miércoles, 16 de abril de 2014

I+D+I en Photowriting de Paula Arbide



     Tú eres teólogo, yo economista, hablamos idiomas, y nuestra capacidad analítica está fuera de toda duda. Pocas personas conocen esta tradición como nosotros, la hemos mamado desde niños, hemos investigado a un nivel doctoral, hemos sopesado las posibilidades de generar un nuevo movimiento, hemos encontrado una fórmula innovadora, y ahora toca implementarlo, ponerlo en marcha, hacerlo real… Piensa que no existe un Consejo Regulador de la Denominación de Origen Semana Santa Española. No es un jamón, ni un queso, es una idea. Una idea bastante trasnochada, todo hay que decirlo, estadísticamente la mitad de los que vamos encapuchados somos ateos. Hacemos esto porque hemos heredado un conjunto de pensamientos como otro hereda un olivar, y nos resulta muy cómodo esperar que venga la Virgen María a solucionar nuestros problemas. Somos unos vagos, con una capacidad infinita para echarle la culpa a cualquiera con tal de no tenerla nosotros. Pero sólo hay dos opciones, o nos vamos del país o nos volvemos disidentes. Nuestras familias llevan generaciones viviendo del negocio litúrgico. Tu carrera y la mía se pagaron vendiendo crucifijos plateados, copones, patenas y mucha bisutería para los turistas. Cada año más turistas…No podemos marcharnos. No queremos marcharnos. Tenemos que hacer algo. El futuro está en la expansión. El mercado internacional. Hoy en día el mito de Elvis tiene mayor vigencia que el de Jesucristo. Muchos de sus seguidores afirman que era hermano de Jesucristo. Un Jesucristo más enrollado. En vez de un Dios hecho carne, hecho roca & roll. Es una leyenda viva. Un tema con posibilidades. Además, no requiere demasiada inversión. Con una impresora 3D podemos copiar los adornos tradicionales de otros pasos y, por el precio de un coche de segunda mano, conseguiremos fabricar un paso propio, crear nuestra propia hermandad, la de la Pasión de Elvis. Se lo pude representar sufriendo el mono de anfetaminas, gordo, en calzoncillos, agarrado a una oscura Stratocaster. Crearemos una iconografía bien documentada.  Contrataremos a un buen diseñador gráfico. Y ten en cuenta que la lucha de Elvis contra las drogas puede servirnos para pedir una subvención pública, apoyos de entidades sensibles a esa problemática…Ya sé que es una idea grotesca, pero hay que innovar, hay que arriesgar… Estoy segura de que tendremos seguidores. Y no nos dejarán salir en procesión. Y seremos perseguidos. E insultados. Como los apóstoles. Pero saldremos en la tele, seremos exóticos, editaremos un libro, lo publicaremos en la red, venderemos reliquias de Elvis Presley como un Ecce Homo… Hay que tener fe en el dinero, cariño.

                                                                      publicado en Photowriting de Paula Arbide

                                                                 http://www.paulaarbide.com/photowriting/

viernes, 11 de abril de 2014

BOMBILLAS

 
 
      Cuatro niños en dos bicicletas pasan veloces por delante de mi tienda. Van sacando el agua de los charcos, salpican de barro la entrada, la parte baja del escaparate. Debería salir a reñirles, pero me da pereza. Rodeo sin prisa el mostrador, cojo un buen puñado de serrín, lo extiendo junto a la puerta y me asomo a mirar. Qué rápidos son esos críos, están llegando ya al fondo de la calle. Han dejado un rastro de tenderos como yo asomados a la puerta de sus comercios, pero nadie les llama la atención. Nos echamos unos a otros miradas lejanas, y una mirada triste a la calle sin clientes. Los chavales doblan la esquina en dirección al Puerto Nuevo, y por el lado opuesto aparecen Ramón Santiso y su sombra. Los tenderos se esconden.
       Ramón Santiso y su madre llevan hoy el paso muy rápido, eléctrico. Cuatro días encerrados por culpa de la lluvia y han tenido que salir a la fuerza, pero con desconfianza, con miedo a que el agua les pille lejos de casa. Lejos significa esta calle, ir y volver. El agua de la lluvia y la cabeza de Ramón Santiso no deben mezclarse porque él se quedó colgado después de una paliza en una noche de aguacero. Dijeron que estaba muerto, y luego decían que ojalá lo hubiera estado. Ramón Santiso se volvió feroz. Su vida se detuvo en aquella pelea, y veinte años después su mente sigue intentando que se proteja la cabeza, que se levante del suelo, que se defienda. Tiene el cráneo astillado, lleno de dolor y de bilis. No se le puede dejar solo.
       Ramón Santiso esquiva los charcos con agilidad y, para compensar, su madre va detrás pisándolos todos. Al llegar a mi altura, se detienen. Ramón se sitúa sobre el único adoquín seco de ese tramo de la acera y desde allí me mira como preguntando: ¿Has sido tú? Desvío la mirada hacia las botas de su madre, de color escarlata: son como pies de niña con una anciana dentro.
       —Buenas tardes, Casilda. Menos mal que dejó de llover.
       —Menos mal —dice ella, y sigue con la mirada los pasos de su hijo sobre los adoquines secos hacia mi escaparate.
      A Ramón Santiso le gusta mi tienda porque vendo bombillas, y a él le pegaron demasiado por falta de luz. Una buena farola enfrente de su casa y todo hubiera quedado en unas pocas magulladuras. O en un ojo de menos, como Macial. O cojo redomado como yo, que también recibí una paliza brutal más o menos a su edad. A la edad de Marcial y también a la de Santiso.
      Casilda sonríe, con dejadez, mirando a su hijo absorto en el escaparate y cerca de otro ser humano. La sombra de la locura de su hijo todavía no la cubre a ella, pero le anda rondando. Ramón Santiso golpea con un dedo el escaparate, y señala hacia abajo. Esta mañana he colocado en exhibición una bombilla nueva, diminuta, que a pesar de su tamaño luce entre las demás como una estrella. Casilda me acompaña al lado de su hijo, y se sitúa en medio de los dos, siempre en medio de los dos.
       —Mucha luz —dice Ramón—. ¿Se puede mojar?
       —No lo creo. Pero seguro que muy pronto harán una como ésa que se pueda mojar.
       Ramón Santiso escucha. Arruga la frente y el esfuerzo afila su cara. De algún modo, logra imaginar la bombilla que le digo y entonces su rostro se transforma. Los músculos de su cara se ponen en tensión. Mastica sus dientes y hace crujir entre ellos la imagen, sin duda una luz bajo la lluvia mostrándole la cara de sus atacantes. Se estremece. Le duele. Sus ojos se esconden entre los párpados, su boca coge aire y grita hacia el interior. Cierra los puños y los aproxima al cristal, como si estuviera calculando la distancia. Entonces la mano de su madre le toma con delicadeza un codo, apenas un toque.
       —Es leche, Ramón, es leche.
       El mensaje tarda un poco en llegar, pero llega, como siempre. En la cabeza trastornada de este muchacho la lluvia oscura se puede iluminar y volverse leche. Casilda vuelve a dar otro toque al codo de su hijo, y Ramón Santiso logra destensar un poco sus nervios. Nos mira a los dos. Envaina la mirada de fiera y, avergonzado, nos da la espalda. Busca un adoquín seco, salta, y sigue camino adelante. Casilda va detrás, sujeta a su ferocidad, pisándole los charcos. Agita la mano para despedirse de mí, o para espantar algo.
       Nadie sabe, o nadie dice, quién le pegó la paliza a Ramón Santiso. Pudo ser cualquiera de nosotros, eran otros tiempos, nos abríamos camino a golpes, a mordiscos, a botellazos... Pero crecimos, hubo un después, hubo un luego. Marcial, el hijoputa que me dejó cojo, vende salchichas a la vuelta de la esquina, y cada vez que le veo le oigo gritándole a su primo: ¡Pártele la pierna, Rogelio, pártesela! Y no por eso he rebasado jamás la barrera de no dirigirle la palabra. Procuro ignorarle, le maldigo cuando puedo, como supongo que hará él porque yo le dejé tuerto. Pero insisto en que eran otros tiempos. Ahora todos tenemos familia, hijos, el barrio ha mejorado, nos pertenece. Queremos tranquilidad. Deberíamos hacer algo con Ramón Santiso.
 
                                                                   publicado en Revista Cantárida
 


viernes, 4 de abril de 2014

EL HOMBRE DE LA CERVEZA


            Cuando era joven en la Escollera se celebraba la Fiesta del Mar, que duraba tres días con sus noches, y en ella se daban cita los mejores cantantes "a capella" de toda la región. Había dos concursos y una exhibición. Los concursos agrupaban a los intérpretes de canción tradicional y canción nueva, también de corte tradicional. La gente disfrutaba de la competición porque las votaciones se realizaban por el sistema de barullo: a más gritos, aplausos, pataletas y silbidos, más votos para el cantante. Los propios interesados, siguiendo el criterio del público, escogían un vencedor y en caso de empate, lo que ocurría siempre, se iniciaba un duelo de canciones que podía durar hasta el atardecer de la tercera jornada. Ese día actuábamos los del apartado de exhibición, todos expertos improvisadores y dotados de potentes voces. Era un espectáculo lujurioso, ya que se celebraba en la playa, con hombres y mujeres desbocados después de dos días de fiesta. A medida que avanzaba la tarde y caían las luces, tanto el tono de las canciones como el comportamiento de la gente se volvían más picantes y desvergonzados. Todo estaba permitido con tal de no molestar a los demás y cada cual hacía lo que podía para dar rienda suelta a sus instintos. Algunos noviazgos y matrimonios se rompían ese día pero, como gustaba decir la gente de la Escollera, el mar sólo casca las rocas agrietadas.

            Yo solía actuar a medianoche y mis canciones eran muy apreciadas por todo el público, me llamaban el Hombre de la Cerveza. He dicho canciones, pero en realidad yo sólo interpretaba una única canción, que venía a durar aproximadamente dos horas. Mi número consistía en solicitar al respetable una docena de palabras que apuntaba con tiza en una pizarra. Comenzaba a cantar siguiendo las sugerencias que me proporcionaba la primera palabra y así, una a una, hasta el final. Cuando consideraba que una palabra estaba agotada, la borraba con la mano. Mi canto era un canto zumbado. Llevaba el ritmo dando zapatazos en un trozo de chapa claveteada entre dos maderos, y a mi lado tenía un barril de cerveza. A palabra terminada, borrón, aplausos, y jarra de litro de cerveza de un trago. La gente se volvía loca con mi actuación, les contagiaba mi desenfreno y mi desmesura.  Al terminar, un grupo de voluntarios me sacaba en parihuelas del escenario y me dejaban en el malecón, junto al faro, a dormir la mona. Allí se quedaban media docena de personas a cuidar de mí, yo era el Hombre de la Cerveza, toda una institución en las fiestas, y procuraban que no me ocurriera nada malo. Mis ronquidos eran proverbiales y, según decían, en una ocasión un  cetáceo surgió del mar en respuesta a esa extraña llamada. Yo no sé si es verdad, claro, estaba dormido.

            Recuerdo que por aquellos días mi mayor temor era quedarme ronco y perder la voz. Vivía todo el año preparando mi actuación en la Escollera. Yo era un hombre de tierra adentro y aquello significaba mucho para mí. Cada año mejoraba mis improvisaciones en justo pago por la generosa acogida del público pero, antes de que llegara mi ocaso, cerró la fábrica conservera, la gente se vio obligada a trasladarse a la ciudad y la vida se terminó en la Escollera. Fue visto y no visto. La Naturaleza se resintió. Como el pueblo siempre se había dedicado a las labores de limpieza de la playa y los rompientes, al marcharse todo quedó a merced del mar. No era un buen sitio, había corrientes que escupían todos los desechos humanos que uno pueda imaginar. La madera servía como combustible pero además había animales domésticos, perros sobre todo, y bazofia difícil de reciclar. Lo que no servía para nada se amontonaba en un gran pilón a las afueras del pueblo, pilón que con los años se había convertido en una pequeña colina. Cuando sus habitantes se trasladaron, en sólo una década el mar rompió los frágiles diques, se llevó la colina y sepultó la Escollera entre desperdicios malolientes. Hoy es un nido de gaviotas.

            Qué triste es ver tu pasado, ese tiempo en que te forjaste a ti mismo, convertido en un vertedero. A veces, cuando siento la llamada del mar, casi siempre coincidiendo con la fecha en que solía celebrarse la fiesta, me acerco a la Escollera. No tengo que hacer muchos esfuerzos para escuchar desde mi memoria los gritos enfervorecidos de la multitud. Por eso permanezco allí poco tiempo. Me gusta más caminar hasta los acantilados. Antaño hacía ese mismo recorrido para aliviar la resaca posterior al día de mi actuación. Desde allí saludaba a los barcos que salían a la mar, con marineros tan resacosos como yo. Me respondían desde la borda y pronunciaban a gritos mi nombre que, desde tan lejos, era como un eco que sólo me traía una palabra: cerveza, cerveza... 

            Ahora, saludo desde el acantilado a los barcos que pasan y nadie pide a gritos cerveza, nadie pronuncia mi nombre. Los barcos no llevan apenas tripulación, sólo un capitán y un ordenador atendido por grupos de informáticos que no saben nadar. La mayoría transportan petróleo, grandes contenedores o ese aspirador gigante que chupa la pesca en menos de lo que tardan los peces en poner sus huevos. Ya no tengo a quién cantarle mis canciones. Bebo solo. Miro hacia el horizonte vacío, y voy envejeciendo al ritmo de mi nostalgia.
 
                                                                 publicado en Revista Cantárida
 

 

           

martes, 25 de marzo de 2014

UN INSTANTE EN SU VESTIDO



     La veo en la calle apenas un instante. Se refleja en la luna de un escaparate, duplicada. Lleva un vestido nuevo, amarillo y ocre con estampado de hojas secas. Se detiene a mirar. Ladea la cabeza con curiosidad, y lo que ve le hace sonreír. Menea levemente la cintura, donde una radio diminuta envía música a sus oídos. La persiana de la tienda comienza a cerrarse, ella da un golpe de cadera, dos pasos largos y se pierde entre los peatones.

     Cruzo la calle y me dirijo al lugar que ella ocupaba frente al escaparate. Voy recorriendo el dial de mi radio en busca de la canción que estaba escuchando. Puede que haya dejado de sonar... Escucho unos acordes suaves, y un final melancólico que pregunta: ¿quién me puede querer? La tienda es una ortopedia en liquidación total. Sólo les queda en el centro del escaparate una pierna de maniquí, a la venta por 15 euros. Sonrío, y procuro ajustar mis labios al tamaño de la sonrisa que ella tenía hace un momento. Pero me sale una mueca falsa, desencajada.

     Algún día podré decirle que antes de conocerla tuve que seguirla. Que la cadena de casualidades que van a desembocar en nuestra primera conversación ha sido calculada. Que mis gustos eran otros, mis aficiones diferentes, y que gracias a ella he podido mejorar. Ahora leo los libros que ella saca de la biblioteca apenas los devuelve, y voy al cine al que ella va, a la siguiente sesión, y escucho su música preferida, o al menos lo intento. Si algún día se entera, espero que se sienta halagada, que comprenda que la he querido desde el primer momento y que en el fondo hago todo esto por necesidad. Por inseguridad. Por timidez. Porque no sé hacerlo de otro modo.

     Llevo seis meses siguiéndola y mi mayor preocupación es estar equivocándome. Haber cometido el error de sobrevalorarme, de creer que la merezco, de haberme dejado arrastrar por mis sentimientos e intentar imponerme como una opción. ¿Puede mi amor ser un falso amor? Si de verdad la quiero, si deseo lo mejor para ella, ¿no debería renunciar inmediatamente?, ¿o haber renunciado antes incluso de empezar?  Parece una buena chica, es una buena chica, quizá consiga por medio de trampas hacer que me quiera y entonces, cuando me mire en el espejo y me pregunte Por qué Yo, cuando me sienta amado y deba corresponder a ese amor: ¿no deberé desparecer, porque soy la persona que menos le conviene en este mundo? ¿Seré tan cruel de obligarla a que cargue con alguien como yo?

     Soy la parte endeble de esta relación todavía por iniciar, pero tengo algunos puntos a mi favor. He demostrado que puedo cambiar, que soy flexible. Antes de enamorarme era un hortera y un inculto, pero me estoy ilustrando a marchas forzadas y pronto podré sostener con ella una conversación interesante, enriquecedora, algo que le haga comprender que no va a tener que vivir con un tipo escaso y repetitivo. Tengo en mi contra, y me duele, el método. Soy frío, antinatural, milimétrico. No concibo un presente que no haya sido previamente diseñado con escrupulosa precisión. Lo que hago tiene que ajustarse a lo que sabía que iba a hacer. Odio las sorpresas, las improvisaciones, no soy de los que van a tumba abierta. Me hago totalmente responsable de mis actos. Me tomo la vida como algo personal.

     A estas alturas, guardo demasiada información sobre ella. Centenares de fotos, grabaciones de su voz, un vídeo con sus amigas, varias prendas de vestir que dejó olvidadas en locales públicos, es una despistada, pero yo no las robé… Me preocupa que alguien pueda llegar a encontrar todo esto por casualidad y hacerse a una idea equivocada. Que me tomen por un psicópata, cuando sólo soy un hombre enamorado. Se supone que este tipo de material hay que guardarlo en la mente, o te lo tiene que entregar por propia voluntad la persona interesada. Podría guardarlo y enseñárselo cuando nos conozcamos más, pero no me puedo arriesgar a que me tome por un obsesivo que no la dejaría marchar aunque fuéramos infelices juntos.  Es complicado el amor.

     Saco del bolsillo mi agenda y le pongo fecha al día en que destruiré todos los documentos sobre ella. También la agenda en la que escribo. Será la noche anterior a nuestro primer encuentro. Dentro de catorce días. Tengo memorizado el diálogo, escogida la ropa. Espero que me acepte. Ella traería a mi vida el azar, la alegría, el fin del control absoluto de la situación. Por ella rompería los planos de mi vida. He repetido vida, debería cambiarlo.
 
                                                                    publicado en Revista Cantárida
 

sábado, 15 de marzo de 2014

CARRETERA NUEVA-La cosecha


 
El tráiler de Costal se llevaba la apisonadora de la curva de Pedrín y tuvieron que meterse en la cuneta para facilitarle la maniobra. El hijo de Julián, el del estanco, era el encargado de cortar el tráfico. Aunque les miró y levantó las cejas en señal de reconocimiento, no dio muestras de notar nada extraño. Sin duda pensaría que iban a la feria del ganado o al médico de la ciudad, y eso que ella no estaba arreglada como para ir a ninguna parte. Un kilómetro más adelante, donde Pinal, ella se puso a llorar. Le pidió que detuviera la furgoneta y vomitó por encima de un murete nuevo con aspecto de cartón piedra. Su gesto quedó falso, premeditado, una exhibición de humanidad que a estas alturas a él le pareció fuera de lugar. Pero no le dijo nada. No tenía nada que decir. Otros con mucha más fuerza de voluntad habían sucumbido, y no es justo cebarse con los débiles.

La verdad, si lo pensaba fríamente, ellos dos nunca se habían dicho demasiado. Se comunicaban con miradas y silencios. Se había casado con ella al volver de la guerra, era mucho más joven que él, extraña para ser campesina. Si los críos no andaban cerca de la casa, parecía que estaba deshabitada. Jamás se levantaban la voz, no acostumbraban a gastar palabras en reproches ni en elogios, hablaban lo justo para una vida sencilla de cortar hierba, alimentar a los animales y ocuparse de que los niños crecieran sanos. Tampoco respetaban otra filosofía que la esencial: la del que asume con entereza que las cosas son como son. Y era un hecho que, desde que habían terminado la carretera nueva, ella lloraba. Lloraba cuando veía pasar a toda velocidad coches último modelo que antes no pasaban por allí. Lloraba cuando alguno se detenía y sus ocupantes les sacaban fotos y les miraban como simples elementos del paisaje. Lloraba, sobre todo, porque ahora tenía la ciudad a tan solo media hora de distancia en coche, lo mismo que tardaba en llegar andando desde su casa al pueblo. 

Ella lloraba, y después de llorar la cabeza se le adelantaba al cuerpo. Llegó a decirle a su hijo más pequeño que en el pueblo no amanecía ni anochecía, que eso ocurría en otra parte. En el último mes, él le había deshecho la maleta cuatro veces. A la quinta se iba sin maleta. Intentó hacerla entrar en razón, preguntó, y la respuesta fue que no podía evitarlo. Entonces le dijo que la llevaría él mismo. A primera hora de esa mañana, él había sacado del banco una tercera parte de los ahorros familiares y se los había puesto en bandeja a la altura de las rodillas. Estaban en el centro del pueblo. Le pidió por última vez que se quedara.

—Amelia, por favor, que me dejas con dos críos pequeños…

Ella no le respondió, se limitó a coger el dinero y lo guardó en el bolso.

Siguiendo al tráiler de Costal, llegaron a lo alto de la loma desde la que se dominaba aquel pueblo disperso. A pesar de lo lento que iba el camión, sólo tardaron un par de minutos. Él pensó con horror que le habían robado las curvas. La carretera nueva era silenciosa y negra como un muerto. ¿Dónde estaban los baches ancestrales, cómo sabrían los perros cuándo ladrar a los tractores? Mareados por el olor del alquitrán, que aún persistía en el aire, giraron la rotonda civilizada en la que ya no habría posibilidad de cruzarse con nadie. Al enfilar la bajada, vieron que la casa de Polén había desaparecido bajo una montaña de tierra de desecho. El sombrero de piedra de la chimenea yacía roto junto al arcén. Cifuentes ya no volvería a ser el mismo, ahora que huir era tan fácil. En un par de minutos lineales llegaron al valle y desembocaron en la autovía. El se puso unos mitones de cuero con el logotipo de Porche, un regalo absurdo que ella le había hecho semanas antes. Se metió en la calzada sin marcar intermitente ni reducir la velocidad y a continuación se puso a correr como un pijo borracho. Parecía disfrutar en especial adelantando a todos los vehículos último modelo, pero la carrocería de la furgoneta no estaba por la labor y amenazaba con desprenderse del chasis. Entonces ella volvió a llorar, ahora con gruesos lagrimones que trazaron en su cara dos cauces sólidos, como de cera líquida, que confluían en su barbilla y le goteaban directamente sobre el escote. Él miró con ternura el rosario de pecas mojadas que bajaba hacia sus pechos y pensó que nunca más volvería a contarlas una a una. Regresó al carril de los lentos y adoptó un aire sombrío.

Entraron en la ciudad. Buscaron una pensión. Una pensión decente. Se despidieron a la puerta de un hipermercado. Ella estaba seca, no lloraba más, sólo sonreía como de lejos, como entregada. Él le dio un abrazo mustio que ella recibió con los brazos caídos. Le pidió que se cuidara, a fin de cuentas era la madre de sus hijos.

 
                                                                              La cosecha, pag. 19
 

jueves, 6 de marzo de 2014

LA PIEL DEL RINOCERONTE en Photowriting de PAULA ARBIDE


La piel del rinoceronte
 

     No tengas miedo. No hay nadie en la oscuridad. No hay nada. Todo lo que ves, lo estás imaginando. Pero es imposible que salga de tu cabeza. No puede hacerte ningún daño. No te va a tocar, ni te va a pegar, ni va a clavar sus uñas en tu cuerpo. Es solo un pensamiento, vive encerrado. Aunque quisiera, no podría encontrar un camino para llegar hasta aquí.

      —¿Quién eres? ¿Por qué me hablas?

     Aquí estás a salvo. En la oscuridad. Créeme. Si quieres, puedes hacer la prueba, tápate la cara con las manos, cierras los ojos y veras que no pasa nada. Nada de nada. Espera un momento, y no pasará nada. Te puedes aburrir esperando, y nada. Por ese motivo te inventas cosas, para pasar el rato. Pero depende de ti si quieres pasar un buen rato o un mal rato. Procura no pensar en cosas que te dan miedo, piensa en cosas divertidas. Y no olvides que ninguna de ellas va a salir de tu cabeza. Es importante que sepas distinguir entre lo que está dentro y lo que está fuera. No puedes meter una silla en tu cabeza porque no cabe. Y no puedes sacar un rinoceronte de tu cabeza porque se deshace al contacto con el aire. Así es como funciona la vida. Todo son ventajas a tu favor. Tú tienes el control.

      —Me estás asustando.

     —No tienes por qué preocuparte. Se puede vivir en la oscuridad, sin problemas. Sólo hay que acostumbrarse. Piensa que las cosas no están en la oscuridad, las personas no están en la oscuridad, los animales no están en la oscuridad.  Aunque sientas su aliento a tu espalda, su piel rozando tu piel, te lo estarás imaginando. Pero no es real. Lo único real es aquí, dónde estamos, en la oscuridad. Tú y yo. No hay nadie más. Se acabó la soledad. No tengas miedo.

     —¡Tú, me das miedo! ¿Quién eres? ¡Cómo has entrado en mi cabeza!
 
                                                       publicado en Photowriting de Paula Arbide
 
                                                       http://www.paulaarbide.com/photowriting/