viernes, 5 de diciembre de 2014

EL LADRILLAZO-La cosecha


             Benito caminaba por la alameda con las manos embutidas en las mangas de la camisa. Su paso era resuelto, vivaz, y la expresión de su cara hablaba de una ilusión, una esperanza, tal vez una cita. De pronto, se escuchó un siseo que se convirtió en ladrillo y le acertó de lleno en la cabeza.

            Benito cayó al suelo, se llevó las manos a la cabeza y entre los dedos comenzó a salir la sangre a borbotones. Varias personas corrieron hacia él, pero se detuvieron a su lado sin decidirse a actuar. Se cruzaron algunos comentarios y exclamaciones de horror. Una mujer palideció y estuvo a punto de desmayarse. La sangre comenzó a formar un charco de considerables dimensiones. Ahora, todas las miradas se dirigieron hacia el ladrillo.

             ¿Quién ha sido?, pregunté yo, que iba impecablemente vestido, con una bolsa de deporte que no encajaba para nada con mi estilo.

             ¿Quién ha sido?, repetí, y la pregunta corrió de boca en boca y docenas de ojos otearon la alameda infructuosamente. No había nadie a la vista que demostrara con su actitud ser el culpable. Era evidente que el responsable había abandonado la escena. Sin embargo, toda la gente de la alameda estaba ahora rodeando a Benito, inmóvil en el suelo, y los murmullos dijeron que no se había visto a nadie alejándose de la zona, ni corriendo... Además, un simple vistazo al ladrillo dejaba claro que no pertenecía a los elementos constitutivos de la alameda. Tampoco había obras o reparaciones a la vista, luego el agresor lo había traído de otro lugar y, probablemente, con la intención de convertirlo en arma arrojadiza. Hubo un entornamiento general en las miradas, recelo, escrutinio avieso, y cada cual intentó imprimir en su cara los signos de la inocencia mientras buscaba en los de los demás los de la culpabilidad.

            ¿Quién ha sido?, volví a preguntar, y en esta ocasión mis palabras iban dirigidas a los presentes. Todos comprendieron que el culpable era uno de ellos. Nadie se atrevía a moverse, no fuera que los demás interpretaran sus movimientos como el inicio de una huida. Se hizo un silencio apropiado y, durante unos instantes, por el mero hecho de ser sospechosos todos parecieron compartir la culpa.

            ¿Qué pasa, mamá?, preguntó una niña tirándole de la falda a una mujer obesa que no apartaba la mirada del creciente charco de sangre y olisqueaba el aire como si intentara acordarse de algo.

            ¿Habrá que llamar a una ambulancia, no?, dijo un joven. Y a la policía, añadió una mujer.

            Yo me agaché, separé la mano ensangrentada de la cabeza de Benito, le tomé el pulso y solté inmediatamente la mano, que golpeó contra el suelo y dejó caer un medallón con una C pequeña encerrada en un círculo.

             Está muerto, dije.

            Como si acabara de mencionar el sida, la gente se dispersó en todas direcciones sin preocuparse de volver la vista atrás. En menos de dos minutos la escena quedó desierta.

             Sólo yo permanecí junto al cadáver, como si meditara petrificado. Luego, me sacudí un polvo invisible de encima de los hombros, dejé la bolsa de deporte en el suelo, la abrí y saqué una toalla blanca. Giré la cabeza en todas direcciones y, cuando me aseguré de que nadie observaba mis actos, golpeé suavemente el cuerpo de Benito con el dorso del zapato y le tiré la toalla encima.

            —¿Cuántas veces más tendremos que repetirlo para que lo comprendas, hijo?

            Benito me miró con ojos apagados. Pero no dijo nada. Sollozaba su última rabieta abrazado al ladrillo de cartón.

 
                                               de La cosecha, pag. 149

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