jueves, 20 de noviembre de 2014

LOS MECANISMOS DEL ODIO-La cosecha


Ya son las cuatro de la tarde. Tengo que tomar una decisión. Dentro de unos instantes María Soto aparecerá por el fondo del atajo, se colará en mi casa y me desgraciará la vida. Seré el amante ocasional de una de las mujeres más guapas que he conocido. Hará conmigo lo que quiera hasta que todo termine, como terminan siempre estas cosas, en desastre. O muerto o en la cárcel. Y no quiero. Me niego. Me queda media hora escasa para llamar a la Guardia Civil, o a la Policía, no lo sé muy bien, debe ser cuestión de competencias, porque la asesina y su víctima viven en este pueblo pero el muerto está en el depósito de cadáveres de la ciudad. Y no es una coña metafísica. Si no llamo ahora mismo para comunicarlo, me convertiré en cómplice y víctima. Han pasado varias horas desde el asesinato, no debí regresar a casa. Estos momentos de peligrosa indecisión le pertenecen a esa mujer enferma.

Cuando mi abuela Amelia me dejó como herencia en vida esta finca, y una renta modesta, ya me advirtió que tuviera cuidado con el tiempo libre. No hacer nada te ablanda, y si careces de aficiones absorbentes acabas considerando la vida como un juguete muy caro cuya única finalidad es mitigar el aburrimiento. De no haber pasado las horas muertas mirando por el ventanal, no hubiera visto a María Soto en el atajo que cruza esta propiedad, un camino curioso que los vecinos tomaron por la fuerza hace cien años, para no perder el tren, y que ahora es privado de uso público. Desde mi traslado no había visto a nadie por allí, hoy en día todo el mundo tiene coche, y por eso me llamó la atención que ella comenzara a utilizarlo a diario.  Yo la conocía, cómo evitarlo, es una mujer de bandera, llama la atención en todo Cifuentes. Durante un par de semanas, la vi pasar a la misma hora, casi corriendo. Cogía el tren  siempre en el último momento, como si evitara encontrarse con alguien. Decidí seguirla, por pura desidia, no tenía nada mejor que hacer. Separarme de Marina, tener a mis hijos lejos y una larga temporada en el paro, me habían dejado débil, como sin carácter.

Una mañana cogí el mismo tren que María Soto, pero cuidando de ir en diferente vagón. Nos bajamos en la ciudad junto a los demás viajeros. María caminó sin detenerse desde la estación hasta la plaza del Ayuntamiento, se sentó en un banco y permaneció allí dos horas. Yo la vigilaba desde una cafetería cercana. Ella buscaba personas, en concreto hombres, con ansia en la mirada, y después regresaba al pueblo. Repetimos esa operación durante más de una semana, siempre con idéntico resultado, hasta que un día ella siguió a un hombre fuerte y desgarbado, con rasgos campesinos pero sin serlo. Le seguimos a una distancia prudencial durante horas. Al final el hombre regresó a la plaza, entró en un parking, y ella apuntó la matrícula de su coche. María trabaja en una gestoría del pueblo, supongo que hizo sus averiguaciones, y a partir de entonces cambiamos los horarios. En días sucesivos, coincidimos con el hombre en un bar cercano a su trabajo, en la plaza que había junto al portal de su casa, en su tienda habitual, y en poco tiempo nos movíamos por los lugares que él solía frecuentar. A esas alturas, María ya debía saber que yo la vigilaba, vigilar a otro te vuelve vigilante, y pensé que sólo quería un testigo. Por morbo.

 Esa misma semana coincidí con su marido en un acto social en el pueblo. Ya lo conocía pero no había reparado en él, y ahora me llamó la atención su enorme parecido con el hombre al que seguíamos. Al verlo más tarde junto a María, era evidente que al matrimonio le iba fatal, habían llegado al odio sin disimulos. Él le hablaba con desprecio, y ella tenía un mecanismo automático de afirmación: le decía que sí a todo, y si era que no, de entrada también asentía. Me disgustó aquel hombre, lo confieso, y las dos semanas siguientes participé calladamente con María en aquella sutil venganza, en el establecimiento de las rutinas de aquel extraño de la ciudad.

Juro por lo más sagrado que pensé que como mucho se liaría con él. Que engañaría a su marido con otro, idéntico, pero otro. No niego que pensé beneficiarme de ello, pero juro que no lo sabía. No sabía, hasta hace tan solo dos horas, cuando por fin María iba a tomar contacto con aquel hombre, convencido de que en la pesada bolsa llevaba preparada alguna disculpa para facilitar el acercamiento, que ella sacaría una piedra enorme, le hundiría la cabeza y seguiría caminando tan tranquila. Me sentí tan… sorprendido, tan aterrorizado, que no supe hacer otra cosa que seguirla. Cuando pasé junto al cuerpo ensangrentado todavía se movía, pude ayudarle pero no lo hice, yo sólo quería preguntarle a María porqué, y cuando arrojó la piedra a la ría porqué, por qué me había implicado en semejante barbaridad. Yo sólo estaba mirando, era simple curiosidad. Sin embargo, regresé a este maldito pueblo en el mismo tren que ella. El uno sentado al lado del otro. En silencio, muy cerca. Y aquí estoy, encerrado en mi casa, esperando lo que sea. Debería marcharme de Cifuentes y no regresar jamás. Pero estoy excitado, encoñado, estoy perdido. Y María ya sabe que no tengo fuerza de voluntad.
 
                                                   de La cosecha, pag. 125

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