKE



Ser pequeño


La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque
aún no ha tocado el suelo.

Si los faroles brillaran- Dylan Thomas


Ser el globo al final de la cuerda
un poeta oscilante
ser mi voz de niño
explicándole a mi madre
que ése que flota
soy yo.


*


Reivindica tu condición de ser
pequeño
brasa minúscula
que se apaga
a cada instante
pero sopla
desde dentro
y se enciende
de nuevo.

No cejes en el empeño
en las insistencias
reta a lo fugaz
atrapa y congela
ofrece tu silencio
como ejemplo
y testimonio.


*


Nunca haces
lo que estás haciendo
sueñas ahora
lo postrero
vives con ojos leonardos
pintando de luz
cada brizna de hierba
eres tiempo baldío
piernas y manos
de un aliento.


*


Debe del grito
quedar el eco,
de la sombra
el ungüento
de esta verdad
ni el rastro.

¡Quema la forma!


*


Condenso en esta espera
mis emolumentos
la retribución de horas sordas
lo boquiabierto

no aliento nada

el aire me penetra
suficientemente.


*


Se escucha muy cerca
el crujido de la vida
cristalizando las cosas
dando nombre y ajustando
la imagen definitiva.

Todo pelea con todo
para fijarse
encerrarse en su forma.

Grita cada objeto
constreñido a sí mismo
por su éxito triunfal
frente a lo inconcreto.

No puede verse lo inefable
lo que está al acecho
esperando su momento
su manifestación.

El aire reclamaba
su identidad
en las hojas
de los árboles.


*


Si me atreviera a saber
si me dejara
si abandonara esta certeza
si me arriesgara
si no tuviera miedo
                        a ser desvelado
si no me refugiara
si fuera
si de algún modo lograra
si alcanzara
si al menos rozara
si lo intuyera
si lo soñara sin pánico
                        a verlo entero
si al decir dijera.


*


La infancia es redonda
de ojos deslumbrados

el peso de los días
achica la mirada

el tiempo cierra
los párpados
y el círculo.


domingo, 11 de junio de 2017

EL FUTURO COMO SÍNTOMA en ELDIARIO.ES Cantabria


El futuro como síntoma


Nadie nos advirtió contra el cáncer. No había nada que advertir. Era una enfermedad. La prevención de las enfermedades todavía no estaba de moda y constatar su existencia como pandemia era más que suficiente. Su gravedad estaba acentuada por el malditismo y el silencio. Cuando al fin se habló libremente de ello, el todo en su conjunto comenzó a provocar cáncer. Fumar pasó de ser un recurso masculino para convertirse en vaquero curtido al atardecer a ser un traqueotomizado hecho polvo. La comida también estaba bajo sospecha y las puertas de las neveras se llenaron de listados de conservantes que nos podían llevar a la tumba. Por supuesto, aunque todos lo negaban, se expandía la idea de que era muy contagioso. Había que alejarse de las personas con cáncer.

Tampoco nadie nos advirtió contra el sida. Llegó una mañana, sin nombre adjudicado, pero pronto se asoció con el sexo y se extendió el temor a contagiarse con la saliva de un simple beso. También había que ocultarlo, estigmatizar a los enfermos, no tener contacto alguno con ellos, porque era una plaga bíblica para castigarnos por nuestra degeneración. Repartir o no condones dividió a la sociedad. Los católicos se oponían, preconizaban de nuevo la virginidad y el celibato, se hicieron cómplices de la epidemia en contra del consejo de la OMS. Los más tremendistas advirtieron que se llevaría por delante a una cuarta parte de la población africana. Para evitarlo había que tomar medicamentos a paletadas, una veintena de pastillas cada día, no se sabía si era peor el remedio que la enfermedad. Pero era un remedio solo para los países ricos.

Ahora el cáncer está bajo control relativo, en la infancia se curan el 80% de los casos, y las campañas preventivas han reducido drásticamente el consumo de tabaco y fomentan el control riguroso de los alimentos. El sida ha pasado de ser una enfermedad mortal de necesidad a enfermedad tratable. Lo mismo pasó con la vieja tuberculosis, y también hay una vacuna en curso contra la viruela, incluso algo tan terrible como el ébola se ataja en occidente en cuestión de semanas. Se diría que el ser humano ha entrado en una fase de tregua con las enfermedades. Sin embargo, esta misma semana leo que en el 2030, dentro de tan solo trece años, la depresión será la primera causa de baja laboral. Que en España, como en el resto del mundo, nuestra alma se está infectando maliciosamente como antes se infectaron nuestros cuerpos.

Nada más leer la noticia echo de menos a varios amigos. ¿Qué fue de aquel colega o de aquella mujer o del hijo de tal o del tipo aquel del quiosco? Me dijeron que habían pillado una depresión. Que uno no sale de casa, la otra ya no se levanta de la cama, el chaval saltó por la ventana y el tipo del quiosco cerró el negocio y a veces se le oye llorar desconsolado a las tantas de la madrugada. No me acerco a ellos, claro, pero me digo que son ellos los que no se acercan a mí. No les llamo por teléfono, no les envió mensajes, no preguntó a nadie qué tal les va. Es como si hubieran desaparecido en un sanatorio de apestados. Y, ahora que lo pienso, en varias ocasiones he rehuido encontrarme con ellos y he comentado con otras personas que cuesta tratarlos porque son unos cenizos, unos negativos a los que todo les parece mal, unos nihilistas descorazonadores, en fin, que los depresivos son gente deprimente. Tanto que hasta frivolizar sobre el tema resulta molesto.

Sin embargo, a diferencia del cáncer o el sida, hace décadas que se nos advierte de que esto iba a suceder. La crisis, el paro, la decadencia moral, la pérdida de valores, la degradación de la democracia, la insolidaridad con los refugiados, la extinción de la ética y la esperanza. La certeza de que en el futuro las cosas van a ir a peor. Parece que todo conspira contra nosotros, todo nos conduce a la demolición y, al llegar el fin de semana, aumentan las probabilidades de que alguien haga detonar una bomba en el campo de fútbol o en un concierto por la paz. Hay días en que me miro al espejo y solo veo a un cínico con calefacción central pagada gracias a la venta de armas que enriquece a este país. Tal vez yo también esté contagiado y tener conciencia me arrastre a la depresión.

Hace un par de semanas vi una película que me sentó muy mal. Fueron 162 minutos de cabrero, y todo el rato sin comprender cómo esa cinta ha logrado cosechar una veintena de premios tan prestigiosos como el de ‘Mejor película europea del año’. Se trata de ‘Toni Erdmann’ de Maren Ade y me pareció un homenaje grotesco a la vida patética que llevamos. Lo más parecido a que se te corte la leche del desayuno cuando solo te queda una vaso. Un esperpento, la verdad. Daba la sensación de que ni los actores, ni la directora y mucho menos el guionista creyeran en absoluto que merece la pena vivir esta existencia malsana. Dicen los críticos que es una comedia amarga, pero si te ríes es que te falla algo en la cabeza. Me he pasado quince días maldiciendo y sin poder olvidarla. Lo más deprimente que me he echado a la cara en mucho tiempo. Seguro que los fabricantes de Orfidal han financiado esa película.

En fin, aunque sea cierto que hoy en día ser optimista es estar mal informado, hay que alejarse de ese futuro previsto, porque la negatividad se contagia, es la nueva y más peligrosa enfermedad que nos acecha.

lunes, 29 de mayo de 2017

TEMPORADA DE PATOS, TEMPORADA DE CONEJOS en ELDIARIO.ES Cantabria



Temporada de patos, temporada de conejos


Cuando yo era niño tuve un amigo socialdemócrata. Después de la escuela, nos arrojaban a los dos a la calle con un trozo de pan y una onza de chocolate, no daba para más. Él llevaba el pan en una mano y la onza en la otra, yo enterraba la onza en el pan. Él dosificaba el chocolate y le daba pequeños mordiscos, yo comía el pan en seco y esperaba con emoción la llegada del mordisco que incluía chocolate. La diferencia entre nuestras caras es que la suya era serena, equilibrada, mientras que la mía ostentaba unos ojos deslumbrados, ansiosos, ilusionados.

Esto sucedía a mediados del siglo pasado, en plena dictadura, y éramos tan pequeños que no teníamos ni pensamiento propio. Cuando íbamos a jugar, a mi amigo su madre siempre le decía “no te hagas mucho daño” mientras que a mí me decían “diviértete, pásalo bien”. Vivíamos en un barrio obrero, soñábamos con neveras llenas de comida y con el futuro, aunque no sabíamos lo que eso significaba. Todo era presente inmediato y había que sacarle rendimiento a la infancia. Regresar a casa ilesos era un deshonor, en la mía no te daban de cenar si no estabas herido; en la suya sí.

Recuerdo en particular una tarde en que fuimos a unas casas abandonadas. Para entrar había que encaramarse a un muro muy alto y desde éste saltar al borde de otro muro. La distancia era considerable, la hostia segura. Éramos nueve chavales. Mi amigo dijo que no iba a saltar, que no quería hacerse sangre, y le mandamos a la mierda porque la gracia estaba precisamente en sangrar. Uno a uno volamos por el aire, lo logramos, pero con el resultado de un labio partido, dos codos desgarrados y en general las rodillas hechas polvo, las mías por ejemplo, con regueros de sangre hasta los tobillos. Cuando regresamos al barrio, machacados como héroes milenarios, mi amigo nos estaba esperando, impoluto y bien peinado. Los otros le despreciaron, pero yo le acompañé hasta su portal y, para mi sorpresa, antes de entrar se despeinó y se tiró al suelo rodando como una croqueta hasta quedar presentable. Entonces supe que era socialdemócrata, aunque todavía no conocía esa palabra.

Años después dejamos de tener relación, la dictadura comenzó a venirse abajo y muchos del barrio nos metimos en la izquierda natural, por simple genética. Alfonso, sin embargo, se dejaba ver por ahí en alguna asamblea pero sin ganas de comprometerse en nada. Luego oímos decir que andaba con los socialistas, que entre nosotros tenían muy mala fama. Cuando Felipe González renunció al marxismo, me dijeron que Alfonso empezaba a destacar entre la militancia. Y le perdí la pista.

Nos encontramos por casualidad el sábado pasado en Aranda de Duero. Nosotros íbamos en un pequeño autobús alquilado a la concentración de la Puerta del Sol. Uno de la cuadrilla me lo señaló y fui a saludarle. Después del preceptivo ‘cómo te va la vida, la pareja, los hijos’, me comentó que era compromisario socialista y que iba a Madrid a la votación del Secretario General. Le felicité por el cargo, soy de buen talante, pero él me miró con el desdén y la soberbia característicos de los suyos y me espetó: “Ya te vale, con los podemitas, a tu edad…” No le dije nada, me quedé cortado. Lo peor es que añadió: “Nosotros, los de la izquierda, vamos a impedir que sigáis haciendo el payaso. Sois una vergüenza.”

No voy a describir la mirada que le eché, el equivalente a mandarle a la mierda cuando de niño no quiso saltar el muro. Su poca educación me recordó a la bancada del PP, gente sin capacidad alguna para el diálogo. Le deseé buena suerte en la votación y me fui con los míos. Mas tarde, en el autobús, comenté el encuentro con mi compañero de asiento, uno de la cuadrilla de siempre. Le escandalizó que Alfonso se considerara de izquierdas y dijo: “Para ser de izquierdas hay que aceptar riesgos y ése no se ha arriesgado en su puta vida”. Luego se burló de él: “¿Te lo imaginas detrás de un micrófono?: Compañeras, compañeros, mascotas y toros de la dehesa, he venido a pedir vuestro voto para hacer con él lo que le dé la gana al Ibex 35… Sociata de los huevos…”.

Le reí la gracia, pero se me quedó en la cara un gesto amargo. ‘Qué pena’, pensé. Y justo en ese momento, alguien del autobús propuso ponerles una de dibujos animados a los críos, que llevábamos media docena de chavalines bastante aburridos con el viaje. El conductor puso una vieja cinta de Merrie Melodies, ésa en la que Bugs Bunny y el Pato Lucas intentan engañar a Elmer, que hace de cazador, alternando carteles que ponen: ‘Temporada de patos, temporada de conejos’. Todos la recordábamos y aplaudimos al final cuando Elmer reconoce que a él le da igual patos o conejos, que solo caza para divertirse porque en realidad es vegetariano. Alguien dijo: “Elmer es del PP, así que temporada de Elmer”.

Luego los kilómetros fueron pasando por esa España vacía y ya cerca de Madrid repasamos nuestras aportaciones para la concentración de Sol. La más votada fue: ‘La calle es mi institución y el móvil es mi urna’. Nada más llegar compraríamos unos palos, un plástico grande y rotuladores. Nos rascamos el bolsillo y pusimos un escote.

viernes, 12 de mayo de 2017

EL HOMBRE QUE MATÓ A MARIANO RAJOY en ELDIARIO.ES Cantabria


El hombre que mató a Mariano Rajoy


Como en ‘El hombre que mató a Liberty Valance’, de John Ford, la política española se ha convertido en una disparatada película del oeste donde el latrocinio es el protagonista indiscutible y cada día nos sorprende con nuevos y más descarados chanchullos hasta el punto de plantearnos si gobernar es sinónimo de delinquir.  El PP lleva demasiado tiempo pasándose de la raya pero sigue gobernando con la ayuda de otros partidos cómplices y España se parece cada vez más al pueblo de la peli, Shinbone, que significa tibia, y dos tibias cruzadas son una bandera pirata. Veamos el reparto de papeles.

Mariano Rajoy es como Liberty Valance (Lee Marvin), ese forajido que va con sus ladrones malencarados robando a todo el mundo y aterrorizando al pueblo con el lema cutre: ‘La vida es así, no la he inventado yo’. Representa al mundo incivilizado, inmovilista, el de los ganaderos desaprensivos que quieren un territorio franco para hacer lo que les venga en gana, como siempre se ha hecho. Es el malo de la peli.

Pablo Iglesias es el abogado-friegaplatos Random Stoddard  (James Stewart), cuyo único objetivo es traer la civilización a una tierra salvaje donde rige la ley del más fuerte, la ley del revólver, y reina el miedo y el analfabetismo. Representa la cordura, la sensatez, la justicia, en fin, el idealismo. El bueno de la peli.

Pedro-Susana-Patxi, o triceversa, son el criador de caballos Tom Doniphon (John Wayne, al que nosotros de críos llamábamos Juan Vainas, y viene a cuento). Representa la valentía, el coraje, ya que es el único capaz de plantarle cara a Liberty, pero tiene el inconveniente de que acepta el statu quo como un mal menor: le gustaría que las cosas cambiaran pero ya se ha resignado a que no sea así. En la peli es el amigo del bueno y los dos se disputan a la chica.

La chica es la Señorita Hallie (Vera Miles), camarera guapa, amable, acogedora, como una madre para todo el mundo, pero ingenua y analfabeta. Representa a la democracia, al futuro, a la esperanza de la clase humilde que sueña con librarse de la injusticia ancestral. Comprende, como nosotros, que los ricos existen para que sepamos quién nos roba, pero cree que todo tiene un límite y sobrepasarlo merece una respuesta. No puede hacer nada porque el pueblo acata la sinrazón de tipos como Liberty Valance. Los numerosos votantes de Rajoy, para entendernos.

El quinto personaje es el periodista Dutton Peabody (Edmond O’Brian), borrachín pero honesto, convencido de la necesidad de informar al pueblo para no mantenerlo en la ignorancia. Representa la libertad de expresión. 

Todo esto lo sabemos en los primeros minutos de la película y digamos que la acción comienza con un reto a duelo entre el bueno y el malo (véase Moción de censura). El bueno acepta, es algo insensato, suicida, propio de un payaso que va a conseguir que lo maten. Así sucede en la peli y así está sucediendo con Pablo Iglesias. Por lo visto, en su cobardía, todos olvidan el carácter épico del héroe, cuál es su cometido, cuál el único sentido de su presencia. ¿Acaso no sería el Parlamento español una reunión de lacayos del poder si no estuviera allí Unidos Podemos? Sí, es evidente, por eso están, para intentar evitarlo, con el respaldo de cinco millones de votantes, personas tan acostumbradas a perder que les parece indecente que se diga que no es la forma ni  el momento, que mejor otro día,  que ahora toca repartirse el botín de los Presupuestos.

Una moción de censura no tiene por qué ser un acto inteligente sino visceral, algo impulsado por el asco y la rabia, como vomitar cuando te revuelven el estómago. ¿A qué hay que esperar, a que el PP salga a la calle navaja en mano y nos robe hasta la cartera vacía? ¿Cuántas conversaciones telefónicas pasándose el estado de derecho por el forro hacen falta para que alguien diga basta? Algunos merecen que los cuelguen con su propia corbata. La política española está cambiando, lo tienen delante de sus ojos y son incapaces de verlo. Nada va a ser igual a partir de ahora.

Vivimos un momento histórico, aquí y en todo el mundo, y la democracia se va a redefinir ineludiblemente. O eso o se suprime, que hay mucha gente interesada en ello. Ocurre como en la película de Ford, donde Liberty Valance se ríe del abogado, le humilla, igual que hace Juan Vainas, pero el duelo se lleva a cabo y Valance muere de un disparo. El detonante es la paliza que le pega Valance al periodista, a la libertad de expresión. Al final sabemos que el responsable ha sido Juan Vainas, escondido en un callejón, pero la gloria y la chica se las lleva James Stewart, como ocurrirá aquí si el PSOE no se une a la propuesta y deja pasar su última oportunidad de hacer algo digno por nuestra democracia. Si no lo hace, en las próximas elecciones, anticipadas, no sacará ni un escaño ni una banqueta.

‘El hombre que mató a Liberty Valance’ es un clásico porque contiene un modelo humano intemporal que aplicado a la realidad española se vuelve profético. Son demasiadas semejanzas: los abusos del PP en mayoría generaron el 15-M, éste dio a luz a Pablo Iglesias, a Podemos, a Unidos Podemos, y ahora se llevará por delante a Mariano Rajoy, el símbolo de la degradación institucional de este país, algo que ni los poderosos se pueden permitir. No es casualidad es el destino.  Porque a veces la realidad es tan plana que todo se reduce a buenos y malos.

domingo, 30 de abril de 2017

LA REALIDAD DESACREDITADA en ELDIARIO.ES Cantabria


La realidad desacreditada


Al hilo de la reciente Semana Santa, las banderas a media asta y la megabomba de Donald Trump, viene bien recordar la cita bíblica de Mateo 6:3 donde dice “que la mano izquierda no sepa lo que hace la mano derecha”, pero no aplicado a la limosna sino al hecho de que mientras el gobierno está de vacaciones cantando saetas su ejército de consejeros trabaja a jornada completa para implementar en nuestro país el vergonzoso ‘diccionario universal de la infamia’ que hace poco nos castigó con el término posverdad y ahora nos agrede con el ‘relato’.

Si bien la posverdad es una máscara burda de la mentira, un sinónimo tosco fácil de comprender, el ‘relato’ ha incorporado una nueva acepción muy sutil que lo convierte en una herramienta peligrosa. Cuando antes significaba: Narración, cuento; conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho (RAE), ahora también significa: constructo de la mente para dar sentido a una experiencia. En teoría ‘cuento’, entendido como relato de ficción, ya recoge esa posibilidad, pero en la práctica la nueva acepción le añade una duda razonable y viene a decir que todo relato puede ser pura ficción, lo cual no es cierto. Si por ejemplo a mí me atropella un coche, en el hospital puedo contar varias versiones de ese hecho y más tarde escribir un relato donde un personaje es atropellado, pero si me caigo por las escaleras y digo que he sido atropellado ni los médicos ni el lector del relato tendrán un atropello como origen o base de la narración. No me creerán o no les resultará convincente mi relato porque estoy mintiendo, ya que no he sido atropellado: ni mis fracturas ni mi memoria avalarán mis palabras. Un hecho no deja de serlo por una mala narración, ni un buen relato fabrica hechos.

Sin embargo la ciencia no está de acuerdo. Hasta finales del siglo pasado creíamos que un in-dividuo no se podía dividir, de ahí su nombre, pero como nos explica Y. N. Harari en ‘Homo deus’ diversos experimentos científicos nos han hecho dudar de esa certeza. Pensábamos que nuestros dos hemisferios cerebrales, al estar albergados en un mismo cerebro, trabajaban juntos para entender la realidad, pero no siempre es así. El hemisferio derecho, no verbal, se encarga de recoger la experiencia y el izquierdo, verbal, nos la cuenta. Hay un yo de la experiencia y un yo narrativo. En algunos tipos de epilepsia o en personas que han sufrido una apoplejía y se produce la  desconexión entre ambos hemisferios, el Nobel de Fisiología y Medicina Roger Wolcott Sperry y su alumno Michael S. Gazzaniga comprobaron que los relatos que  cuentan estos pacientes son con frecuencia fantasías sin relación alguna con la realidad. En casos extremos todos lo hacemos, por ejemplo después de una agresión violenta, y la justicia tiene problemas cuando una víctima reconoce a su agresor aun existiendo pruebas irrefutables de que se encontraba a mil kilómetros del lugar de los hechos.

La ciencia nos ha puesto en tela de juicio en los últimos tiempos y si ya era grave que neurocientíficos como Martin Conway afirmaran que nos inventamos parte de nuestros recuerdos o nos atribuimos experiencias ajenas, flaco favor nos hacen ahora al decirnos que todo lo que contamos es dudable, un ficción conveniente, una falacia que manejamos a nuestra conveniencia. De este modo la realidad queda desacreditada y para invalidarla basta con esgrimir la palabra relato en su nueva acepción, con el respaldo de la ciencia. Así Donald Trump puede bombardear Siria sin necesidad de pruebas, ya que diga lo que diga al-Ásad será su ‘relato’, o la Ministra Cospedal poner las banderas a media asta identificando tradición con ley porque lo contrario es el ‘relato’ de la izquierda atea, aunque tengamos, de hecho, una Constitución aconfesional.  Aquello de ‘Me queda la palabra’ de Blas de Otero ha pasado a la historia.

El origen del problema habría que buscarlo en la irrupción de Internet y en el uso masivo de las redes sociales. Tuvo que ser muy traumático para el Poder comprobar que el control de la información se le iba de las manos y ante la imposibilidad de recuperarlo su primera reacción fue negar la fiabilidad de la red. Recordemos que al principio todo lo que aparecía en Internet se tachaba de acientífico, fantasioso y sin base alguna. Sin embargo la red se consolidó, hubo una incorporación masiva de diccionarios, textos científicos y filosóficos, y al final los mismos periódicos se trasladaron a la realidad virtual, de modo que al Poder no le quedó otro remedio que negar la realidad real. Una maniobra genial, hay que reconocerlo. Ahora ya no distinguimos qué es verdadero y qué es falso, qué ha sucedido y qué ha sido inventado, incluso si nos ponen delante una imagen, que antes valía más que mil palabras, basta con que nos digan que ha sido manipulada para que dudemos de ella. Hasta hay chiflados que creen que vivimos en Matrix, que ya es decir.

Lo peor de todo, es que la perversión de la palabra va a continuar adelante y después de la posverdad y el relato le toca a la democracia y al libre albedrío, porque no son nada convenientes ni rentables. ¿Acaso tienen libre albedrío los ignorantes que han votado a Trump? Hay estudios sociológicos que lo niegan. ¿Acaso los países que se llaman demócratas lo son de hecho? Mi banco opina que no.

sábado, 15 de abril de 2017

PODEMOS, EL RUISEÑOR Y EL SINSONTE en ELDIARIO.ES Cantabria



Podemos, el ruiseñor y el sinsonte

Creer o no creer, esa es la cuestión. O crees en la democracia, o crees que la democracia es un impedimento para lograr tus mezquinos objetivos. O crees que en el Parlamento debe estar representado el pueblo en su conjunto, o crees que el pueblo debe estar trabajando para ti mientras tú ocupas el escaño, te sueltas el botón de la americana y observas con desidia como te cuelga entre las piernas el pico de la corbata. Porque no se puede ser creyente y no creyente a la vez sin resultar sospechoso, al menos de tener dos caras o una del tamaño de la espalda.

En el fondo todo se reduce a esa certeza: no es compatible la soberanía popular con el gobierno de unos pocos. No se puede afirmar tajantemente que Podemos no va a gobernar bajo ningún concepto, por encima de tu cadáver, sin delatar que eres partidario de una dictadura mamarracha donde los de siempre se comen el bacalao para que a los demás les toque solo la raspa. Si encima le añadimos el agravante de nula capacidad para disimular un pensamiento necio, clasista y oligárquico, acabas como Villalobos diciendo que estos tipos huelen mal, no se duchan a diario, son unos guarros. Cómo se nota que su madre no le golpeaba los domingos la puerta del cuarto de baño para que no consumiera ella sola la bombona de butano.

Del mismo modo, si Pablo Iglesias hubiera reaccionado ante la proverbial indiferencia de Rajoy cuando ya veía aprobados sus Presupuestos diciendo, con el verbo florido del añorado Anguita: “Se le ve cómodo y despreocupado al señor Presidente mientras la procelosa miseria se abate cuan tifón sobre el pueblo famélico”, seguro que le hubieran aplaudido sus señorías y el mensaje se perdería precisamente  con esos aplausos. Sin embargo, como dijo que al presidente se la traía floja y le importaba un huevo, todos se echaron las manos a la cabeza y terminó acaparando titulares: ¡Qué escándalo, un doctor en políticas expresándose como un estibador, y para más inri lo llevaba escrito, con premeditación y alevosía!

Estas cosas no sucederían si la política no se hubiera convertido en un apéndice infectado de la economía, dejando a las personas y a sus necesidades al margen de cualquier consideración, como ceros a la izquierda. Se pueden comprar barcos de guerra que nadie necesita a cambio de trigo que todavía no ha sido plantado, pero no se le puede subir el salario mínimo a un trabajador porque eso sería una locura, un lujo impensable. Así el presupuesto para Defensa aumenta en un 32% y se escatiman 22 millones para Valdecilla, que si se mueren los pobres no tendremos que matarlos. Dicen que ha sido un olvido, que lo van a arreglar, pero como mienten más que hablan es imposible creerles.

Nuestros políticos dan lástima. Mientras el PP está a punto de abrir una línea regular de autobuses para trasladarlos desde el Parlamento a pernoctar a la cárcel, el PSOE se monta una presentación de candidata tirititrán cuya consigna oculta es: Venceremos a Podemos, nuestro enemigo natural. La derecha mafiosa y la antigua izquierda haciendo causa común para abaratar la democracia hasta dejarla irreconocible. No es extraño que los que vivimos la Transición embargados de felicidad veamos ahora cómo nos embargan la felicidad y acabemos pensando que aquella fue la operación de maquillaje mejor orquestada de la historia de España. La versión callejera lo resumía gritando: ¡Le llaman democracia y no lo es!

Esto recuerda a la conocida anécdota del best-sellers de Harper Lee, To Kill A Mockingbird  (Matar a un sinsonte). Como se trataba de vender libros y aquí nadie sabía lo que era un sinsonte, con la habitual chapucería nacional se tradujo como Matar a un ruiseñor, tergiversando gravemente el título y de paso el significado de la obra.  Porque un sinsonte es un pajarillo sin canto propio, que imita el de cualquier otro que haya cerca de él, de manera que cuando el abogado Atticus Finch les dice a sus hijos que condenar al negro Tom Robinson sería como matar a un sinsonte, no se refiere a matar a un ruiseñor de hermoso canto sino matar el canto de todos los pájaros, el canto mismo, o sea, la libertad.

En un país acostumbrado a la dictadura, nos vendieron una mala traducción de la democracia y como estábamos desesperados aceptamos la Transición sin rechistar. Pero ha pasado el tiempo y volvemos a verle las orejas al lobo. Mientras las cunetas de España siguen repletas de cadáveres sin identificar y los responsables se han ido muriendo como Franco tranquilos en sus camas, sus herederos tienen el coraje de sentenciar a un año de prisión a Cassandra Vera por hacer chistes sobre Carrero Blanco, que era un facha no un angelito. Acabaremos volviendo al Nihil Obstat Imprimatur.

Que a nadie le extrañe por tanto si un día Pablo Iglesias aparece en el Congreso en bicicleta y tocando el timbre para pedir un aumento del ancho del carril bici, porque a la gente ya no llega ni para gasolina, o que se masturbe en el hemiciclo reivindicando el onanismo, la única práctica sexual que le queda a una generación que morirá estéril por falta de presupuesto incluso para condones. ¿Acaso merece algo más este erial de infames charcuteros, ladrones impresentables, vagos de mierda que solo saben poner el cazo? La grieta enorme que nos separa la han abierto ellos, que se atengan a las consecuencias.

Enlace:http://www.eldiario.es/norte/cantabria/primerapagina/Podemos-ruisenor-sinsonte_6_631746862.html

                         

jueves, 13 de abril de 2017

CERCA DEL PANTANO en ESPACIO LUKE



Cerca del pantano


Mira esa vieja cicatriz
que tira de la piel
y tensa el recuerdo.

¿Puedes escuchar
el error cometido
el corte
el grito
el comienzo del dolor?

Piensa ahora
en la advertencia del filo
en el argumento
de la primera
gota de sangre.

*

La caída
que con mano temblorosa
llama a otra mano
de aire, coge
en su vuelo
el único sustento.

Espera
la luz
también duda.

*

Algunas huellas
no dejan huella
y ésas son la peores
porque no hay cicatriz
a la que acudir
ni herida ni daño
ni testimonio
sólo
ese aplastamiento de la memoria
los recuerdos en dos dimensiones
los filamentos de los hechos
la vibración casi metálica
de la columna vertebral
que sabe que la vida
te ha pasado rozando.

*

Echo de menos lo que acaba
de suceder y se me ha ido
casi sin darme cuenta. Echo
de menos la vida que sucede
fuera de estas hojas caducas
de otoño permanente. No
comprendo cómo puede el tiempo
anticiparse en todo a mi conciencia
dejarme atrás, obligarme a pensar
en su trascurso, mientras él
se mueve. Y acelera.
Nunca llegaré al horizonte.

*

Si aquí al menos estuviera yo
aparte de lo indeciso
la idea titubeante
lo callado que reclama

pero no hay cura para mí
aquí

sólo viento simulado
que arrastra
a ráfagas cortas
pequeños relojes blancos.